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En ello la historia de México durante el siglo XX se asemeja, asombrosamente, a la de Francia en el siglo XIX: en ambas insularidad y excentricidad se confunden en una sola figura. Francia quiso llevar la revolución a toda Europa y se quedó sola; México encontró en la soledad una estrategia de sobrevivencia.
Desde la crisis de 1982, las élites que han conducido al Estado dieron la espalda a este frágil (aunque probado) principio de identidad. En una carrera guiada en parte por el frenesí y en parte por el delirio, el país fue (textualmente) cautivado por el espejismo de hacerse un lugar, en tan sólo unos cuantos años, entre el puñado de naciones centrales que dominan a la economía y a la cultura del mundo contemporáneo. Se perdieron las proporciones y se olvidaron las realidades. El impiadoso experimento concluyó en un penoso y estrepitoso espectáculo. Secuestrado por su propia omnipotencia, el Estado fue llevado a sacrificar los finos hilos que hicieron posible un régimen de estabilidad política y movilidad social relativa (muy relativa) a cambio de un fata morgana que se evaporó en un abrir y cerrar de sexenios. El sistema político, que data de 1946, se halla en el dilema que debe enfrentar toda criatura que ha prolongado su vida más allá de los límites de la biología y la cordura: el anquilosamiento Varios autores han comparado la crisis que se inició en 1994 con la de 1934. Se trata de una comparación aventurada, pero no necesariamente imposible. Si las semejanzas entre ambas fechas son notables, las diferencias lo son más aún. Hay una que recuerda al corolario que Heinrich Heine agregó a la advertencia de Hegel sobre los peligros de la reiteración. La historia es un teatro de la ironía: cuando se repite, lo hace una vez como tragedia y otra como una pobre comedia. ¿Carlos Salinas por la versión diminuta de Plutarco Elías Calles? ¿Ernesto Zedillo por la versión multiplicada de Pascual Ortiz Rubio o de Abelardo Rodríguez? La comedia: Calles abandonó definitivamente el poder como el jefe caído (pero épico) del Termidor de la Revolución Mexicana; Carlos Salinas lo hizo, primero, implorando empleo en los Estados Unidos, y después, implorando asilo en La Habana.
La otra
diferencia es de proporciones más severas y menos numerables.
Los hombres de los treinta tuvieron que enfrentar los estragos causados
por un derrumbe 1929 que fue no sólo de orden
económico, sino político y moral. Para ello recurrieron
a la actualización del espíritu de 1917 y a un movimiento
político y social que reordenó el futuro del Estado
y de la nación. (Una de las lecciones de Maquiavelo ilustra
estos alcances: "política es llenar las almas de futuro").
Pero sobre todo: supieron mirar hacia afuera. Vista desde la perspectiva
de nuestros días, la década previa a la
II Guerra Mundial se asemeja a un complejo laboratorio de
ensayos y experimentos que se propusieron substituir la escasez
de opciones económicas por la abundancia de quimeras ideológicas.
1929 fue una crisis en el sentido estricto que José Vasconcelos
dio un año después al término: "produjo
muertes irreparables y prodigó sueños imposibles".
Las acciones y reacciones que le siguieron continúan asombrándonos
(y aterrándonos) por la dimensión de su irracionalidad.
La lección de aquellos años cifró la gran enseñanza
de la era moderna: las sociedades contemporáneas pueden,
súbitamente, volverse inmisericordes cuando deciden renunciar
a la búsqueda del bienestar en aras de entregarse a utopías
políticas temerarias. El fascismo y el stalinismo demostraron
las proporciones de esta posibilidad. Después siguieron otras
experiencias igual de estremecedoras. Como toda "crisis civilizatoria",
la de los treinta convocó proyectos nacionales inéditos.
Sería injusto olvidar los que aventuraron (prescindiendo
de las diferencias que los separan) Austria, Inglaterra y Suecia:
los balbuceos del Estado de bienestar. Es decir: el testimonio consignable
de que el mercado, la democracia y la política social no
son necesariamente principios contradictorios. Del afán de
coinciliar estas antípodas se nutriría, en gran parte,
el imaginario político de la posguerra.
