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Sí, todos esos aspectos conocidos estaban allí junto a un cuidadoso bruñir de perfección externa: aquel hombre vestía saco jaspeado, pantalón beige, camisa blanca o tal vez rosada, corbata gris con filetes rojos, y usaba una barba alrededor de la mandíbula que dejaba un par de continentes blanquecinos entre tal masa suave de pelo canoso y las orejas. ¿Qué hace que el paciente se mire, en relación al modelo que conforma la perfección externa del Analista perfección ratificada por el discurso, como en ligera o grave falencia, casi siempre en deslizamiento al malentendido o al balbuceo, menos seguro, mucho menos sabio?, se preguntaba el escritor. El semicírculo de sillas, que superaba al medio centenar, se hallaba repleto de asistentes incluso de pie, o acuclillados, o sentados en el piso, expectantes, colegas del Analista y algunos habitantes de la casona; muchos más de los primeros. Maldonado sólo recordaba a Legui, a Bonino ubicado con gran interés en primera fila, y la barba blanca de don Bruno cerca de la puerta, junto a él, incrustados en medio de una pequeña multitud, una comunidad de personas más o menos dueñas de un código de saludos como el que se da antes de que comience un espectáculo, mientras domina la relajación previa.
El Analista haría una "presentación de caso" en el salón principal, así estaba anunciado; la concurrencia ahora aguardaba a quien estaba destinado a ser el restante personaje del suceso.
"Soñé con una pareja que bailaba pensaba Maldonado: ella tenía falda corta, él pantalón y camisa holgados; bailaban pasos coreográficos de comedia norteamericana, como Gene Kelly y Cyd Charisse. Se movían pese a estar recortados de cartón. Se desplazaban con arrobadora gracia. Tenían nada más que perfil; a veces sobraba volumen y se producía una tercera dimensión, sobre todo en las aristas y al girar como trompos; de lo contrario, eran simplemente tinta, tinta bailadora pensaba Maldonado, luego tinta inmóvil y después un hueco en el papel inmaculado".
El rojo dominaba la
figura orgullosa de Eva María: a su sacón de lana
percudida por los años, abotonado hasta el cuello, se unían
dos marcas de rouge en las mejillas, como si en algún
momento de su arreglo hubiera actuado la necesidad del disfraz.
Ella se sentó en el sillón vacío de aquel espacio,
en diagonal al Analista, aunque antes Maldonado, desde la última
fila, percibió un incidente: Eva María no deseaba
separarse de su terapeuta, el doctor Paolenci, y no soltaba la mano
izquierda de éste, quien luego de unos segundos sin palabras
pero de sorda tensión, de forcejeo vehemente, la dejó
sola, como un tablón en medio del mar. Ya no se escuchaban
murmullos: las respiraciones se acoplaban a la contención
que pide el silencio.
¿Qué
me quiere decir? empezó el Analista.
Nada dijo Eva María.
¿Usted sabe para qué estamos acá? dijo
el Analista.
Vienen a perder el tiempo dijo Eva María.
La mirada de Maldonado
fue concentrándose en un reflector. Los reflectores son cilindros
graduados a partir de su altitud, o por un mecanismo giratorio,
o por el ángulo de la pestaña que tapa su única
abertura; llevan adentro un foco prendido y están cribados
de agujeros laterales para que escape el calor de los focos, así
no se resecan sus paredes, ni se quiebra su pintura provocando una
humareda sucia. Maldonado, cuando dialogaban el Analista y la muchacha,
se concentró en un reflector inexistente colgado del techo
del salón principal de la casona; más todavía,
vio diez reflectores inexistentes colgados en línea que bajaban
haces de luz cónica para pigmentar a los hablantes.
¿Por qué
perdemos el tiempo? dijo el Analista.
Hay cosas más importantes dijo Eva María.
¿Cuáles? dijo el Analista.
Como ciertas semillas
que, caídas en tierra extraña, llegan a producir sólo
una versión de la planta que su germen habría contenido,
el sentido del teatro afloraba allí. Maldonado lo registraba
en series de recuerdos o de imágenes, las cuales tanto se
entrelazaban como pugnaban ante sus ojos en un imponderable contrapunto.
De una parte, tres arcos espesos, filigranados y paralelos formaban
techumbre encima de una galería o balcón. El escenario,
debajo de la galería, completaba el círculo; leones
de mármol culminaban los bordes en relieve; el techo subía
después en una cúpula con ángulos ochavados.
El balcón tenía balaustres, palmeras, tiestos corintios,
enramadas de laurel y una baranda con columnatas de ónix,
ideal para seguir desde los palcos las evoluciones cantadas de una
zarzuela.
¿Cuáles
cosas importantes? reiteró el Analista.
Lo que está viviendo la humanidad dijo Eva María.
