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Una filología supone por eso una afición o un amor por la obra literaria. Y como afición, o como pasión, supone una actitud del conocimiento, manifiesta, ante todo, en el gozo de la literatura, en el gusto por los detalles, por la colección de curiosidades, por la erudición. No se entiende una filología sin amor por el texto y sin una permanente lectura, pero tampoco una filología sin erudición y sin formación en las varias disciplinas que concurren al análisis hermenéutico.
II
¿Es la filología una ocupación con los textos que nazca "naturalmente" en cualquier cultura y en cualquier ser humano? Seguramente que no y por eso hay que explicarla. Si fuera un interés obvio para todo ser humano, no nos preocuparía su estado actual ni su enseñanza; se justificaría por sí misma. La filología nació en Occidente de la necesidad de interpretar documentos valiosos, no de un planteamiento sistemático que comenzara por definir su propio objeto. El ser humano en posesión de sus conocimientos, enfrentado al enigma de un documento opaco en algún sentido. La filología nació de una valoración previa del texto: de la valoración del pasado clásico, de la necesidad de claridad en los libros bíblicos, del afán por elevar la cultura propia -nacional, regional, religiosa- al ámbito de los clásicos, de la necesidad social de establecer un canon -como dicen hoy en día- no sólo estético, sino también moral, para valorar su propia identidad y su propia acción en la vida. No en balde contribuyeron a su instauración social la creación de los Estados modernos, a partir del Renacimiento; la búsqueda de la palabra de Dios en la religiosidad del protestantismo; y el gusto romántico por las tradiciones, los relatos y las líricas populares, el Volksgeist. Todos los monumentos filológicos del siglo XIX y todos los grandes filólogos de la época se caracterizan por haber dejado obras en cualquiera de esas direcciones. Pensemos en Friedrich Diez y Wilhelm Meyer-Lübke, en Gastón París y en Ramón Menéndez Pidal, en el ámbito romance y español. Pensemos también en los filólogos del XX cercanos a nosotros: la escuela pidalina, los miembros del Instituto de Filología de Buenos Aires y el círculo que formó Raimundo Lida en torno de la Nueva Revista de Filología Hispánica en El Colegio de México. Pero recordemos también la filología romántica de los hermanos Schlegel, los Grimm y Herder en Alemania, y el papel de don Ramón en el descubrimiento moderno de la antigua lírica popular española.
Si la filología nació de la instauración social de ciertos valores desde finales del siglo XVIII y sobre todo en el XIX, es de preguntarse qué ha pasado con ella desde la segunda mitad del XX y cuál es su papel social en el XXI que comienza.
III
Como disciplina hermenéutica, la filología
hacía uso de todos los conocimientos que fueran necesarios
para entender adecuadamente un texto. Si se trataba del Poema
del Cid, era igualmente importante poner en perspectiva el estado
del castellano manifiesto en sus versos y los acontecimientos históricos
que relata; interesaba la copia y las características del
copista del manuscrito hallado; interesaba la relación de
la épica castellana con la francesa, especialmente. El filólogo
ha transitado siempre libremente entre diferentes disciplinas; tantas
y tan diversas como hagan falta para la aclaración del texto.
Naturalmente que tal libertad impone dos condiciones: acumulación
de conocimientos precisos y experiencia literaria. De ahí
la erudición y el gusto literario que han caracterizado siempre
a los filólogos.
Pero el siglo XIX fue rico en novedades intelectuales;
incluso, comparativamente, mucho más rico que el XX,
que fue el siglo en donde esas novedades se desarrollaron y, sobre
todo, dieron lugar a sus efectos tecnológicos. Lo primero
que se debe tomar en cuenta es la conformación de las llamadas
"ciencias humanas" o "ciencias sociales" desde
la segunda mitad del XIX, como una creación
positivista que segmentó el núcleo de las anteriores
ciencias morales -las Geisteswissenschaften de Dilthey, retraducidas
más tarde al español como "ciencias del espíritu"-
: la historia, la arqueología, la sociología, la economía
y la lingüística establecieron sus condiciones y definieron
sus objetos de estudio. En particular observemos lo acontecido con
la lingüística. En la tradición europea, la lingüística
se gestó dentro de la filología; primero como intensificación
del estudio de la lengua literaria; luego como instrumento de reconstrucción
de la genealogía de las lenguas indoeuropeas; inmediatamente
después como método de estudio de la historia de las
lenguas. Bastó con que la ciencia natural, con una persistencia
sorda, continuara acusando a la filología de no producir
conocimiento verdadero, verificable y predictible, y con que resplandecieran
las ciencias del XIX: la biología con
la teoría de la evolución, la anatomía y la
mecánica, para que la lingüística se definiera
a sí misma y se desgajara del complejo de intereses de la
filología. El rigor naturalista y sistemático de los
Jóvenes Gramáticos alemanes ("Neogramáticos",
los rebautizó Ascoli en las lenguas romance), contagiado
del ambiente científico de la época, abstrajo por
primera vez la lengua de su valor literario. Ferdinand de Saussure,
alumno de ellos en Leipzig, pero descendiente de una familia suiza
de científicos, sacó las conclusiones que todos esperaban:
la lengua tiene un sistema que la subyace y que se ofrece como invariante
de todos los textos escritos en ella. La lengua tiene una realidad
en la naturaleza humana a la que la gramática normativa y
la retórica deforman. La lengua merece ser un objeto de estudio
científico por sí mismo, desligado de valores que
la trascienden, como los literarios.