El cardenismo
fue, en cierta manera, la obra de una singular recepción
de estos hechos. En el New Deal encontró las nociones
de la política y la economía del bienestar, pero se
cuidó de traducirlas a un lenguaje nacional y nacionalista.
De la experiencia soviética extrajo la utopía del
Estado planificador y la realidad del Estado propietario, pero nunca
cayó en la tentación totalitaria. En rigor, la filosofía
y la práctica corporativa con la que sedujo al andamiaje
político del Estado y de la sociedad, se originó en
las filas de su adversario más riguroso: la Iglesia. La historia
y sus ironías. Los caudillos y los atrabiliarios políticos
de las dos décadas que siguieron a la lucha armada fueron,
en principio, más cosmopolitas y más universales que
los universitarios y los técnicos de hoy: supieron escuchar
y, sobre todo, interpretar.
En un mundo
obsesionado por las ortodoxias, el cardenismo no se acogió
a ninguna de ellas. Entre los espejismos de la utopía y las
frustraciones de la "paz civil", optó por el mal
menor: la estabilidad. Edificó el presidencialismo autoritario,
pero desterró al caudillismo y a la posibilidad de la dictadura
militar. Promovió el nacionalismo económico, aunque
acabó admitiendo el irremediable ascenso de la hegemonía
norteamericana. Estatizó la propiedad sobre una parte de
la tierra y fomentó la acumulación privada de su riqueza.
Cultivó la tradición y quiso conjugarla con las nociones
de "lo moderno" que imperaron en su época. Los
años treinta siguen siendo el gran misterio del siglo XX
mexicano: una solución singular, popular y nacional a dilemas
de orden universal, tan enigmática como la estabilidad del
régimen que sobrevive por obra de aquellos remotos consensos.
II
Los años
noventa serán recordados acaso no como un drama sino como
un trauma: ninguna dirección parece tener sentido, no hay
hacia donde mirar. La imagen se debe al cuadro que Werner Rummerfeldt
entregó el año pasado para abrir la exposición
sobre los "Sentimientos de fin siglo" que reunió
la ciudad de Coppenhagen: un náufrago navega sin rumbo en
una mar de ruinas flotantes. Los peligros del milenarismo se han
disipado; la amenaza proviene ahora del vacío de las ideologías.
Los líderes carismáticos se han vuelto piezas raras
de museo, pero su sitio no fue ocupado por los arquetipos actuales
de la política democrática (Sudáfrica es la
rara excepción a esta regla), sino por una figura mediocre
y peligrosa: el político desechable. Las utopías han
cobrado ese halo de decepción que consume a toda criatura
que conjuga la inutilidad con la inocencia. En su lugar sólo
se escuchan las frágiles voces de la ética del sobreviviente.
El legado
de la Guerra Fría no fue la paz, sino otra guerra más
cruel, irracional y desoladora que la que enfrentó a los
bloques ideológicos durante cuatro décadas: la guerra
de las tribus. Yugoslavia, Chechenia, Ruanda, Somalía, Turquía,
Irak ... se consumen en masacres que han perdido toda traza de racionalidad
política. En un ensayo reciente sobre la herencia de la Guerra
Fría, el meticuloso berlinés Hans Magnus Enzesberger
contó mas de noventa conflictos de esta naturaleza en todo
el mundo. Klausewitz es obra del pasado. La guerra dejó de
ser una continuación de la política y se ha transformado
en un instrumento del odio. La piel y el credo han vuelto a representar
a los enemigos por excelencia. Sus sujetos son antiguos y modernos:
el clán, la etnia, la micro-nación y la horda religiosa.
Las cruzadas más ancestrales del fanatismo recuerdan sus
cometidos: el exterminio y la diáspora.