¿Qué está viviendo la humanidad? dijo
el Analista.
Aquel hombre hablaba
con suavidad monocorde, casi en voz baja milagrosamente, su
tono no perdía volumen ni siquiera en los lugares escondidos
del recinto-; miraba detrás de los lentes a su interlocutora
con fijeza, y en lapsos fugaces sus ojos se desviaban al semicírculo,
réplica exacta de una platea. La muchacha respondía
de inmediato sus preguntas, como se contesta a quien se guarda desconfianza,
con la respiración entrecortada, haciendo detenciones breves
que le servían para acumular aire, y fuerzas para emitir
nuevos sonidos articulados en frases y respuestas.
¿Vio cómo
está la economía? por primera vez ella habló
directamente al Analista. Mejor que esta reunión es
que se junten los diputados y bajen los precios.
¿Está
aquí por su voluntad? preguntó el Analista;
sus manos, unidas más arriba del abdomen, abiertos los tres
botones del saco, jugueteaban entre sí o con la punta de
la corbata, entrelazaban los dedos y volvían a soltarlos.
"El extremo apartamiento
del prójimo, la indiferencia, el no ver positivas las acciones
del círculo de personas cercanas pensaba Maldonado,
o de los acontecimientos en particular, no se aprende, llega, como
emigra la risa y se instala la acritud".
Entre sus cavilaciones,
a Maldonado se le intercambiaban los paisajes y, sin transición,
veía a los reflectores colgar ahora de una cuadrícula
de caños, la que se prolongaba en nuevas parrillas superiores
y en largos andamios hundidos en la altura: había ahí
trapecios, pasillos y paredes tan laterales que parecían
tener ruedas: una máquina de tramoya como un zigurat moderno.
Alguien estaba con un bandoneón sobre las rodillas; poseía
frente amplia, entradas y larga melena; flaco, de pecho breve y
brazos fuertes, estiraba el bandoneón hasta convertirlo en
una segunda cintura, y en sonidos improbables de repetirse entre
otras paredes del planeta. Nunca, nunca tuve la tendencia de apuntar
a, explicaba el músico en dirección al vacío;
mi música es consecuencia de ciertas armonías y de
ciertas escalas que producen esas armonías, decía.
De a ratos aquel bandoneonista, a quien el escritor llamó
Guevara, nombre calcado de una sala de ecos, chasqueaba tres dedos
de la mano izquierda hacia arriba, como si convocara fantasmas,
y musitaba los números "uno, dos, tres, cuatro",
pero le respondía el diálogo de la muchacha y el Analista,
como si el diálogo colocara a la virtual orquesta en un pliegue
distinto de la vida, o el instrumento sonara dentro de una campana
inserta en aquella sala cual diseño de cajas chinas.
Mi madre me mandó
aquí dijo Eva María.
¿Por qué? dijo el Analista.
Porque es vieja, mala, tiene arterioesclerosis dijo
Eva María.
¿Y usted dijo el Analista, usted reiteró
el Analista le obedeció?
Y... dudó Eva María, los locos son
los locos, doctor. Ella para mí no es una madre.
Las diagonales en que
se situaban los sillones del Analista y de Eva María en el
salón mayor de la casona planteaban el encuentro de sus miradas;
la prolongación imaginaria de ambas líneas, conjeturalmente,
se unía en un punto arbitrario donde sucedían revoluciones
de aire. Bonino, evaporado su interés por el parlamento de
los dialogantes, se hallaba junto al escritor; sigiloso, narraba
a Maldonado qué cosas hizo en el baño de un hotel
con espejo tríptico. Como los costados del espejo estaban
enfrentados y la mesada se angostaba a continuación del lavabo,
sobre el water, al desprender su ropa para cumplir con sus necesidades
vio sin mengua el revés de su cuerpo en la zona derecha del
tríptico; su espalda, su culo, pero además espalda
y culo desconocidos: entonces empezó a moverlos para atrás
y para adelante hasta la eyaculación. Qué viejo es
todo esto, ¿cuántos años tiene todo esto?,
interrogaba Legui a Maldonado, y éste, detrás de las
cabezas de la concurrencia, por encima de las voces que correspondían
a Legui y a Bonino, intentaba no perder detalles de la conversación
central.
¿Usted
le obedeció? reiteró el Analista.
No dijo Eva María. Mi padre le hizo caso
a mi madre y me trajo. Mi padre necesitaba traerme.
¿Por qué necesitó su padre traerla? dijo
el Analista.
Porque para mi madre yo me parezco a mi abuela. Ella se peleaba
con mi abuela, y como dice que yo me parezco a mi abuela, no sé
dijo Eva María.
¿Usted se parece a su abuela? dijo el Analista.