La ruptura entre filología y lingüística no se
produjo, sin embargo, en ese momento, sino casi medio siglo más
tarde, cuando la enseñanza saussureana floreció en
Europa, al final de la Segunda Guerra Mundial. El Curso de
lingüística general de Saussure se interpretó
en tres direcciones: la de los estudios sincrónicos (que
eliminan, por principio de método, la historia y el razonamiento
del orden histórico, para así poder encontrar el sistema
de la lengua), la de los estudios diacrónicos (que no es
la versión saussureana de la historia, sino la yuxtaposición
en serie de estados sincrónicos de las lenguas) y, frente
a estas dos, consideradas "lingüísticas de la lengua",
la de la "lingüística del habla", expuesta
por Charles Bally, dedicada a las particularidades del habla y el
texto específico, en la que el estilo y la peculiaridad de
cada texto recobran su valor filológico (la "lingüística
del habla" nunca pudo alcanzar una posición equivalente
a las otras dos lingüísticas).
El aparato de método de esa lingüística saussureana
disponía de dos instrumentos: la conmutación entre
signos para discernir una diferencia de significado y, a partir
de ella, la identificación de cada uno de los signos conmutados
(/perro/:/pero/, /capa/:/cara/) y la oposición binaria, que
reduce la búsqueda de diferencias entre signos a sus "rasgos
mínimos". Los resultados de las conmutaciones dieron
lugar a la primera noción lingüística de la estructura(3),
el sueño saussureano de un "álgebra del lenguaje"
parecía comenzar a realizarse.
El interés originario de la filología por la lengua
del texto literario se vio reforzado e instrumentado por el primer
desarrollo de la lingüística. Muchas de las nuevas nociones
de análisis venían a resolver dificultades de interpretación
que había encontrado la filología: la variación
de la escritura en manuscritos antiguos, difícilmente inteligible
a base de la noción de "letra", se pudo interpretar
de modo congruente mediante la noción de "fonema".
Las condiciones de comparación de un texto con otro se podían
establecer mejor con la noción de sincronía. La dialectología,
que había nacido de la exploración neogramática
de las "leyes fonéticas", condujo a un reconocimiento
detallado de zonas históricas de diferencias dialectales
que, por ejemplo, para la historia de la literatura antigua española,
resultaron fundamentales, pero que también enriquecieron
a la lingüística diacrónica. Un recorrido por
las obras más destacadas de don Ramón Menéndez
Pidal, desde su estudio del Poema del Cid y los Orígenes
del español, hasta su artículo clásico de "Sevilla
frente a Madrid" (escrito, nada menos, que para el volumen
Estructuralismo e historia; miscelánea homenaje a André
Martinet[4]), nos ilustra quizá de manera ejemplar las relaciones
armónicas entre la lingüística y la filología,
tal como se presentaban a un filólogo creador, realmente
fundador de una escuela filológica y, a la vez, atento a
las enseñanzas que ofrecía la lingüística
de su época(5).
Pero a la postre, ese modo de cernirse la lingüística
sobre la lengua, dejando aparte cualquier otro valor que la "trascendiera"
-como pedía Saussure- paradójicamente se volvería
contra la filología. En efecto, en la crisis constitutiva
del estudio filológico entre las características intrínsecas
del texto y su valoración, era posible darse a la búsqueda
de valores textuales que pudieran explicarse a partir de su propia
complexión verbal y derivar hacia un cientificismo positivista
y formalista que terminara por volverse contra la hermenéutica
constitutiva de la filología (tampoco se ha de soslayar sino,
al contrario, merecería estudiarse con detenimiento, la influencia
del horizonte formalista que ya se daba, también desde finales
del siglo XIX, en la pintura -la "escuela
de París" y sus secuelas: impresionismo, puntillismo,
cubismo, fauvismo-, en la música -atonalidad, serialismo,
dodecafonía- y, ¿por qué no? en la lógica,
con las exploraciones formalistas de la época entreguerras
en Europa y Estados Unidos).(6) Surgirían así, en
Rusia, el formalismo de Roman Jakobson y el círculo
de poetas del que formó parte Mayakovski, y el New criticism
en Estados Unidos, que más tarde dieron lugar al estructuralismo
literario. La estilística (que deriva de la "lingüística
del habla") de Bally, de Karl Vossler y de Dámaso Alonso,
en cambio, era una versión propiamente filológica
de esa búsqueda.
