|
Un
escritor moderno sin crisis de conciencia religiosa durante la juventud
es una especie rara. Quienes no las han sufrido, se las inventan.
Los tres grandes ateneístas sufrieron de rechazo pertinaz
al cristianismo. Hijos de la primera generación de mexicanos
educados por el positivismo, durante el Porfiriato, fueron mucho
más que fieles discípulos de los liberales y jacobinos
que los adoctrinaron. Su bestia, más ridícula que
negra, fue ese monje Pafnuncio que Anatole France retrató,
el hombre de Dios que arroja a la hoguera toda obra de arte temiendo
que ésta sea la manera que Thäis ha elegido para perderlo.
Pero la liberación de Pafnuncio es aparente. Tan pronto como
abandona al oscuro objeto de su deseo y se aleja hacia la noche,
descubre que la belleza de las estrellas que lo iluminan no puede
ser incinerada. Aquellos jóvenes lectores de Anatole France
no sólo eran anticlericales, sino deístas y agnósticos.
Si no llegaron descaradamente al ateísmo fue porque el paganismo
de Goethe ofrecía un consuelo más atractivo que la
aterradora imitación de Nietzsche.
La marcha de regreso
de Vasconcelos al catolicismo es la Reintegración virulenta
que anhelan los descarriados. El origen de la incredulidad del joven
José, narrada en el Ulises criollo, es significativa.
Adolescente, llora la muerte de su madre, en el cementerio, sobre
una tumba equivocada. Cuando descubre la pifia maldice al cristianismo.
Convierte el error topográfico en diatriba teológica.
Repetirá esos caprichos a lo largo de su vida. Su tránsito
por el paganismo, como el de su maestro Chateaubriand, es tan pleno
y rico en osadía, que cuando regresa a la iglesia católica
ya ha agotado la variada apostasía. Aun en 1929 rehúsa
el martirio como si éste fuese una decisión olímpica
antes que la Gracia electiva. Se comporta como el romano que prefiere
la deshonra del destierro antes que la fatalidad de la cicuta. Vasconcelos
se sintió protegido por Minerva hasta que su amante utilizó
la misma pistola divina para darse un tiro en el corazón
y en Notre-Dame. Sus manes en el Olimpo lo despidieron con una broma
macabra.
Octavio Paz dice, en
su memorable analogía entre Revueltas y Vasconcelos, que
éste, filósofo coronado, se creía enviado de
lo alto y, siendo así, decidió educar a una nación.
Tras el fracaso de esa misión, el profeta de la reconciliación
pagana la Raza Cósmica se convirtió en
un antihéroe más católico que cristiano, militante
de la fe que entiende a la religión como el campo de batalla
donde la salvación del alma se bate contra las fuerzas del
Mal. Su itinerario ideológico es una progresión de
derrotas tácticas. Obispo guerrero, Vasconcelos pierde una
guerra de movimientos. Del positivismo escolar a la profecía
iberoamericana, pasando por el liberalismo, Vasconcelos agota todas
las posibilidades de redención. El viejo vuelve a ser el
muchacho que se equivoca de tumba y maldice a los dioses por su
desorientación. Vasconcelos murió, qué duda
cabe, anhe-lando a Cristo. Pero conocía la suficiente teología
dogmática como para dudar de su salvación. Soñó
acaso con que su vida sería vista con mayor indulgencia en
esa Atlántida platónica que diseñó.
Si Vasconcelos hubiera
muerto en 1929, víctima de la venganza pretoriana, su obra
pública como educador habría quedado como la restauración
pagana más grandiosa y descabellada de la historia americana.
Nadie aspiró con mayor inspiración que él a
despojar al cristianismo de su carácter de triunfo de la
Barbarie, como diría Gibbon. Nunca fue un jacobino, pero
su deísmo era más peligroso para la iglesia católica
que las blasfemias de los saqueadores de templos. Hasta 1929 fue
uno más entre quienes han querido conservar del cristianismo
sólo una eticidad compatible con la de Platón, Marco
Aurelio, Buda o Quetzalcóatl. Fueron sus propagandistas quienes,
en el curso de la campaña electoral, lo convencieron de que
su cruzada era evangélica, la verdadera "cristianización"
de México. Un lustro después de su regreso al catolicismo,
todavía escogió a Ulises como mito personal, pudiendo
entregarse, como acabó haciéndolo, a la imitación
de San Pablo. Su Reintegración a la Gracia, en 1940, debió
significar un alivio para la Iglesia: el más peligroso, por
taimado y ocurrente, de los herejes mexicanos, vol-vía a
casa.
Alfonso Reyes rechazó
con horror el drama de la Cruz. Repudió una cultura sustentada
en el parricidio, él, quien al perder a un padre que tenía
por héroe homérico, creyó perderlo todo. En
la Oración del 9 de febrero, Reyes reafirma su identidad
con Eneas, y como amante de Dido viaja al mundo de los muertos por
la promesa de un imperio. De vuelta del Hades escribe esa oración
fúnebre, cavidad subterránea y secreta de su ciudad
de la prosa.
