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La vindicación de diversas identidades no occidentales -que se definen por la religión (el fundamentalismo islámico), la geografía (los valores asiáticos) o la cultura (la glorificación de la ética del confucionismo)- no ha hecho más que atizar el fuego de esta confrontación con Occidente. Pero, ¿es la globalización realmente una nueva maldición occidental? De hecho no es ni nueva ni necesariamente occidental; tampoco es una maldición. Durante miles de años, la globalización ha contribuido al progreso del mundo a través de los viajes, el comercio, la migración, las mutuas influencias culturales y la diseminación del conocimiento y el saber (incluyendo el de la ciencia y la tecnología). Hay casos en que las interrelaciones globales han sido esenciales para el desarrollo de países enteros. Además, no siempre han resultado de la influencia occidental. Por el contrario, los agentes activos de la globalización aparecen frecuentemente fuera del área de Occidente.
Habría que considerar el mundo no hacia el final del milenio sino en sus inicios. En el año 1000 d.C., la expansión global de la ciencia, la tecnología y las matemáticas habían cambiado la naturaleza del Viejo Mundo, pero su diseminación se llevó a cabo en la dirección opuesta a la que observamos hoy. En el mundo del año 1000, la alta tecnología incluía el papel, la imprenta, el arco, la pólvora, la suspensión de puentes con cadenas de acero, el papalote, la brújula magnética y la rueda de molino. Todos estos instrumentos eran comunes en China -y prácticamente desconocidos en otras partes del mundo-. La globalización los llevó a todo el orbe, incluyendo Europa. Un movimiento similar ocurrió con la influencia de Oriente en las matemáticas occidentales. El sistema decimal surgió y se desarrolló en India entre la segunda y la sexta centurias; después fue utilizado por los matemáticos árabes. Las innovaciones matemáticas llegaron a Europa en el último cuarto del siglo X. Ahí empezaron a tener un impacto en los primeros años del último milenio, y jugaron un papel destacado en la revolución científica que transformó a Europa. Los agentes de esa globalización no fueron europeos ni exclusivamente occidentales, tampoco estaban vinculados al dominio occidental. De resistirse a la globalización de las matemáticas, la ciencia y la tecnología de aquél tiempo, Europa habría sido mucho más pobre -económica, cultural y científicamente-. Hoy se aplica el mismo principio, aunque en dirección contraria (de Occidente hacia Oriente). Rechazar la globalización de la ciencia y la tecnología porque representan la influencia y el imperialismo occidentales no sólo significa prescindir de contribuciones globales -provenientes de muchas partes del mundo- que se hallan sólidamente ancladas en las así llamadas ciencia y tecnologías occidentales, sino que redunda en una práctica bastante estúpida, dada la dimensión con la que el mundo entero se puede beneficiar de ellas.
La herencia
Al rechazar el diagnóstico de la globalización como
un fenómeno cuyo origen es la quintaesencia de Occidente,
hay que sospechar no sólo de la retórica anti-occidental
sino también de la xenofobia pro-occidental. Cierto: el
Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial
fueron grandes logros -y tuvieron su sede principal en Europa
y, después, en Estados Unidos-. Pero su desarrollo se basó
en la experiencia del resto del mundo, que no se reduce a las
estrechas fronteras de la civilización occidental. La civilización
global es una herencia del mundo entero -y no sólo de un
catálago de culturas locales dispares-. Cuando una matemática
moderna de Boston invoca un alogaritmo para resolver un complejo
problema computacional, tal vez no sea consciente de que está
celebrando al matemático árabe Mohammad Ibn Musa-al-Khwarizmi,
que vivió en la primera mitad del siglo IX.
(La palabra alogaritmo proviene del nombre Al-Khwarizmi.) Existe
una cadena de relaciones intelectuales que vinculan a las matemáticas
y las ciencias occidentales con una serie de pensadores no occidentales,
entre los cuales se halla Al-Khwarizmi. (El término álgebra
proviene de su célebre tratado: Al-Jabrwa-al Muqabilah.)