IV
La misma idea romántica del Volskgeist y de la etnografía
alemana contribuyó de otro modo a la lingüística
del siglo XX: Franz Boas, un filólogo
austriaco emigrado a Estados Unidos, despertó el interés
estadounidense por sus pueblos aborígenes e inauguró
la lingüística descriptiva de las lenguas del norte
de América. A partir de él comenzó lo que podríamos
llamar la tendencia "antropológica" de la lingüística
angloamericana: la escuela de Edward Sapir en la Universidad de
Yale, que en México recibimos de Mauricio Swadesh y se sitúa
en el origen de la lingüística antropológica
mexicana, enseñada por muchos años en la Escuela Nacional
de Antropología e Historia. Sin embargo, la formación
de la mayor parte de los lingüistas estadounidenses que contribuyeron
al desarrollo deslumbrante de la lingüística en ese
país en los años 60, dependió de los servicios
de inteligencia militar durante la Segunda Guerra Mundial.(7) El
conocimiento del japonés, en particular, y más tarde
del vietnamita, de varios dialectos malayos, etcétera, obedecía
a las necesidades de proteger a los soldados estadounidenses y de
interpretar mensajes en esas lenguas. La traducción y el
desciframiento de mensajes fueron dos temas centrales de esa formación
lingüística. No fue por coincidencia que el Massachussets
Institute of Technology abriera un departamento de traducción
automática en su laboratorio de electrónica, en donde
años más tarde se produciría el núcleo
de la lingüística chomskyana. (Otra cosa es que tal
esfuerzo de traducción automática fracasara y que
Chomsky no quisiera relacionarse con él.) Buena parte de
los fondos que impulsaron la lingüística estadounidense
de los años 60 a los 80 fueron de origen militar, como lo
revelan los agradecimientos explícitos en muchas obras de
la época.
Pero los intereses militares estadounidenses no dieron lugar a las
técnicas de análisis que caracterizan a la lingüística
descriptiva. Fueron la enseñanza de Boas y la complicación
inherente a las lenguas que estudia en el continente americano lo
que produjo esas técnicas. Igualmente, el aire positivista
que la lingüística heredó del siglo XIX contribuyó
a un acercamiento a la lógica moderna, en cuyo lenguaje formal
se veía un modelo para el análisis lingüístico.
Leonard Bloomfield, un lingüista angloamericano que preside
el desarrollo de la lingüística descriptiva en los años
20, se formó también en Leipzig, uno de los centros
principales de la vieja y dura filología alemana, pero se
orientó después rápidamente hacia el neopositivismo
del Círculo de Viena, de cuya inacabada Enciclopedia de la
ciencia unificada fue un contribuyente. La lingüística
no se circunscribe a la descripción de las lenguas, como
la taxonomía no es toda la biología, ni toda la lingüística
tiene cuño estadounidense. Pero sin duda ha sido la necesidad
de técnicas y de instrumentos conceptuales de análisis
el principal motor de desarrollo de la lingüística contemporánea,
tanto en su vertiente norteamericana, como europea. Técnicas
propias de análisis y afán de formalismo son dos poderosas
corrientes que le dan cohesión a la lingüística
moderna. Por eso se puede caracterizar la lingüística
contemporánea como formalista, de inspiración logicista,
naturalista y cada vez más tecnificada.
Una lingüística así ya no es aprovechable por
la filología. Los conocimientos técnicos de la lingüística
se han vuelto cada día más abstrusos y, sobre todo,
cada vez se alejan más de las preguntas que sigue haciéndose
el filólogo, pues no son las características universales
de las lenguas, ni su alojamiento cerebral o su representación
algorítimica lo que pueda llegar a constituir un enigma particular
de un solo texto. Por el otro lado, para la mayor parte de los lingüistas,
los intereses de la filología resultan cada vez más
alejados de lo que ellos persiguen y los miran con completa extrañeza,
por no decir que hasta con desdén, pues en esta lingüística,
al contrario, la relación de la lengua con la cultura y el
valor estético del habla literaria han dejado de considerarse
cuestiones importantes.
V
La búsqueda de estructura en las lenguas no
solamente dio lugar a técnicas, sino que se convirtió
en un movimiento intelectual completo. Decía arriba que el
paso del interés por las características inherentes
al texto literario a su autonomización como fenómeno
autocontenido era lógico y sencillo. Nada mejor que una "verdadera
ciencia literaria", que buscara en el propio texto los valores
que lo fundan. El pensamiento saussureano, en sus conceptos básicos
de lengua y habla, de sincronía y diacronía, de significante
y significado, de paradigma y sintagma y de conmutación binaria
se organizó en una epistemología positivista triunfante
en la década de 1960, heredera particularmente del formalismo
ruso (de ahí el papel central de Roman Jakobson para la moderna
teoría literaria), que definió tanto la literatura,
con Mijail Bajtín, Roland Barthes, Tzvetan Todorov y el Grupo
Tel quel, como la antropología, con Claude Lévi-Strauss
y el psicoanálisis, con Jacques Lacan. El estructuralismo
impuso, por primera vez, una "teoría literaria"
al texto, que no surgiera de un enigma propio, de un detalle interesante
o de una reflexión general sobre el hecho literario, sino
de la pre-existencia, considerada real, de estructuras simbólicas
en las obras humanas, ya fuera la novela, el cuento y el poema,
el romance y el corrido, o la organización de los mitos de
pueblos amazónicos y el funcionamiento del inconsciente,
que llega, por eso, a "hablar por sí mismo" en
el psicoanálisis lacaniano.