"El rizo, la rebaba,
el borde del borde, no da identidad. No da certidumbre y da desidentidad
inmanente", pensaba Maldonado. En su embrollo, el escritor,
después de decirse para adentro "desidentidad inmanente",
volvió al tema de los reflectores: los bautizó número
uno, número dos y número tres ya no veía
la decena u omitía siete; cuando el uno aumentaba el
dos bajaba y el tres, de coloración solar, los tapaba a los
otros sobre la superficie impalpable, vacío pintado como
tela o tela revestida de vacío: y el resultado era la base
circular que abarcaba, abstrayéndolos, a los dos personajes
en sus sillones.
Guevara digitaba treintaitantos
botones para cada una de las manos en el bandoneón, que descansaba
arriba de sus rodillas, protegido de la tela rústica del
pantalón o del temblor distractivo de la piel por una extensa
franela verdosa. Guevara quería expresar una idea fija: que
a él la calidad de los músicos, en general, no le
importaba por poseer primero técnica eximia, sino porque
su sonoración al tocar afirmara una frase propia: aquí
estoy yo. Antes estaba la frase "aquí estoy yo";
luego la técnica eximia al tocar, afirmaba el bandoneonista,
quien movía el instrumento como una oruga metálica
y repetía una definición de estilo: el estilo es básicamente
transmutación de un humor, el estilo no es más que
metáfora.
Ta-rarará-rararaaaaaaaaara
Ta-rarará-rarará...
El bandoneón,
vivo y exhausto, abarcador como una llama blanca de su amplitud
sonora, suspendida ésta como un pájaro entre sus extremos:
la melodía y la nada, se prestaba a que Maldonado sistematizara,
mirando, las escalas de cierre y de apertura. Al cerrar, salía
del instrumento un crujir no comprendido por la música; y
como remate de acordes de fuga, la palma abierta del músico
raspaba suavemente los botones, o golpeaba el cuerpo lateral en
netas ondas de percusión.
Aunque, ¿cómo
creerle a Maldonado tales desvaríos si, con simultaneidad,
aseveraba hasta el cansancio que los reflectores no existían,
ni la maqueta de sala de zarzuela ni el intérprete del bandoneón,
salvo como inventos de aquella hora incierta, y lo único
posterior a la última pregunta del Analista a Eva María
fue el silencio? Dicho silencio se comparaba al que acompañó
el ingreso del Analista allí: cargado por una promesa indefinida
tal vez de revelación, pero acentuada por el
hecho de que el mutismo, ahora, lo eligió Eva María.
La muchacha callaba: consistía en su fórmula de ataque,
de golpe ciego en una batalla a ciegas. Callaba también el
Analista. Al prolongarse, el silencio tomó la fuerza de un
zumbido sin pausas aplicándose al oído de alguien
atado, y que lo sufriera como una torturante pesadilla. Los presentes
asistían vidriosos por tanta contención, henchidos
por gestos de espera no realizados. Nada ocurría, la nada
reinaba con perseverancia, excepto por cuatro palabras a modo de
rezo proferidas por Legui: que viene la inesperada.
Seguimos sin
que nos diga su motivo de estar acá el Analista puso
fin al insoportable intermedio.
Que viene la inesperada continuaba Legui.
Lo prefiero a la cáfila de hipócritas de allá
afuera Eva María hizo un gesto en redondo con la barbilla;
señaló un "afuera" abarcador más
allá del parque y los límites de la casona.
¿Le han hecho algo? dijo el Analista.
No sé. A cada santo le llega su vela, doctor dijo
Eva María.
¿Qué le han hecho? dijo el Analista.
Muchas cosas, no le voy a decir. Yo no le creo problemas a
mi papá. Si él tuviera puestos los pantalones echaría
de casa a mi madre dijo Eva María.
Que viene la inesperada continuaba Legui.
Usted se queja de su padre dijo el Analista.
Es ella dijo Eva María que le llena la
cabeza con mentiras. Ella a mí me está matando en
vida, y lo está matando en vida a papá. Si la internaran
yo... se detuvo Eva María, yo repitió
Eva María, no sé, ni en cien años le
firmaría la salida a esa puta.
"No hay nada más
real que lo imaginado recordaba haber visto en una página
de novela el escritor. Pero la realidad, ay, ay, me lamento
porque debo decir esta palabra, confesar el fracaso de no resistir
a su retórica, tan vacua o tan vana. Ella equivale a un círculo
que empieza y termina con el lenguaje pensaba el escritor.
La irrealidad de lo mirado da realidad a la mirada. La mirada es
imperial y engañosa: pero a eso que veo lo traducirá,
como un esqueleto ruidoso y gris, el lenguaje; ruidoso, gris y gozante.