Al-Khwarizmi, uno de tantos pensadores no occidentales cuyos trabajos
influyeron en el Renacimiento europeo y, más tarde, en
la Ilustración y la Revolución Industrial, merece
el crédito por los logros asombrosos que ocurrieron en
Europa y que europeizaron a Estados Unidos. La idea de un origen
occidental inmaculado es pura fantasía.
El progreso global de la ciencia y la tecnología no sólo
no ha sido un fenómeno exclusivamente occidental, sino
que muestra desarrollos globales esenciales en los cuales Occidente
ni siquiera aparece. La impresión del primer libro del
mundo fue un evento esencialmente global. La tecnología
de la imprenta es un logro que debe atribuirse enteramente a los
chinos. Pero el contenido provino de otro lugar. El primer libro
impreso fue un tratado hindú en sánscrito, traducido
al chino por un hombre de origen medio turco. El libro, Vajracchedika
Prajnaparamitasutra (que a veces se refiere como "El diamante
sutra"), es un viejo tratado de budismo. Fue vertido del
sánscrito al chino en el siglo V
por Kumarajiva, un académico de origen medio hindú
y medio turco que vivió en la parte oriental de Turkistán
llamada Kucha, y que más tarde emigró a China. Su
primera impresión data de cuatro siglos después
en 468 d.C. Esta historia, que incluye a
China, Turquía e India, expresa una forma de globalización
en la que Occidente estuvo absolutamente ausente.
Que la globalización de las ideas y las prácticas
merece ser rechazada porque contiene la amenaza de la occidentalización,
es un diagnóstico equivocado que ha jugado un papel regresivo
en el mundo colonial y poscolonial. Este rechazo propicia tendencias
parroquiales y sabotea la objetividad de la ciencia y del conocimiento.
Dadas las interacciones globales, no sólo resulta contraproducente,
sino que puede causar que las sociedades no occidentales "se
metan el pie" a si mismas, incluso el valioso pie de la cultura.
Considérese tan sólo la resistencia en India a la
utilización de las ideas y los conceptos occidentales en
las ciencias y en las matemáticas. En el siglo IX,
este debate se transformó en una amplia controversia entre
los defensores de la educación occidental versus los que
abogaban por la educación tradicional hindú. Los
"occidentalizantes" no atribuían ningún
mérito a la tradición hindú, como el dudoso
Thomas Babington Macaulay que llegó a escribir: "Nunca
me he topado entre ellos [quienes abogaban por la tradición
hindú] a quien pueda negar que un simple anaquel de una
buena biblioteca europea es más valioso que toda la literatura
hindú y árabe juntas." En respuesta, quienes
defendían la educación nativa se oponían
a toda forma de influencia occidental. Sin embargo, ambos lados
admitían la dicotomía fundacional de dos civilizaciones
dispares. Las matemáticas europeas, que usan conceptos
como el de seno, eran vistas como una importación puramente
occidental a la India. De hecho, el matemático hindú
Aryabata desarrolló el concepto de seno en su trabajo clásico
sobre astronomía y matemáticas en el año
499 d.C. Lo llamó por su nombre en
sánscrito: jya-ardha (literalmente: "medio arco").
Este término, que inicialmente fue reducido en sánscrito
al de jya, se transformó en el jiba árabe, y más
tarde en el de jaib, que significa "bahía o caleta".
En su Historia de las matemáticas, Howard Eves explica
que hacia 1150 d.C. Gherardo de Cremona,
en su versión al latín, tradujo jaib como sinus,
palabra que corresponde a bahía o caleta. Éste es
el origen del concepto moderno de seno. El término ha cerrado
un círculo completo -comenzando en la India, y de regreso-.
Ver a la globalización como una simple continuación
del imperialismo de las ideas y las creencias occidentales (tal
y como lo sugiere esta retórica) es un grave y costoso
error, de la misma manera que lo habría sido cualquier
forma de resistencia europea a la influencia oriental a principios
del milenio pasado. Sin duda hay aspectos de la globalización
que se relacionan con el imperialismo (la historia de las conquistas,
el colonialismo y la dominación extranjera), y las explicaciones
poscoloniales del mundo no dejan de tener su mérito. Pero
sería del todo equivocado entender a la globalización
como un rasgo puramente del imperialismo. Es algo más que
eso.