Quizá haya sido el estructuralismo la tendencia intelectual
más disolvente de la filología, o por lo menos la
que abrió el camino a las siguientes. El estructuralismo
fue una epistemología completa, no sólo una teoría
ni mucho menos una técnica. El decurso histórico de
la obra literaria y el historicismo de muchos filólogos se
encontraron de pronto con la eternidad de las estructuras del relato
y del poema; con la identidad profunda del mito bororo y el teatro
barroco; con la imposibilidad de una valoración estética
que quedaba cancelada por la identidad natural del fenómeno
simbólico, fuera cual fuera su tradición, su lengua
o su cultura; y, finalmente, con la abolición de la experiencia
personal de la literatura, vuelta intrascendente por el poder de
la teoría. Frente al texto había que tener, ahora,
esa "teoría" previa, de Barthes, de Todorov, de
Kristeva, de Genette, de Algirdas Julien Greimas, que dijera cómo
desentrañar sus estructuras, qué papel sistemático
tienen sus personajes -desde entonces, sólo "actantes"-,
de qué modo se espera que se resuelvan los núcleos
trágicos del poema épico o cómo se comunican
unos textos con otros, en ese tejido eterno que son las estructuras
del sentido.(8)
El estructuralismo abrió además la puerta a la semiología
(o semiótica, como hoy parece preferirse nombrarla). Dada
la unidad del fenómeno simbólico, cualquiera de ellos
vale lo mismo para el análisis: una película de James
Bond o las modas del vestido, para Barthes; los carteles publicitarios,
la música industrial o los graffitti de las calles.
El valor literario, tan caro al filólogo, cedía su
lugar al estudio de fenómenos que no había que valorar,
sino sólo analizar. El estudio literario se convierte en
una disciplina de la semiología.
Que tal análisis muy pronto se hiciera con un libro de marxismo
en la mano, mientras más catequístico mejor, y que
después diera lugar a las corrientes contemporáneas
del desconstruccionismo, del post-colonialismo, de los "estudios
culturales", etcétera, es resultado de esa primera vuelta
de tuerca que trajo el estructuralismo a la filología.
VI
Son dos las condiciones para que la filología
subsista: un sentido de su papel en la formación de la cultura,
y una capacidad permanente para difundir sus conocimientos con pertinencia
para la sociedad en la que vive. La primera condición es
la que definía, en el siglo XIX, la
inclusión de las disciplinas filológicas entre las
ciencias morales. En la medida en que era un valor indiscutido la
lectura de los clásicos, por la enseñanza estética,
moral e histórica que deparaban, el estudio filológico
se justificaba. Para México, tomemos por casos las obras
de Alfonso Reyes o las contribuciones de Ángel María
Garibay al conocimiento de la literatura náhuatl (sin olvidar
sus traducciones de clásicos griegos y latinos). La segunda
condición se cumplía por el interés de la educación
y, en general de la sociedad, por leer obras literarias valiosas,
para las que se requerían explicaciones que ayudaran a comprender
su contexto histórico o la lengua en que estaban originariamente
escritas (o la complejidad de sus traducciones a otras lenguas).
La segunda mitad del siglo XX modificó
las condiciones de la filología: como decía antes,
apareció la "teoría" y el prurito de definir
positivamente las ciencias humanas, de acuerdo con el modelo de
las ciencias naturales. Pero además se desarrolló
la industria del entretenimiento que, en principio, podría
entenderse como una saludable extensión de la cultura a todas
las capas de la población; pero cuyos efectos intelectuales
y sociales todavía no acabamos de comprender en su verdadera
complejidad y sus más amplias consecuencias.
Han sido la sociología, la filosofía derivada de la
"teoría crítica" de Frankfurt (Theodor W.
Adorno y Jürgen Habermas) y la "teoría de la recepción",
del filólogo alemán Hans Robert Jauss (hoy renovada
por Hans Ulrich Gumbrecht), las que más han reflexionado
sobre la aparición de la industria del entretenimiento. Sin
duda que la literatura forma parte del entretenimiento, de "les
loisirs", el "tiempo libre" surgido con la sociedad
burguesa.(9) Desde finales del siglo XVIII la
obra literaria se insertó en una vida privada que se iba
deslindando de la vida pública y que permitía la aparición
de una subjetividad, primero expresa como emotividad y sentimentalidad.
Especialmente la novela, como Pamela o Clarissa de Samuel Richardson,
o Les liaisons dangereuses de Choderlos de Laclos, marca un nuevo
valor de la literatura y una nueva sensibilidad. La familia burguesa
se había vuelto "público" para una literatura
que por primera vez en la historia la dejaba encontrarse en ella.
Aparecieron los relatos de viajes, las novelas históricas,
los almanaques en que se editaban novelitas edificantes, etcétera.
(Esta época, vivida en el XIX en México,
comienza a dar interesantes motivos de investigación a los
filólogos mexicanos.) Hay "entretenimiento", por
lo tanto, desde hace poco más de dos siglos. Lo peculiar
de la segunda mitad del XX es la capacidad de hacer ediciones masivas,
ya sea de obras verbales (la actual industria del best seller),
ya sea de música (los discos y todas sus variantes), ya sea
de reproducciones de obras pictóricas. Pero esta mayor capacidad
de reproducción de obras en principio artísticas crea
una industria y esta industria no sólo comienza a exigir
mayor cantidad de obras que reproducir, sino que abre las posibilidades
de una literatura que no busca el arte, sino el puro entretenimiento,
como la novela policiaca, la novela rosa y, hoy en día, la
novela de terror, distanciada del género nacido entre los
Shelley a mediados del siglo XIX y orientada,
en Estados Unidos, al cultivo de la paranoia colectiva, que caracteriza
a su sociedad contemporánea. Dejó de interesar exclusivamente
la extensión al público de las obras "canónicas"
(un interés central, por ejemplo, de José Vasconcelos
y la editorial Cultura en el primer cuarto del siglo XX),
para publicar y vender entretenimiento. Para el filólogo,
orientado exclusivamente a la explicación de obras culturalmente
valoradas, se convirtió este fenómeno en un acontecimiento
ajeno, despreciable y mal sufrido.