La súbita
caída del socialismo de Estado trajo consigo no a una nueva
sociedad democrática, sino a una realidad que, en rigor,
parecía impensable hace tan sólo cinco años:
el neofeudalismo. Países periféricos, que no encuentran
la manera de alimentar a sus poblaciones, ya no se debaten en estrategias
de desarrollo, sino en campañas de aniquilamiento contra
sus minorías étnicas. Las urbes de Occidente se han
vuelto, una vez más, sórdidas selvas de encono racial
y social. Quién busque semejanzas entre los treinta y los
noventa hallará en esta vorágine a la más lamentable
de todas ellas. Los judíos de hoy se llaman chicanos, kurdos,
tzotziles, beduinos, chechenos, bosnios ....
La economía
también ha devenido una dimensión incógnita.
Las potencias económicas y culturales del mundo contemporáneo
Alemania, Japón, Estados Unidos y ¿China?
comparten sólo un rasgo en común: la singularidad.
Sus regímenes no son modelos, sino excepciones. Hoy sabemos
que las economías centrales son el resultado de complejos
e irrepetibles agregados de factores subjetivos, institucionales
e ideológicos. La particularidad es lo decisivo. La cultura
ciudadana se reconoce hoy como un "factor económico"
tan determinante como lo pueden ser una rigurosa burocracia de carrera,
los rituales del shinto o la conciencia ecológica. La economía
esa realidad que se creía (y quería) abstracta
y fundada en cifras y en modelos se ha demostrado como un
territorio esencialmente cultural y político. Más
un arte que una ciencia, acaso su única "ley" admisible
es la que formuló Peter Lafontaine, líder de la socialdemocracia
alemana, en la misma reunión de Suiza en que Carlos Salinas
de Gortari todavía se ufanaba de la lealtad mexicana a los
dogmas del mercado libre: "El éxito sólo acompaña
a las naciones que transgreden los estrechos muros de los modelos
económicos, y colocan al capital humano y al capital social
en el centro de sus inversiones".
La decadencia
del sistema político mexicano forma parte de un ocaso más
general: los aciagos noventa, el fin de la experiencia del siglo
XX. Para hacerle frente México carece
de algo que hoy no abunda en el mundo: imaginación política.
El crepúsculo del gran relato de la Revolución Mexicana
sólo ha traído consigo, hasta ahora, vagas reediciones
de fantasmas del pasado: el (neo) liberalismo, el (neo) cardenismo
y el (neo) zapatismo. ¿Cuál seguirá? La historia
nos abruma. Las fechas que datan al origen y la decadencia del régimen
que dominó al país durante más de sesenta años
reiteran, a su manera, una pequeña y necia universalidad:
nacimos y crecimos a la sombra de la experiencia del siglo XX;
ahora somos una de sus zonas de desastre. La lectura de los espejismos
de la modernidad fue equívoca y deforme, al igual que lo
fueron las élites que se extraviaron en las cuentas alegres
de una modernización que, como las Reformas Borbónicas
o el Porfiriato, quiso ser esencialmente importada. Regresar a los
paradigmas del viejo Estado populista es algo más que imposible.
¿Qué queda? ¿Volver acaso a esa antigua y misteriosa
vocación a la que el país recurre cíclicamente
en sus momentos más aciagos: la voluntad de ser singulares?
Hace más de setenta años, Wilfredo Pareto definió
a una tarea similar como el aggiornamento ("la puesta al día")
de la identidad nacional. Es decir: la reinvención de los
tejidos que vinculan al Estado con la sociedad.