La distribución de las pérdidas y las ganancias
económicas producidas por la globalización plantea
una pregunta enteramente distinta, y debe ser examinado como un
tema de extraordinaria relevancia. Existen suficientes evidencias
para mostrar que la economía global ha traído prosperidad
a diversas regiones del planeta. Hace tan sólo algunos
siglos, la pobreza dominaba al mundo entero, y la prosperidad
se distribuía entre unas cuantas ínsulas. Las interrelaciones
económicas extensivas y la tecnología moderna han
sido -y seguirán siendo- decisivas para superar esta penuria.
Lo que sucedió en Europa, Estados Unidos, Japón
y el Lejano Oriente contiene un mensaje esencial para todas las
regiones del mundo, y no se puede entender la naturaleza actual
de la globalización sin antes admitir los frutos producidos
por las relaciones de la economía global.
Es simplemente imposible revertir la penuria económica
de los pobres a lo largo y ancho del mundo, manteniéndolos
al margen de los avances de la tecnología contemporánea,
la probada eficiencia del intercambio y el comercio internacionales
y los beneficios sociales y económicos que se derivan de
una sociedad abierta. El problema central reside en cómo
hacer uso de las ventajas que encierran el intercambio económico
y el progreso tecnológico, de tal manera que la atención
se centre en los intereses de los explotados y los marginados.
Ésta es, a mi entender, la pregunta que emerge de los así
llamados movimientos globalifóbicos.
El reto principal se relaciona con la inequidad -tanto internacional
como intranacional-. Las desigualdades son múltiples: disparidades
en el bienestar, severas asimetrías en los equilibrios
de poder y oportunidades políticas, sociales y económicas
decrecientes. Otra pregunta nodal se refiere a la distribución
de las ganancias potenciales de la globalización -tanto
entre países ricos y pobres como entre los diferentes grupos
sociales de un mismo país-. No basta entender que los pobres
en todo el mundo requieren de la globalización tanto como
los ricos; también es preciso asegurar que obtengan de
ella lo que necesitan. Para abogar por la globalización
se requerirían reformas institucionales masivas; también,
más claridad en la formulación de las preguntas
sobre el tema de la distribución. Por ejemplo, con frecuencia
se afirma que los ricos se están haciendo más ricos,
y que los pobres más pobres. Pero este fenómeno
no sucede de manera uniforme, incluso si aceptamos que existen
casos donde acontece en realidad. Todo depende de la región
y del grupo que elijamos, así como de los indicadores de
la prosperidad económica. Pero el intento de fustigar a
la globalización económica con esta precaria argumentación
produce una crítica peculiarmente frágil.
Los apólogos de la globalización argumentan que
los pobres que participan en el comercio y el intercambio internacionales
se vuelven menos pobres. Ergo -según este artilugio-: la
globalización no es injusta para los pobres. Ellos también
se benefician. Si se acepta la relevancia de esta pregunta, todo
el debate gira en torno a cuál de los lados tiene la razón
en esta disputa empírica. ¿Pero es este el campo
de batalla real? Creo que no.
Negociación y justicia
Aun si los pobres se hicieran un poco más ricos, esto no
implicaría que obtendrían una parte más justa
de los beneficios potenciales que encierran las relaciones globales
económicas. No tiene mucho sentido preguntarse si las desigualdades
marginales internacionales han crecido o decrecido. No es necesario
demostrar que la desigualdad masiva o la injusticia distributiva
están creciendo para rebelarse contra la pobreza y las
desigualdades lacerantes -o para protestar contra la injusta distribución
de beneficios de la cooperación global- que caracterizan
al mundo contemporáneo. Todo esto es un asunto aparte.