Tan incrédulo
como Vasconcelos recordando la falsa tumba de la madre, Reyes no
mira hacia el Empíreo cristiano. Se decide por el viaje infernal
hacia el Oeste, donde moran los espectros, y no descansa hasta volver
con la bendición del general Bernardo Reyes. Esa confianza
en el padre recuperado dicta la felicidad, a veces lerda, de la
obra de Reyes. La reconciliación alfonsina con la orfandad
en nada se parece a la resignación cristiana. Es un episodio
digno de la tenue escatología ciceroniana. Reyes escribirá
sus libros evadiendo los temas judeocristianos, rechazando sus consecuencias
belicosas y culpígenas, que son, precisamente, las más
modernas. La Oración del 9 de febrero completa aquel
opúsculo de Lessing titulado Cómo los antiguos
se imaginaban a la muerte. Si la muerte del general Reyes es
hermosa y bravía sin ser obscena, la literatura será
ejercicio de civilización antes que testimonio de barbarie.
Cuando Reyes se dice curado del odio, le creemos. Libre de la sed
insaciable de la venganza, se da el lujo de apartar de su obra toda
reyerta que involucre a la carne y a la tristeza, al esqueleto y
su desintegración, a la guerra de las ideas con sus rehenes.
Como Lessing, Reyes admira la belleza ecuánime de los antiguos
representando la muerte, mejor que la barbarie cristiana dibujándola
pestilente y corrupta. Víctima de la Hybris, el general
Reyes se congela en la memoria de su hijo como una estatua clásica
digna de veneración marcial. Ajeno sin ser arisco, Reyes
ignorará a todos aquellos que levanten la mano contra el
Padre. La literatura fundada por Rimbaud, ese Cristo ante quienes
se postran los escritores de la modernidad, es para Reyes un culto
oriental que apesta a mirra, sudor y sangre, una esotería
ansiosa de crueldad y sufrimiento. Cortés y mustio como era,
Reyes se cuida de escandalizar en público con las manifestaciones
de su repugnancia. Se tapa las narices y desvía la mirada
rechazando por omisión todo lo que encontraba de cristiano
entre sus contemporáneos. Y obligado a elegir un moderno,
se queda con el evanescente Mallarmé, olvidando la herejía
del libro para coleccionar como un niño las cuentas de collar
de mademoiselle Mallarmé.
El tercero de nuestros
grandes paganos fue Martín Luis Guzmán. La biografía
del hombre público no contrasta con su intimidad. La leyenda
de Guzmán concluye sin verdaderos honores ni grandes crímenes.
Murió condecorado por los matarifes a quienes apoyó
el 2 de octubre de 1968. Pero éste, hombre para quien el
estilo lo era todo, no gustaba de ensuciarse las manos de sangre.
Y la tinta consagrada al elogio del delito suele borrarse.
En la obra de Guzmán
no encontramos las cicatrices del guerrero. Su padre, el coronel
Martín Luis Guzmán y Rendón, murió por
heridas de combate en el cañón de Malpaso, apenas
el 29 de diciembre de 1910, al frente de una partida porfirista.
El escritor fue testigo de la agonía. A diferencia de su
amigo Alfonso, Martín Luis no veneró la memoria de
su padre, un enemigo al que sólo recordaba cuando las convenciones
sociales lo requerían. En su discurso de ingreso a la Academia
Mexicana de la Lengua (1954), Guzmán, general de la novela,
se limita a dar un escueto parte de guerra del fallecimiento de
su padre en las primeras refriegas entre federales y revolucionarios.
Martín Luis
Guzmán fue a la Revolución Mexicana como Stendhal
a la campaña de Rusia, para tomar nota literaria de las jaurías
humanas. Militar agregado como Beyle, abandonó los campos
de batalla tan pronto entendió la perspectiva histórica
y natural de la guerra. Por infortunio político apoyó
la rebelión delahuertista en 1924 y por temperamento
estético, Guzmán se abstuvo de servir a los caudillos
triunfantes. Pero durante la guerra de 1910 aprendió lo esencial
de sus caracteres, como para retratarlos con inolvidable precisión.
Al convertirse en propagandista político, Guzmán ya
había escrito sus grandes novelas. Lo suyo fue la observación
de la virtud entredicha por las pasiones. Actor y testigo de la
Revolución, Guzmán la describe con la serenidad áulica
de un moralista del gran siglo. Habla de los hechos como se lo enseñó
Tucídides, con el aliento de quien repasa la inmensidad de
la Historia y con la concentración en los detalles que delatan
al protagonista. Guzmán es omnipresente sobre su creación.