La mirada es imperial y engañosa. Sé de palabras:
ir, regresar, exilio, historia, que han comprendido a conciencia
actos míos en el pasado. Y antes aún de entenderlo,
había palabras no menos fuertes comprendiendo actos míos:
mamá, papá, diminutivos, pa, ma, fueron partes del
aprendizaje tan brutales como para construir desde una voz toda
la lengua. Toda la lengua era una voz pensaba él.
En la casona las palabras no salen igual, salen sobreimpresas a
la norma; las palabras, marcas del origen, acá son unidades
mal soldadas en estado de distancia, escape y lucha con la norma".
Como ocurría
a menudo, Maldonado hacia afuera se enfrascaba en ciclos que no
eran de absoluto tartamudeo o mudez; sencillamente, imágenes,
ideas y segmentos narrativos aparentemente lo superaban. El límite
entre el habla y la capa que la cubre no bien se repliega hacia
el aliento, capa que ya pertenece al aliento, a la condición
de aire y sangre en viaje por las membranas, colisionaba con la
expresión a la vez que era un camino de expresión.
Entonces, sus escuchas descifraban esos trozos, borborigmos, como
cantos al ramo de espliego.
Sin embargo, narraba
cosas Maldonado, era indudable. Narró, por ejemplo, cómo
cierta sustancia líquida, a la que se negaba a llamar sangre
u orina, nacida de urgar en el ser de Eva María, se derramaba
a chorros. Narró cómo la "presentación
de caso" fue alucinadamente dual: por un lado, constaba de
representación; por otro lado, constaba de vida vida
absurda a la usanza de la casona, y tal doblez provocaba delirio:
todos allí protagonizábamos una acción delirante,
decía, como hilachas de nube dan visiones en un cielo de
tormenta. Narraba, Juan Carlos Maldonado, cómo la grita de
los habitantes de la casona, islas solas en alcobas que circundaban
al salón, grita de locos, no alteraba aquella actividad;
los asistentes no la oían, o fingían no oírla.
Narraba el lento final del episodio.
¿Por qué
quiso usted estar aquí? dijo el Analista.
Para desahogarme dijo la muchacha.
Desahóguese dijo el Analista, quien dejó
pasar algunos segundos y agregó con tenue cortesía:
Le agradecemos que haya venido.
Eva María entendió
el mensaje que la liberaba de su indeterminado papel: se levantó,
salió rápido del espacio rodeado por el semicírculo
de sillas. El Analista no, permaneció sentado en el mismo
lugar, miró con franqueza y en redondo a la concurrencia
que, a su vez, atendía cada evolución de su figura,
ya solitaria frente al sillón gemelo del ocupado hasta entonces
por Eva María.
Me parece que
el tema que la circunstancia nos propone dijo el Analista
es qué es una presentación. Cabe discutir qué
pasó entre nosotros, qué es lo que ahora estamos haciendo
aquí.
Lena
Creo interesante decirle,
Lena, cosas de la casona no contadas nunca a nadie. Hay en el parque
cierto sistema geométrico: un pino, por ejemplo, y alrededor
suyo, cerca y en planeada relación, hay además una
palmera, un siempreverde o un plátano. Véase, repito,
como un cierto orden donde el pino conforma, desde luego, el centro.
Los círculos concéntricos imaginarios que parten del
pino se tocan con el límite de la cerca de ligustros, o con
el radio de influencia de muchos otros pinos, igualmente acompañados
de una corte integrada por palmera, siempreverde, gomero, tipa u
otra especie de árbol. Todo eso yo lo fui descubriendo. Vi
asimismo, en el flanco derecho y posterior del parque, un álamo
solitario, con ramas como dedos artríticos. También
descubrí el sendero lateral de piedra que va a la fachada
y se prolonga en un camino periférico de tierra, contiguo
a la cerca, atravesado por dos diagonales y una perpendicular. Por
ahí se camina sobre tierra apisonada, en mañanas barrosas
y con hojas tapizando el piso. El pasto silvestre gana terreno,
amiga mía, e inventa pequeños cúmulos.
Asfodelos
Uaaaúúú...
Ueiééé... Aaayyy... gritaba alguien.
Quién es dijo Catalina.
No sé dijo Maldonado.
La anciana y el escritor
estaban parados delante de una puerta de alambre lindera con el
parque, y del otro lado continuaban ignotos pabellones de la casona.
El proceder para llegar allí, y los motivos de la coincidencia,
fueron omitidos en sus conversaciones por Maldonado; el hecho fue
que ambos, Catalina y el escritor, veían entonces un patio
con árboles coposos, macizos de ligustros y canteros de dalias,
hortensias y rosales; pero, por sobre lo contingente, detrás
de un macizo o árbol de copa muy baja, sentada, conjeturaban,
en un banco de plaza o un sillón de hierro, pues la posición
la volvía curiosamente invisible, había cierta persona
que gritaba: uaúúú aaayyy, así gritaba.