VII
Pese a todo ello: al cientificismo que impone teorías
y al papel del entretenimiento en la sociedad burguesa (de la que
seguimos formando parte), se ha conservado la disciplina filológica,
aunque de manera más reducida y generalmente incomprendida.
Sus revistas son de baja circulación, si las comparamos con
las revistas literarias e intelectuales, como Vuelta, Letras
libres, Fractal o Nexos.(10) Sin embargo, dentro
de lo limitado de su público, sus publicaciones siguen demostrando
que es posible y valioso resolver enigmas que plantean los textos.
Quizá no tenemos mejor ejemplo reciente en México
que el del libro de Antonio Alatorre y Martha Lilia Tenorio, Serafina
y Sor Juana. Pero podríamos agregar muchos de los textos
que hoy están escribiendo acerca de la literatura mexicana
o de las literaturas latina y griega investigadores de la UNAM,
de El Colegio de México y de otros institutos de investigación,
o los estudios dedicados a la antigua lírica española
de Margit Frenk, publicados, entre otras revistas, en Anuario
de Letras y la Nueva Revista de Filología Hispánica.
VIII
Decía antes que el interés por darle
una definición positiva al conocimiento que produce la filología
dio lugar a la "ciencia literaria", que tiende a considerar
al texto como un fenómeno autocontenido, al que no le hace
falta historia, ni biografía, ni contexto cultural e incluso
ni siquiera comprensión de la lengua en su realidad histórica,
en su evolución y en su gramática, sino solamente
grandes "modelos teóricos" e instrumentos "formales"
de análisis. Autolegitimada como ciencia, parece que a la
"ciencia literaria" ya no le hace falta una legitimación
social basada en su contribución a la formación de
la cultura y la difusión de sus conocimientos; por el contrario,
para apuntalar sus aspiraciones científicas optó por
el aislamiento intelectual, por la publicación no erudita,
sino especializada, con una terminología abstrusa y con una
argumentación poco flexible y desligada de la inteligibilidad
social.
Esta situación se ha planteado de manera aguda en Estados
Unidos. Andrew Delbanco en su punzante artículo "The
Decline and Fall of Literature",(11) hace un relato pormenorizado
de la situación de los estudios literarios en las universidades
norteamericanas. Los efectos de las teorías desconstruccionistas,
postcolonialistas, homosexualistas, feministas, etcétera,
sobre los estudios literarios están siendo devastadores.
Los estudiantes se alejan de ellos y aquéllos caen en el
ridículo, la insensatez, la frivolidad y el falso cientificismo.
Es bien conocido el famoso fraude del físico neoyorkino Alan
D. Sokal, a quien la revista Social text, dedicada a los
"estudios culturales", publicó un texto irracional
y mentiroso sin darse cuenta de ello. Con el título "Transgressing
the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum
Gravity", compuso un artículo en que propone que la
realidad física es una convención social y verbal,
sobre la que interfieren las ideologías machistas y capitalistas.
Llena de guiños terminológicos y maneras calcadas
de los tópicos de moda en los "estudios culturales"
y el desconstruccionismo, logró que esa farsa se tomara en
serio. La justificación posterior del director de la revista
es todavía más penosa(12) que el hecho mismo. De un
modo ácido, pero devastador, Sokal logró demostrar
así la impostura de ciertos "estudios culturales"
norteamericanos. En sí, el texto de Sokal no es de literatura,
sino de física, pero al considerar la física como
texto -una tentación de la semiótica contemporánea
y del análisis del discurso- y seguir las pautas "de
análisis" de esa clase de estudios, los desenmascara
y pone en evidencia la incapacidad de los responsables de la revista
para darse cuenta de un texto mentiroso, así como el peligro
en que quedan los estudios de orientación semiológica,
de desdeñar el sentido y los conocimientos de las demás
ciencias en favor de las ideologías de moda. En México
no se ha producido un fraude de esa clase y seguramente no son muchos
los estudiosos de la literatura, la lingüística y la
semiótica que llegan a esos extremos. Sin embargo, un párrafo
como el siguiente, tomado de una revista real, da la voz de alarma
en la misma dirección: "esta investigación se
ha realizado de acuerdo con las perspectivas de la metaepistemología
que se caracteriza por unir la epistemología del sujeto cognoscente
con la del sujeto conocido..." Una "ciencia literaria",
una semiótica y un análisis del discurso que desdeñen
la inteligibilidad social, que no se pregunten cuál es su
pertinencia científica y cultural, que no pongan a prueba
sus conceptos y sus métodos de trabajo, y que ignoren los
límites de sus propias capacidades terminan por deslegitimarse
y por contaminar al resto de la familia filológica. Hay que
tomar en serio, también nosotros, el comentario de Delbanco:
"if the humanities are in danger of becoming a sideshow in
the university, it is we, the humanists who, more than demographic
changes or the general cultural shift toward science, are endangering
ourselves".