Las ganancias que se derivan de la cooperación pueden redundar
en órdenes muy disímbolos. Hace más de medio
siglo, John Nash, matemático de la teoría de juegos,
reflexionó (en "El problema de la negociación",
publicado en Econométrica en 1950 y citado, entre otros
escritos, por la Real Academia de Ciencias cuando Nash obtuvo
el Premio Nobel de economía) sobre el hecho de que no se
trata de saber si algún acuerdo particular puede resultar
mejor que si no hubiera cooperación alguna, sino de la
distribución justa de los dividendos. Es inútil
refutar la crítica de que tal o cual arreglo distribucional
es más injusto aduciendo que los partícipes se benefician
más en ausencia de cooperación. En realidad, se
trata de la elección entre estas alternativas.
Por ejemplo, para argumentar que un arreglo familiar sexista y
desigual es particularmente injusto, no es necesario demostrar
que las mujeres resultarían comparativamente más
beneficiadas si no existiera la familia, sino que la distribución
de los beneficios es simplemente desigual bajo ese arreglo. Antes
de que la justicia entre los géneros se convirtiera en
una preocupación general (tal y como ha sucedido en décadas
recientes), abundaban los intentos de evadir el tema (de la injusticia
en el orden familiar) argumentando que si las mujeres creyeran
que ciertos arreglos familiares les son injustos no necesitarían
vivir en familia. También se acostumbraba afirmar que los
arreglos familiares existentes no podían ser injustos si
los hombres y las mujeres vivían en familia. Pero aún
si se admite que tanto las mujeres como los hombres puedan obtener
beneficios al vivir en familia, la pregunta de la justicia distribucional
queda sin resolver. En principio, existen diversos arreglos familiares
-comparados con la total ausencia de un sistema familiar- que
cumplen con el requisito de satisfacer las necesidades tanto de
hombres como de mujeres. El verdadero problema reside en que tan
justamente se distribuyen los beneficios en cada uno de los respectivos
arreglos.
De la misma manera, es inútil rebatir la crítica
de que el sistema global es injusto respondiendo que incluso los
más pobres obtienen algo de las interrelaciones globales;
o que no se vuelven más pobres necesariamente. Esta respuesta
puede o no ser la equivocada, pero la pregunta sin duda lo es.
El problema no es si los pobres se están haciendo marginalmente
más pobres o ricos; tampoco si obtendrían mayores
beneficios en caso de que se excluyeran a si mismos de las interacciones
globales. Insisto: el tema central es la distribución de
los dividendos que resultan de la globalización. Esta es
la razón por la cual muchas de las protestas en contra
de la globalización, cuyo propósito es el de propiciar
un mejor arreglo para los marginados en la economía mundial,
no tienen un carácter "antiglobalizante" -contrariamente
a lo que dicta su propia retórica y a las concepciones
que se les suelen atribuir-. La misma razón por la cual
no existe ninguna contradicción en el hecho de que las
así llamadas protestas globalifóbicas se hayan convertido
en los eventos más globalizados del mundo contemporáneo.
¿Será posible realmente que estos grupos dispersos
puedan arrancar un mejor trato a la economía globalizada
tomando en cuenta la economía de mercado? La respuesta
es: sí.
Los usos de la economía de mercado son compatibles con
diversas formas de propiedad, la distribución heterogénea
de recursos y con diferentes normas de operación (como
las leyes de patentes y las regulaciones antimonopólicas).
En función de estas condiciones, la economía de
mercado puede generar una gama de precios, diversos arreglos comerciales,
distintas formas de distribución del ingreso o, para hablar
en términos generales, diferentes resultados. Las condiciones
que privan en los ámbitos de la seguridad social y otras
formas de intervención pública pueden modificar
sustancialmente los resultados del proceso del mercado, y en su
conjunto pueden disminuir la polarización de los niveles
de pobreza y desigualdad.
La pregunta central no reside en hacer o no frente a la economía
de mercado. Esta pregunta, vaga en sí, es fácil
de responder, porque es difícil lograr cierta prosperidad
económica sin recurrir a las oportunidades de intercambio
y especialización que ofrecen las relaciones de mercado.
Aun cuando la operación de una economía de mercado
particular pueda ser significativamente defectuosa, no hay manera
de prescindir de las instituciones del mercado en general como
una poderosa maquinaria de progreso económico. Sin embargo,
el reconocimiento de este hecho apenas inicia la discusión
sobre las condiciones de los mercados globales.