Cuando el escritor decía "así" se preocupaba
en aclarar que la cesura simbólica no tenía remedio,
la juzgaba irreductible y negaba bordes de proximidad entre el remedo
oral, la reproducción o representación de aquello,
y su modelo.
Aaayyyyy... Uauuuééé...
Aaayyyyyy... Uuuááá... gritaba alguien.
El grito, explicaba
Maldonado, carece de cortesías; tampoco, en general, se ha
de prever su punto de partida, dirección, periodo, ciclo
u horario: el grito sucede. Hay quien no gritó nunca y súbitamente
lo hace; hay quien grita a menudo y se llama a silencio; hay quien
grita como ladran los perros, maúllan los gatos o se arrastran
las víboras, porque eso y sólo eso puede hacer. Me
falta descubrir un dato, pese a haber pasado horas atento para investigarlo,
decía: si se deja percibir fracciones más tarde de
su comienzo verdadero, o si adelanta el presente con alguna clase
de mudez sonora, como los sismos le hablan a los animales, origen
que lo pone antes e inesperado: fuego, enigma quemante de la garganta,
porque suena a modo de un vacío rodeándose a sí
mismo hasta que rompe con fuerza de cascada su modular. Pirámide
silenciosa del grito, decía Maldonado, qué hermoso
oxímoron; olvidé como tabula rasa las fuentes
de mis citas, pero no me olvido de ellas. Al grito de la casona,
agregaba, vale la pena analizarlo, sí; su comienzo, en especial,
salta indeleble y sin sentido: ambas virtudes no las abandona aunque
se vuelva vulgar y cotidiano; luego se trata de la vocal que lo
domina, ya que su curso él decía "curso"
o "cauce", porque el tema le resultaba próximo
a la naturaleza acostumbra tener una vocal principal de pivot,
como la "a", la "o", la "u" o cualquiera
de las cinco, en realidad, pues todas poseen atributos para la tarea
de elevarlo y saturarlo.
En tanto sonido aislado
es un acto musical posible, y del que ningún artista saca
ni sacará provecho; vale representar una dosis de su efecto,
pero no de su ser, y repito palabras de otro, las cuales no me explico
cómo recuerdo, respeten mi perplejidad, insistía Maldonado.
En tanto sonido, cuenta con movimientos; la combinación más
usual de "a" con "y" parece queja; de "a"
con "o", o con "u", o las tres reunidas, se
asemeja al trémolo oscuro del aullido. Pero se oyen muchas,
muchísimas o tantas combinaciones como toleren las gargantas
gritadoras: arricó arricoááá tra tra
traya zaaazazáá vavasó..., decía.
¿Es una
persona la que grita, o qué? preguntó Catalina.
Es una persona contestó Maldonado.
Nuestro grito, continuaba
el escritor, de lejos se transmuta en murmullo, en moléculas
de estertor osciladas por el polvo; sin embargo, me parece imposible
confundirlo con una expresión diversa; y de cerca, trae "rasgos",
o no sé cómo llamar con sensatez sus efectos: revuelve
como una hélice el cerebro, las tripas y las entrañas;
no corresponde a ningún objeto cotidiano, es solitario, está
dicho con el fin de no ser dicho para nadie, y es obstinado como
una voz ajena a todo. Designé antes, decía él,
combinaciones de vocales o voces tipo "queja" y "aullido";
pero eso equivale a poner un mensaje donde falta, y no es cierto:
la palabra, de haberla, cosa discutible, sería dolor; puro
sonido doloroso de la naturaleza, seco como el relámpago
producido por el tragar del reptil al sapo inaudito para la
mesa del hombre, el del sapo a la mosca, la cadena de banquetes
y su bramido infinito que no parará en océanos, ni
en lagos ni selvas, y que rige la vida fuera de los símbolos
de la cultura, eso es el grito del loco, decía Maldonado.
Dolor, dolor, un pedazo de carne con voz audible y que afirma cual
un grave torbellino su dolor.
Aaayyy... Aayyyyyééé...
Aayyyy... gritaba alguien.
¿Usted sabe quién es? dijo Catalina.
No me doy cuenta dijo Maldonado.
La anciana vestía
sacón verde y falda oscura; además se tomaba afanosamente
con las manos de la puerta de alambre. Ella y el escritor oteaban
hacia el lado del cerco que les estaba vedado, y se deslizaban para
rodear con el giro de sus cuellos el umbral de la planicie y ver
el macizo bajo que tapaba a la persona con aquella grita sin pausas,
ahora por más tiempo que minutos, aún cuando ambos
carecían de medios para definir tal tiempo, no en términos
de reloj sino de vínculo real con el tiempo. El problema
de esa identidad misteriosa los imantaba como un relato con el desenlace
en vilo: sin duda necesitaban descubrir al protagonista.