IX
No me he referido, hasta ahora, a la "crítica
literaria" como un objetivo diferente a los de la filología
y los estudios literarios. Y es que no ha sido la crítica
el objetivo primario de la filología, sino la aclaración
y la interpretación. Tampoco ha sido ese el objetivo de la
"ciencia literaria", que elude cuidadosamente el compromiso
estético y la valoración, precisamente a causa de
su aspiración a la ciencia. Pero en una sociedad tan compleja
como las actuales, en donde la industria del entretenimiento produce
semanalmente novedades de lectura, la crítica literaria se
impone como una necesidad de orientación, como un elemento
central de la formación cultural y estética del ciudadano.
En México, a diferencia de otras sociedades, en las que la
crítica literaria cumple con su importante función
social, no hay publicaciones periódicas dedicadas a la orientación
literaria de los lectores comparables, por ejemplo, con el Times
Litterary Supplement, el New York Review of Books, Die
Zeit, Le Nouvel Observateur o el suplemento literario
de El País español; apenas Sábado de
Unomásuno, o más recientemente Hoja por
hoja, se han propuesto una crítica literaria abarcadora
de las publicaciones recientes (los suplementos culturales de los
demás periódicos no alcanzan esas características[13])
y tratan de cubrir ese vacío (se dirá que una sociedad
cuyos miembros leen apenas un libro al año, según
las últimas estadísticas -y me temo que tal libro
sea de "superación personal"- no necesita publicaciones
de crítica literaria; pero quizá debiéramos
invertir la cuestión: una sociedad no lee, si no se le despierta
el interés por leer, y un buen camino es la orientación
eficaz y rápida que ofrece la crítica literaria).
X
No me referiré aquí a la crítica
literaria que es obra de escritores, sino a la que proviene de profesionales
de los estudios literarios, que es el principal objetivo de este
ensayo. En México, los filólogos y estudiosos de la
literatura que ejercen la crítica literaria en revistas y
periódicos tienen que hacerlo marginalmente, no como una
ocupación central y legítima de su profesión.
Es decir, a la crítica literaria como tal, dedicada al público,
no se le reconoce un valor social (ni universitario, ni científico,
obviamente). La actividad profesional en las "letras",
que sigue siendo el nombre tradicional de la enseñanza filológica,
literaria y lingüística en nuestras universidades, no
valora la crítica y no incluye la preparación necesaria
para hacerla. (Muchas veces escucho voces escandalizadas por la
cantidad de estudiantes de letras que abandonan los estudios universitarios
antes de terminarlos o que nunca presentan su tesis y su examen
de licenciatura. Si se siguiera la trayectoria de esos "desertores"
en las editoriales y los periódicos, se vería, por
un lado, cómo lo poco que aprendieron les ha servido para
ocupar esos puestos de trabajo, a pesar de no haber recibido la
formación pertinente; por el otro, cómo es ahí
en donde hay una necesidad social comprobada de los estudios literarios,
que las universidades no quieren reconocer.) Frente a esta falta
de interés universitario por la crítica, los periódicos,
en cambio, aprovechan a otra clase de profesionistas de la prensa
para sus páginas de crítica literaria: los periodistas
egresados de las carreras de "comunicación" en
las universidades, a quienes por la amplitud de su campo sólo
alcanza a dárseles panoramas informativos -en los mejores
casos- de historia literaria, pero no una formación seria
y comprometida con el valor de la crítica en la formación
de la cultura. Se ha venido así a producir un periodismo
de la literatura con todos los vicios del periodismo moderno: la
búsqueda de las ocho columnas, la nota espectacular, la persecución
del escritor premiado, el elogio del escritor comprometido con alguna
causa social, independientemente de su valor literario. Es el "exitismo"
el principal motor del periodismo literario. Como tal, no crea lectores
ni forma el juicio estético, sino que contribuye a destruir
la memoria y la perspectiva, que son dos elementos centrales de
la cultura.
Es decir: entre una filología erudita y unos estudios literarios
con pretensión científica, la crítica literaria
queda excluida o al menos marginada de la familia filológica.
XI
Volvamos ahora a la lingüística. Realmente
México es un paraíso de trabajo para cualquier lingüista.
Viven en su territorio pueblos de un centenar de lenguas tan diferentes
entre sí como el chino, el italiano, el bantú y el
húngaro (bastaría con citar el náhuatl, el
purépecha, el zapoteco o el maya para indicar sus diferencias,
pero para la mayor parte de la población resultan más
desconocidas éstas que aquéllas). No sólo eso,
que ya es suficiente para un lingüista que aprecia la variedad
de las lenguas y de los temas de conocimiento que ofrecen, sino
que además representan cuestiones dolorosas e importantes
de la vida nacional, en cuya solución el lingüista puede
colaborar.
Distinguiré tres orientaciones de los lingüistas: la
lingüística descriptiva, la lingüística
de la capacidad de hablar y la lingüística de las lenguas
de civilización contemporáneas. Hay dos motivos para
dedicarse a la lingüística descriptiva: históricamente,
en una sociedad que tiene una sola lengua predominante y ha pasado
dos siglos tratando de unirse en una sola nación, el primer
motivo es salvar la memoria de las lenguas amerindias, de manera
semejante a como se descubre y se restauran las zonas arqueológicas
o se estudia la epigrafía maya o zapoteca; es decir, hay
un motivo etnográfico y coleccionista a la antigua, "museístico",
se podría decir, que da lugar a documentos y catálogos
de esas lenguas. El español, una lengua tan estudiada desde
hace quinientos años, no es objeto de esa clase de estudios
descriptivos, pero de él hablaré más adelante.