En El águila
y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa
no encontramos el egotismo de un Vasconcelos. En las novelas memoriosas,
Martín Luis se da el lujo de la tercera persona cuando habla
de su intervención anecdótica en los hechos, recurso
que Vasconcelos utiliza como una incomodidad que apenas cubre su
falsa modestia. Libre de las pendencias del Yo, Guzmán se
aparta de los paisajes del alma, aquellos que Reyes encontró
en el Hades y que son la materia vital del periplo vasconceliano.
¿Por qué Guzmán se habría detenido en
un personaje menor como en su propio padre, teniendo ante sí
el gran drama del águila y la serpiente?
Los caudillos de Guzmán
no distinguen entre el Bien y el Mal. ¿Los distinguía
él? No lo creo. Sus retratos morales hubieran complacido
a Suetonio, a Maquiavelo o a La Rochefoucauld, antes que a cualquier
biógrafo cristiano. Cuando escribió sobre Pancho Villa,
el narrador construyó un observatorio antes que un héroe.
Tan pronto vio la guerra tras los ojos de Villa, Guzmán abandonó
su caballo de Troya, en la batalla de Trinidad, se hundió
la División del Norte. ¿Seguir a Villa en su regreso
a la condición de bandolero? Eso no; estudiaba el poder,
no la condición humana. Si las vidas de caudillos y políticos
dejan de ser paralelas, el novelista renuncia a ellas.
Las masas revolucionarias,
decorado indispensable para su radiografía del poder político,
viven pasiones animales que Guzmán apenas advierte. La conducta
de los campesinos rebeldes es sólo un problema de tramoya
escénica. Tanto los delitos como el coraje de la gleba responden
a reglas predecibles del arte de la guerra. Vasconcelos, orador
y profeta, bendecido por las masas en sus días de gloria,
soñaba con eliminarlas mediante una solución final
eugénica. Decepcionado, el maestro de América tan
sólo invirtió el signo de la operación: de
la suma a la resta, de la Raza Cósmica a la raza maldita.
Guzmán retrató a la muchedumbre bárbara sin
encontrar en ella otra característica que la sed de sangre.
Fueron otros narradores del siglo V, artistas
menores que Guzmán y por ello más sensibles, como
Azuela y Urquizo, quienes se cobijaron a la luz de las fogatas y
bajo las patas de los caballos.
Cuando Guzmán
juzga la moralidad de los caracteres no va más allá
de las convenciones éticas y políticas de su generación.
Jacobino por educación y por prestigio, agnóstico
prudente y moralista práctico, Guzmán colgaba el gorro
frigio, al entrar a su casa y se paseaba por ella con la cabeza
despejada, tras una jornada dedicada a la opinión pública,
a su curul senatorial o a la silla académica. Pero las opiniones
de Guzmán importan poco. Su grandeza prosística no
está en el enjuiciamiento del espíritu, sino en el
seguimiento de su función en el teatro de la política,
o de la guerra, su ineluctable continuación.
Guzmán siempre
parece ocupar ese palco donde se autorreta mirando a la Soberana
Convención de Aguascalientes como espectáculo. Mientras
sus hermanos en paganismo visitan el Hades o planean la Atlántida,
Guzmán, un clásico más cercano a César
y Plutarco que a Hesíodo y Platón, se deleita con
la fiesta de las balas. Esa frialdad le permitió describir
el Mal de la política sin sufrir contagio de la peste ideológica.
La sombra del caudillo es la novela maldita del siglo
V. La narración del secuestro, la tortura y la resurrección
de Axkaná González es una representación pavorosa
del poder en el México de las subastas sangrientas. La política
en Guzmán es una demonología escrita por un hombre
que nada tenía de teólogo. Su visión difiere
de la guerra de religión donde Vasconcelos actúa o
de las catacumbas del comunismo primitivo que conocemos gracias
a Revueltas. Guzmán pasa del salón del trono a la
celda de tortura como lo hubiera hecho Corneille si el decoro neoclásico
se lo hubiese permitido.
El Mal del poder como
pócima que bebe el torturado para resucitar es lo que Guzmán
nos ofrece en La sombra del caudillo. Esa víctima
nos asaltará, muerto-vivo, en la carretera. El lector se
estremece mientras el novelista busca otra locación. Guzmán
crea tragedia política y dramas épicos con la siniestra
discreción del artista que jamás se compromete con
las emociones de su público. El efecto del distanciamiento
que Guzmán antepone entre él y sus personajes es una
obra maestra del clasicismo.
Reyes se libró
del dualismo cristiano que hundió a Vasconcelos. Construyendo
nuevas ciudades de la grecolatinidad en una América utópica,
ambos paganos, el apolíneo y el dionisíaco, quien
se alejó de la Cruz y aquel que la abrazó, componen
un trío que se completa con la templanza estoica de Guzmán.
Encarnan el Gran Estilo del siglo V.
Christopher Domìnguez, "Tres
grandes paganos", Fractal n° 3,
octubre-diciembre, 1996, año 1, volumen I, pp. 29-37. |