"Ese niño
feo, era tan feo, tan feo, que mirándolo hasta el cuco tomaba
la sopa pensaba Maldonado. Algún médico
me aconsejaba: vea, Juan Carlos, usted no discrimina entre necesidad
y deseo: primero atienda la necesidad y trate de que ella se junte
con el deseo, si no, desequilibra la mónada psíquica,
puede ser inepto para vivir; trate de administrar la mónada
psíquica. Administrar cómo la mónada psíquica
pensaba él, ¿como una panadería?
Aquel niño era tan feo, tan feo, que de mirarlo hasta el
cuco ingería la sopa. Ningún cuento se narra dos veces
igual. Ese niño era tan feo... Es una voz, una voz que aíslo
en medio de miles que me toman por instantes pensaba él.
Las voces me hablan; ellas bisbisean en mí por mí.
Las voces son, sin excepciones, en contra de, y las voces que se
dirigen a mí son en contra de mí: al oírlas
me late el corazón, siento taquicardia, dureza muscular,
la angustia aparece y se abullona quién sabe por dónde.
Con la pastilla, ingresan a un volumen de susurro, como el del ventilador;
se suavizan, vienen de un tono muelle como si dos algodones me taparan
los oídos. Voces pensaba, rostros que quise o
me quisieron, que no quise ni me quisieron, ¿se irán?".
La anciana Catalina,
enteca, exactamente anciana, en aquel momento lloraba en silencio
con pequeñas lágrimas que asomaban por detrás
de los anteojos y bajaban haciendo arroyitos por sus arrugadas mejillas,
como un mapa de epidermis.
Uuueeeííí...
Aaayyy... Auuááá gritaba alguien.
¿Es posible
amarnos?, expuesto con franqueza, preguntaba Maldonado a sus interlocutores,
¿aman ustedes nuestro grito? ¿Amar al loco qué
situaciones compromete: soportar el daño de su dolor, soportar
que explote su grito o silenciarlo con fármacos, entre cuatro
paredes?, ¿soportar su autodestrucción, o su delirio
sin referente?, ¿y si nos oyesen, si nos dejaran sentarnos
a su mesa, en el convite de la cultura? Pero bien concreto ¿eh?:
en autobuses, plazas, restaurantes, bibliotecas, computadoras, redacciones
de periódicos, en las salas de la casa, en las orgías
del nuevo siglo, se dirigía Maldonado a sus escuchas, desenvuelto
como en ninguna entrevista realizada hasta entonces.
Acaricio, prosiguió
Maldonado, cierta ambición: consiste en escribir un poema
épico hecho sólo con materia de grito; épico,
porque me parece la clave adecuada a un viaje, pese a tratarse de
un itinerario formal por aquello que nunca fue elegido. Si todos
narran o poetizan en la norma el pacto de unir sonidos en
palabras, palabras con unidades mayores, ¿qué
me cuentan ustedes de poetizar fuera de la norma o en sus linderos?,
¿o en los linderos y fuera? Me confundo, sonreía él
a sus escuchas; de lograrlo, agregaba casi feliz, pasarán
los siglos, el XXI y el XXV,
sí, esta casona se habrá derruido ocho mil veces,
cuarenta y ocho mil veces, y el poema permanecerá intacto
como el sol, y arcaico como los versos de Homero. Claro, decía,
dudo que se difunda por nuestras lecturas habituales; pienso en
retransmisiones semejantes a las señales de humo en películas
de comanches, o al tam-tam de zulúes en películas
de zulúes. Igual que una lengua a punto de envolverse en
otra lengua deseada, o al ojo si intuye que va a percibir imágenes
duras, se da la ansiedad anterior, el sistema imaginario que presupone
el acto y lo vuelve eterno: en la imaginación es eterno;
por ese sistema, yo ya leo y escribo mi poema, afirmaba locuaz el
escritor. No me engaño, continuaba todavía Maldonado:
lo humano por excelencia es astucia, y la cultura es una astuta
construcción de la ironía; desde un librito de cien
ejemplares al Premio Nobel, circulan, como ruedas de acero sobre
rieles de acero, astucia, ironía, cortesía, poder
y todo lo humano que elabora cultura, y que se obtiene como moneda
de cambio en la sociedad. La estética del grito espera poco
de ello; desconfía de la astucia y le resulta inalcanzable
la ironía; el grito se grita, así ladran los perros,
maúllan los gatos, se arrastran las víboras, simplemente,
reiteraba él, y tendía luego a permitir extinguirse
su palabra de la conversación, por cansancio o escamoteo,
como si de pronto deviniera en pájaro con rumbo a una esfera.