El indigenismo, que es un componente central de la ideología
nacionalista mexicana, ha orientado a muchos lingüistas hacia
el compromiso con los pueblos indios. Para estos lingüistas,
la lingüística descriptiva es un instrumento básico
de trabajo, pues hay que conocer bien las lenguas antes de pasar
a elaborar gramáticas, diccionarios, libros de texto, etcétera,
que requiere su intervención en los procesos de educación,
de defensa concreta de los derechos humanos y de las luchas políticas
de los indios.
Pero la lingüística contemporánea no sólo
tiene un objetivo descriptivo. Precisamente en cuanto es una ciencia
hay intereses universales que guían muchas de sus investigaciones.
Centrada en la capacidad de hablar del ser humano, desde las características
neurobiológicas del cerebro hasta el desarrollo de la lengua
en los niños y los daños de la sordera y las lesiones
cerebrales, la lingüística debe operar como el resto
de las ciencias: con laboratorios, situaciones experimentales, grandes
bases de datos, hipótesis, procedimientos de verificación,
teorías, etcétera La legitimidad social de esta lingüística
está delimitada por su capacidad para ofrecer contribuciones
verdaderas al conocimiento universal de la capacidad humana de hablar.
Por último, hay una lingüística de las lenguas
de civilización contemporáneas. Es un hecho que, de
los varios miles de lenguas que se hablan en el mundo, hay un puñado
de ellas que guían la civilización contemporánea
y se van convirtiendo en dominantes para grandes núcleos
de población. El español es una de ellas. Los lingüistas
dedicados al español tienen, en su gran mayoría, una
procedencia filológica y no por casualidad: la dimensión
histórica y tradicional de la lengua española es un
elemento central de sus características actuales. Se puede
estudiar el proceso de adquisición del español entre
niños para quienes es lengua materna o para quienes es segunda
lengua; se puede estudiar el proceso de educación de la lengua
en la escuela elemental; se puede estudiar el papel del español
en los medios de comunicación, así como en los textos
científicos; se puede intervenir en la elaboración
de libros de texto, de gramáticas, de diccionarios, de programas
de computación, de ejercicios terapéuticos para aliviar
diferentes lesiones que afectan a la lengua o a su expresión,
etcétera. Pero también se siguen estudiando diferentes
momentos y características de la historia del español,
tanto en España como en América, y siguen apareciendo
contribuciones importantes, pues todavía quedan enigmas y
las concepciones lingüístico-filológicas actuales
renuevan o iluminan cuestiones anteriormente inadvertidas. En todos
estos casos, esta lingüística del español conserva
las justificaciones sociales de la filología: su capacidad
de contribuir a la formación de la cultura y de participar
en la civilización contemporánea; su capacidad de
actuar en la educación general.
La lingüística, sin embargo, ha caído desde hace
años en el mismo piélago en que cayó la "ciencia
literaria". Mal desgajada de sus pasados filológico
y antropológico, mal incorporada a los métodos de
las ciencias, pero impulsada por los intereses militares de los
años 60 a 80, que derramaron grandes cantidades de dinero
en las universidades estadounidenses,(14) se apresuró a considerar
"ciencia natural", adoptando sus estilos, pero sin aprender
bien los fundamentos que la legitiman: la necesidad de observar
fácticamente los fenómenos, sin imponerles un cartabón
previo de análisis; la necesidad de llevar a cabo largos
procesos de acumulación de datos reales, en vez de descartarlos
con la pura introspección individual; la necesidad de que
los instrumentos de análisis (que no son, desgraciadamente,
probetas, microscopios o sensores electrónicos, sino construcciones
conceptuales) tengan validez general y no dependan de una sola escuela;
el compromiso de que los resultados obtenidos se puedan verificar
prescindiendo de la corriente interpretativa a la que se adscriban
sus autores. Buena parte de la lingüística de la capacidad
de hablar, que es la más prestigiosa, se ha convertido en
un juego frívolo de especulaciones, malamente llamadas "modelos
teóricos", sin sustento fenoménico, sin conciencia
del desarrollo histórico de la lingüística, y
sin compromiso de inteligibilidad científica y social.
XII
¿Y qué pasa con la familia filológica
en nuestras universidades? La historia de la evolución de
la filología, los estudios literarios y la lingüística
forma parte de la rica complejidad del pensamiento en el siglo XX.
La naturaleza de los hechos que estudian debiera conservarlas en
el centro de la vida intelectual, junto a la filosofía. Pero
sucede lo contrario: sus especializaciones, el ansia de ser ciencias
y el olvido de su papel en la formación de la cultura las
aleja de la vida pública intelectual; se escabullen de la
búsqueda o de la construcción del sentido de la vida
presente; de la responsabilidad de la acción moral. Las facultades
de filosofía y letras, que fueron tanto tiempo la conciencia
de las universidades, ahora se interpretan como conglomerados de
ocupaciones light frente a las facultades de ciencias naturales
y de tecnologías.