En las relaciones globales, la economía de mercado no funciona
por sí misma. Mas aún: ni siquiera puede operar
por sí misma en un país dado. No sólo se
trata del hecho de que un sistema de mercado puede generar muy
diversos resultados en función de las condiciones que hacen
posible su existencia (tales como la distribución de los
recursos naturales, el desarrollo de los recursos humanos, las
normas empresariales, los niveles de seguridad social, etcétera).
Estas condiciones de existencia dependen a su vez de instituciones
políticas, económicas y sociales que operan a nivel
nacional y global. El papel decisivo del mercado no resta relevancia
al papel que juegan las otras instituciones, incluso en los términos
de la propia economía de mercado. Múltiples estudios
empíricos han demostrado que los resultados del mercado
dependen esencialmente de las políticas en educación,
salud, reforma agraria, microcrédito, etcétera.
En cada uno de estos campos, todavía hay trabajo por hacer
para que la acción pública pueda transformar el
resultado de las relaciones económicas locales y globales.
Instituciones y desigualdad
La globalización tiene mucho que ofrecer. Sin embargo,
incluso si se acepta esto, es preciso entender la legitimidad
de muchas preguntas planteadas por las protestas de los globalifóbicos.
Tal vez compartan un diagnóstico equivocado acerca de los
problemas principales (que no se hallan en la globalización
en sí), pero las preocupaciones éticas y humanas
que preceden a estas preguntas requieren una reflexión
rigurosa sobre los arreglos institucionales globales y nacionales
que caracterizan al mundo contemporáneo, y que definen
a la economía global en su conjunto.
Al capitalismo global le preocupa mucho más la expansión
de las relaciones de mercado que, digamos, la democracia, la educación
elemental o las oportunidades sociales de los sectores subalternos.
Si es evidente que la globalización de los mercados, vista
en sí misma, supone una perspectiva inadecuada para abordar
el problema de la prosperidad económica, se necesita ir
más allá de las prioridades que produce el propio
capitalismo global. Como alguna vez lo dijo George Soros, los
inversionistas internacionales prefieren trabajar con autocracias
altamente regimentadas que con democracias repletas de activismo
y menos regimentadas; y esto tiene una influencia regresiva sobre
las posibilidades de un desarrollo más igualitario. Los
consorcios multinacionales pueden ejercer su influencia sobre
el gasto público de países del tercer mundo con
el fin asegurar la lealtad y la seguridad de las clases gerenciales
y los trabajadores más privilegiados por encima de las
necesidades elementales que plantea el analfabetismo masivo, la
deprivación médica y otras adversidades de la pobreza.
Ciertamente, estas realidades no representan barreras insuperables
para el desarrollo, pero es esencial asegurarse de que las barreras
superables sean efectivamente superadas.
Las injusticias que caracterizan al mundo contemporáneo
están vinculadas estrechamente a un cúmulo de omisiones
que es preciso destacar, sobre todo en el orden de los arreglos
institucionales. En mi libro Desarrollo como libertad (1999) se
señalan algunos problemas centrales. Las políticas
globales podrían desempeñar un papel importante
en el desarrollo de instituciones nacionales (por ejemplo, apoyando
la democracia y los sistemas de salud y educación), pero
es preciso examinar de nuevo la consistencia de los mismos arreglos
institucionales globales. La distribución de los beneficios
en la economía global depende, entre otras cosas, de la
variedad de arreglos institucionales globales: los equilibrios
en el comercio, las iniciativas de salud pública, los intercambios
educativos, las facilidades para diseminar tecnología,
las restricciones ambientales y ecológicas y el trato justo
a las deudas acumuladas en el pasado por regímenes militares
y autoritarios irresponsables.
A las omisiones que se necesita rectificar, habría que
agregar el serio problema de las "constricciones", así
sea por una mínima ética global. Éstas incluyen
no sólo las restricciones comerciales, ineficientes e injustas,
que limitan las exportaciones del tercer al primer mundo, sino
leyes de patentes que inhiben el uso de medicamentos vitales -para
enfermedades como el sida- y restan incentivos para la investigación
orientada a desarrollar medicamentos de uso no repetitivo (como
las vacunas). Se trata de temas que han sido discutidos exhaustivamente;
sólo quiero hacer hincapié en la manera en que forman
parte de un modelo de arreglos depredadores que socavan lo que
podría ofrecer la globalización.