A todo esto, bajaban
derretidas bajo el frío pequeñas gotas de lágrimas
por las mejillas de la mujer anciana, la cual aún acompañaba
al escritor y su insistente curiosear en el lado externo de la puerta
de alambre, ante el umbral y el macizo o árbol que ocultaba
de sus miradas, como un celoso secreto, a la persona gritante.
Uuuiiiééé...
Aaaúúú... Aaayyy... gritaba alguien.
¿Por qué llora Catalina? dijo Maldonado.
Esa persona... Me parece mi hijo dijo Catalina.
Lena
Miradas inteligentes
hasta en su elusividad, Lena. Elusividad o franqueza subrepticias
de las mujeres; avances insolentes o buscones de hombres solitarios
sobre ellas, y matices entre choques o encuentros de individuos
en medio del silencio, o del chirriar de ruedas o de frenos al llegar
a las estaciones. Es decir, a pasajes abovedados, a corredores con
muros de azulejos, aire veloz de peceras translúcidas, columnas
de hierro y olor a cerrado. Lena, en esos lugares públicos
caminados por multitudes, nimbadas éstas por borras espirituales
acumuladas en el transcurso de los días, Buenos Aires me
parecía vivir sostenida por hilos narrativos en flotación.
Asfodelos
Érase
una volta una laucha dijo Eva María.
Un sillón recibía
el cuerpo del escritor; el borde del espaldar dibujaba arabescos
y daba la sensación de estar preparado milimétricamente
para recibir cuerpos; desde el borde al asiento había figuras
talladas: dos perfiles de tigres, describía Maldonado, unidos
por una madeja de ramas con soldaduras de flores. La arista del
espaldar continuaba en los portabrazos; en el portabrazos, decía
él, reposaba mi mano. Sobre la mesa a la que se sentaban
Maldonado y Eva María se había esculpido un escudo
nobiliario; detrás de la muchacha, pero en diagonal, de modo
de no reflejar al escritor, un enorme espejo tapaba la pared y portaba
por marco el mismo escudo, y por corona dos perfiles de aves enfáticas,
viscosas como colas de caracol.
"Punta Dúngenes
pensaba Maldonado, nombre en letras negras escrito,
como una página perdida, en la proa de un barco.
¿Navegará
el Punta Dúngenes? ".
La laucha dijo
la mujer vivía en una confitería, y aunque tuviera
complejo de pauvre invitó a la lauchita Rin Rin, que
tenía su domicilio en la campiña, a degustar o succionar
manjares.
El frío no daba
tregua a la casona, y nadaban en lagos de aire glacial sus habitantes.
La mujer se sentaba en una silla de mimbre: el resto del moblaje
del vestíbulo no estaba, o su boato flotaba disperso con
un destino de fealdad lujosa. Eva María tenía el bolso
de mano junto a ella, y dejaba asomar por la solapa del abrigo un
cuello color crema, discretamente manchado por una pátina
terrosa. Maldonado desvió su mirada al piso.
Una noche de
luna llena y luego de la Estrella del Pastor, o sea Venus... dijo
Eva María.
Pero Maldonado se concentraba
en las baldosas: se trataba de un sistema geométrico: cuatro
cuadraditos blancos hacían el primer rombo; lo rodeaban ocho
cuadraditos beige, luego doce de color pardo, dieciséis azules,
veinticuatro rojos, veintiocho beige, a posteriori treinta
y dos grises. El dibujo de aquellos rombos se independizaba, como
un frenesí colorístico, de la unión entre las
baldosas. La puerta de ingreso al vestíbulo era de hoja doble
y tenía vitrales: éstos representaban rosas simétricas
rematadas en coronas. La calidad de las varillas de plomo que separaban
los paneles de los vitrales indicaba sin temor su procedencia: vinieron
de Murano. Esa puerta daba a la fachada y la opuesta al salón
central; curiosamente, la vida concreta, los portones para visitas,
las salidas del parque a la calle, y el corazón del bullir
en el parque se orientaban desde la contrafachada al mundo exterior,
como si una historia o esencia de la casona se hubiera invertido.
"Excretar, como pacientes moluscos, capas iridiscentes de literatura",
recordaba haber leído, lectura frágil como un abandono,
Juan Carlos Maldonado.
Esa noche de
luna plena dijo Eva María la lauchita Rin Rin
se hubo dirigido a la mansión de la laucha de la confitería,
cest dingue! ¿Qué confitería?
Los Dos Chinos, La Ideal, Las Violetas, Richmond
en calle Florida, Del Molino frente al honorable Congreso,
Del Águila... Je men fous ¿no? ¿Le
molesta que yo siga?
No dijo Maldonado.