Urge que construyamos un nuevo sentido social para nuestras disciplinas,
que asuma los cambios experimentados por las sociedades y defina
su papel en la formación de la cultura y en el conocimiento
científico del lenguaje. Es bien claro que la familia filológica
no puede seguirse concibiendo de la misma manera en que se la entendía
hace cincuenta años. Pero también lo es que una deriva
inconsciente, como la que ha vivido en ese lapso, la conduce a la
trivialidad y a la pérdida de legitimidad social. Ojalá
no tengamos que hacernos un día la misma pregunta que apareció
recientemente en los periódicos, invitando al público
a discutir: "¿Es prescindible la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociales?"(15)
Notas
1. No
quiere decir que un texto no literario, como una crónica
o un tratado toledano de astrología, no sean objetos posibles
de estudio filológico, pero lo son en cuanto que la filología,
a su vez, es ancilar para la historia.
2. En su "Respuesta a Antonio Alatorre", en ocasión
del discurso de ingreso de éste a El Colegio Nacional, Revista
de la Universidad de México, Nueva época, XXXVII,8,
diciembre de 1981, p. 14.
3. Véase Le structuralisme, de Jean Piaget (Presses
Universitaires de France, 1968), À quoi sert la notion de
structure, de Raymond Boudon (Gallimard, 1968), L'idéologie
structuraliste, de Henri Lefevbre (Anthropos, 1971) y la edición
de Roger Bastide, Sens et usage du terme structure (Mouton, 1972).
4. Publicado por la Universidad de la Laguna, en las Islas
Canarias, 1964.
5. Yakov Malkiel, uno de los filólogos más
destacados de los últimos años (muerto apenas hace
cuatro o cinco) todavía podía sostener, en la década
de los 60, que "it still remains true that a radical, unhealable
break between the two approaches [philology and linguistics] cannot
be seriously advocated in a subfield as clearly predestined to yield
a perfect testing ground for experiments in diachronic research
as is the Romance domain" en "Distinctive traits of Romance
linguistics", publicado por Dell H. Hymes, Language in Culture
and Society: a Reader in Linguistics and Anthropology, Harper &
Row, Nueva York, 1964.
6. En este punto sigue siendo una obra fundamental de reflexión
el ensayo de Ortega y Gasset sobre La deshumanización del
arte.
7. No Noam Chomsky, en cuya historia intelectual juegan un
papel destacado el ser hijo de un rabino, el interesarse por el
sionismo socialista y el haber buscado una formación matemática
antes de dedicarse a la lingüística; tampoco del todo
la corriente del Instituto Lingüístico de Verano (William
Cameron Townsend y Kenneth Pike), nacida del compromiso evangelizador
de varias iglesias protestantes estadounidenses, inspiradas en el
mandato de Cristo y en el pasaje bíblico de Pentecostés
(aunque ha habido denuncias, fundadas, de que varios de estos lingüistas
han trabajado también para diferentes servicios de espionaje
estadounidenses; véase "El Instituto Lingüístico
de Verano, instrumento del imperialismo", documento de la Agence
Latino-Américaine d'Information, Québec, publicado
por Nueva Antropología, 9(1978), 117-142).
8. Véase la crítica que hacía Antonio
Alatorre a ese predominio de la "teoría" sobre
la experiencia literaria en su discurso de ingreso a El Colegio
Nacional, "Crítica literaria tradicional y crítica
neo-académica", publicado en la Revista de la Universidad
de México, citada antes, pp. 6-13 y en las Memorias de El
Colegio Nacional.
9. A este respecto, véase Jürgen Habermas, Historia
y crítica de la opinión pública. La transformación
estructural de la vida pública, Gustavo Gili, Barcelona,
1981 (es traducción de Strukturwandel der Öffentlichkeit.
Untersuchungen zu einer Kategorie der bürgerlichen Gesellscheft,
1962).
10. Aunque la Nueva Revista de Filología Hispánica
distribuye 800 ejemplares de cada tomo semestral.
11. Publicado en The New York Review of Books, 4 de noviembre
de 1999.
12. El artículo fue publicado en Social Text 46/47
(spring/summer 1996), pp. 217-252. Se puede consultar tanto el texto,
como la respuesta y otras informaciones con cualquier navegador
de internet, buscando "Sokal hoax".
13. Pero además, la poca crítica literaria
que se ejerce en revistas y periódicos adolece muchas veces
de un carácter laudatorio, comprometido no con un público
general, sino con los grupos de los que forman parte los autores,
con sus amistades y sus enemistades.
14. Me atrevo a relatar un anécdota personal: en 1976
pasé el verano en el curso de lingüística matemática
y computacional del Centro Nazionale Universitario di Calcolo Elettronico,
de Pisa, Italia, que auspiciaba la IBM. Allí conocí
a seis israelíes que no compartían el trasfondo humanístico
de varios de los asistentes. Al preguntarles de dónde llegaban,
se limitaron a contestarme: del ministerio de la defensa de Israel.
15. Aviso en La Jornada, 25 de enero de 2001, para invitar
a los egresados de esa facultad de la UNAM a discutir la crisis
por la que atraviesa.
Luis
Fernando Lara, "La
familia filológica hoy", Fractal
n° 21, abril-junio,
2001, año 6, volumen VI, pp. 43-64.
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