Otra de estas "constricciones" globales -sobre la que
se habla poco- que causa miseria y deprivación, se relaciona
con la participación de las potencias mundiales en el negocio
global de armas. Este es un campo en el que se requiere urgentemente
una iniciativa global que trascienda la tarea -la importante tarea-
de combatir el terrorismo. Las guerras locales y los conflictos
militares, que tienen consecuencias terribles y destructivas (sobre
todo para las economías de los países pobres), se
derivan no sólo de tensiones regionales sino del comercio
global de armas. El establishment mundial se halla firmemente
anclado en este negocio: juntos, los países miembros del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas realizaron, entre
1996 y 2000, 81 por ciento del total de las exportaciones mundiales
de armas.
Los principales líderes mundiales, que expresan frecuentemente
su frustración por la "irresponsabilidad" de
las protestas en contra de la globalización, encabezan
a los países que hacen las mayores ganancias en este terrible
negocio. En el mismo periodo, los países del G-8
vendieron 87 por ciento del total de armas que se exportaron en
el mundo entero. Tan sólo la parte que vendió Estados
Unidos creció 50 por ciento. 68 por ciento de estas exportaciones
fueron destinadas a países del Tercer Mundo.
Las armas han sido -y siguen siendo- empleadas con resultados
sangrientos y efectos devastadores sobre la economía y
la política de sociedades enteras. En cierta manera, se
trata de la continuación del papel que jugaron las grandes
potencias en la génesis y el florecimiento del militarismo
político en África entre los años sesenta
y los ochenta, cuando la Guerra Fría se libró (como
en otras partes del Tercer Mundo) en el continente africano. Durante
décadas, los señores de la guerra -Mobuto Sese Seko,
Jonás Savimbi y tantos otros- devastaron política
y socialmente a las sociedades africanas gracias al apoyo de Estados
Unidos y sus aliados, o de la Unión Soviética y
los suyos. Las potencias mundiales cargan con una grave responsabilidad
por haber promovido la subversión de la democracia en África
y en otras partes del mundo. El "pushing" de armas les
concede un papel preponderante en los conflictos militares locales.
La reiterada negativa de Estados Unidos para establecer un acuerdo
mínimo que impida las ventas ilícitas incluso de
armas pequeñas (propuesto por el secretario general de
la ONU, Kofi Annan), ilustra las dificultades
de este hecho.
A manera de conclusión: confundir globalización
con occidentalización no sólo es un equívoco
ahistórico, sino que distrae la atención de los
beneficios potenciales que pueden resultar de la integración
global. La globalización es un proceso histórico
que ha ofrecido en el pasado abundantes oportunidades y dividendos
visibles, y continúa haciéndolo hoy. La existencia
misma de los beneficios potenciales convierte al dilema de la
justicia de su distribución en un asunto nodal.
El problema central no es la globalización en sí,
ni la utilización del mercado en tanto que institución
económica, sino la desigualdad que priva en los arreglos
globales institucionales -lo cual produce a su vez una distribución
desigual de los dividendos de la globalización misma-.
La pregunta, por tanto, no reside en si los pobres del mundo pueden
o no obtener algo del proceso de globalización, sino bajo
que condiciones pueden obtener una parte realmente justa. Urge
reformar los acuerdos institucionales -en adición a los
nacionales- para erradicar los errores que resultan tanto de las
omisiones como de las constricciones, que tienden a reducir drásticamente
las oportunidades de los pobres en todo el mundo. La globalización
merece una defensa razonada, pero también requiere una
reforma razonable. © Amartya Sen, "How
to Judge Globalism", en The American Prospect, Invierno
2002, pp. A2-A6.
Traducción del inglés: Ilán Semo.
Amartya
Sen, "Juicios sobre la globalización ", Fractal
n° 22, julio-septiembre,
2001, año 6, volumen VI, pp. 37-50.
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