Eva María extrajo
del bolso una muñeca de porcelana y la puso, con gesto de
triunfo, arriba de la mesa. La muñeca era una mujercita con
pómulos huesudos, tez morena y sonrisa inverosímil
porque conocía: sonrisa conocedora de una experiencia
de sibaritismo, de una opulencia plena, carnal hasta la médula,
ya ocurrida y siempre por venir. La mujercita vestía una
capa tejida en malla de seda; despojada de esa prenda salían
al mundo sus grandes tetas; el calzón se sostenía
mediante un prendedor con cabeza de tigre; atrapada por el cinto,
colgaba en su cadera una espada con empuñadura negra; portaba
un báculo además en su mano derecha cuya punta terminaba
en un cráneo.
Nada te turbe.
Nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia todo
lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta...
Tal oración
estaba escrita con letra cursiva en la base de la ambigua y como
aborrecible imagen. Le faltaban ofrendas, se dijo sin embargo el
escritor: él tenía presente haber visto en la infancia,
dentro del hueco de una hornacina, una Virgen del Valle rodeada
de ofrendas: una copa llena de champaña con bordes de tafilete,
cigarrillos, bombones y decenas de velas encendidas.
¿Me sigue,
monsieur lecribain? preguntó Eva María.
Una historia se pierde cuando ya ni se hila ni se teje al
escucharla respondió Maldonado.
El rendez vous de las dos ratitas dijo
Eva María se hizo, mas dentro de una heure,
cuando sugería la psiquis que abordaran una lata de duraznos
en alchiber, o almíbar, mots árabes,
la dueña de la confitería las motivó pues se
retiraran, ya que el droit de chacune inicia donde el del
otro fini. En conclusión, la campesina se explicó:
antes del danger me vuelvo a mi cuevita con mis duras raíces.
Un suceder se constataba
mientras tanto en torno de la muchacha de su cielo ilógico,
como un perfume que la tornaba personaje de novela e inalcanzable
a la vez para las palabras: éstas la sugerían como
si ella fuese un pase de magia: paloma mutada en rebozo o al revés,
pañuelo transparente mutado en paloma. Así, los interlocutores
de Maldonado no entendían nada de su relato sobre Eva María,
no unían ni siquiera las dudas y simplemente se limitaban
a tomar datos.
¿Cuáles
datos? Algunos mostraban con orgullo detectivesco la fotocopia del
papel escrito por ella y que Maldonado escamoteó subrepticiamente
del taller de laborterapia: "S. Alteza Dr. Paolenci decía,
Excuse moi, Skiusmi ésa es la ortografía
original, teacher ou loyer, cest à exprimer
très bien vos ce que vous soyez... Même ce soi comme
ce soi, bien le fiangaille ou le coup de foudre. Toute a lheure.
Au revoir ". Hubo quienes traían a cuento los ejercicios
de mnemotecnia que Eva María sacaba de su mente como si fueran
relámpagos en cadena: "fratahu", por ejemplo, quería
decir la serie anatómica falange, falangina, falangeta, trapecio,
trapezoide, hueso grande y hueso ganchoso. Distintos escuchas de
Maldonado recordaban, igualmente, haber oído por su boca
una de las historias más notables de Eva María: la
muchacha fue a recoger estopa destinada a construir una lámpara
casera; en el camino encontró a un señor alto que
era Dios; éste le preguntó por las diferencias entre
el motor de dos tiempos y el de cuatro tiempos; ella, que las sabía
a la perfección, formuló esas diferencias; Dios, por
toda respuesta, empezó a tejer: tejía al crochet,
sí, con venas de seres humanos.
El asiento del sillón
en que reposaba Maldonado ya no poseía un confortable cobertor
de satín ni resortes de alfombra mágica; era de goma
espuma escueta y quemada por innumerables cigarrillos. Junto al
asiento de Eva María estaba una silla de plástico
vacía, con armazón de cromo y rueditas de acero. La
mujercita reidora se distinguía encima de la mesa del vestíbulo
como una posesiva diosa de vudú; lugares secundarios restaban
para un cenicero, un vaso y un envoltorio de medicinas para "las
migrañas y otras cefaleas". Al inclinarse, el escritor
vislumbraba la calle externa de la casona detrás de una imaginaria
línea bisectriz que partía de su vista, atravesaba
la puerta exterior de rejas, sus columnas laterales, la senda en
ascenso, nueve escalones de baldosas amarillas y los canteros integrados
al muro, todo a la manera de una imagen tomada con un lente gran
angular. Eva María ató la capa de seda, con un hilván
revestido de oro, al cuello de la estatuilla.
¿Quién
es? preguntó Maldonado.
Pomba Yira, la diosa nuestra, la señora que nos protege,
si no le molesta la palabra. La señora de las putas dijo
Eva María
Antonio
Marimón,"Aquí llega el sol",
Fractal
n° 5, abril-junio,
1997, año 2, volumen II, pp. 81-100.
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