La crisis
actual de México obedece ciertamente a un fenómeno
que (todavía) no somos capaces de descifrar. El Estado-nación
se ha vuelto una envoltura desbordada por tensiones y contradicciones
que ponen en entredicho a los principios básicos de su centralidad
política e histórica. Niklaus Luhman ha sugerido evocando
una de las metáforas más incómodas de la Ilustración
que se trata de una "evolución" de "orden
universal": Perú y Filipinas la comparten por igual,
aunque nadie quisiera verse en el papel de Rusia o Yugoslavia. Yo
prefiero una noción que proviene de la biología contemporánea
y que se emplea para describir la historia de las especies que parecen
no tener historia: la mutación. La pérdida de centralidad
del Estado no se hallaba, hasta hace una década, en el catálogo
de los advenimientos probables de la era moderna. Los regímenes
de Europa del Este que se reclamaban inopinadamente socialistas
fueron los primeros en sucumbir frente a esta revolución
política. Su súbita desaparición evidencia
las magnitudes del corolario más inesperado del siglo XX:
la anacronía del Estado para continuar funcionando, a la
manera en que lo hizo desde el siglo XIX,
como el "cemento de la sociedad". Después siguieron,
indistintamente, el Estado social erigido por la socialdemocracia
y los Estados corporativos de América Latina. Su crisis es
menos estrepitosa aunque no por ello menos dramática.
A primera
vista se trata de un movimiento que escapa a los dictados de la
geografía. La distancia que separa a España y Alemania,
por ejemplo, no impidió que ambas encontraran en esta conmoción
la oportunidad para reafirmarse como naciones singulares y emprender
caminos inexplorados. Nada les asegura el éxito. Estados
Unidos parece moverse en círculos: cuenta con la fuerza y
los recursos para adecuarse a esta nueva realidad, pero no quiere
¿o no puede? emprender un ajuste de cuentas con
su pasado. México, en cambio, lo vive como una zozobra. Acostumbrado
a depositar en el Estado los pretextos de su pasado y los reclamos
de su futuro, el país se debate, como los amantes necios,
ante la angustia de una ausencia cada vez más irreparable.
El invicto Leviathan creado por la Revolución Mexicana se
ha convertido en una estructura torpe y mutilada que navega peligrosamente
sin rumbo. Los hechos que consignan esta fragilidad tienen ese dejo
sísmico que ha hecho de la historia nacional una realidad
invariablemente impredecible: estallan súbitamente; estremecen
la antigua arquitectura sin plan alguno; disuelven al pasado en
polvo. La huella del sismo es el polvo. El sismo es un evento sin
futuro.
III
El primero
de enero de 1994 no fue una fecha contradictoria. La aritmética
que conjugó a la rebelión de los indígenas
de Chiapas hoy sabemos que lo habían intentado sin
éxito dos veces en los meses previos con la firma del
Tratado de Libre Comercio habla de una historia que (a-penas) se
halla en ciernes. El Estado nacional se encuentra asediado por dos pulsiones centrífugas que no sólo han despojado al sistema político de su capacidad -esencialmente autoritaria- para cohesionar y disciplinar a la sociedad, sino que cuestionan la centralidad del 'espíritu del Estado' que ha distinguido, indistintamente, a la cultura política y al ensamblaje económico del país desde los años veinte. De un lado la globalización: del otro, la fragmentación política etnia, regional y cultural. La cara y la cruz de las fuerzas que impugnan a un orden que está envejeciendo a ojos vista. La globalización ha sido un sinónimo de disímbolos significados. Una parábola del siglo XVIII sirve para ilustrarlos. El Estado-nación fue el resultado de la destrucción/homologación de los reinos, feudos y comunidades que distinguieron a la geografía de la era medieval. El siglo XIX observó su consagración y su transformación en el epicentro de la vida pública y del imaginario político de las sociedades modernas. ¿Quién podía imaginar que también esta historia llegaría a su fin? Las evidencias que sugieren que todavía nos espera el espectáculo contrario son cada día más patentes. En cierta manera, vivimos un proceso similar a la disolución de las unidades medievales, sólo que los feudos y los reinos actuales son las naciones.
Los poderes principales que dictan el destino de la economía mundial quiseran ver en los Estados nacionales a cuerpos de administraciones provinciales y no, como había sucedido hasta ahora, a instituciones empeñadas en reproducir y perpetuar sus dominios y jurisdicciones. Para ello han mutilado su economía, desmembrado sus instituciones, deslegitimado sus funciones y desacreditado el papel de sus funcionarios. La obra de destrucción ha sido económica, política y, sobre todo, cultural. Nada más alejado de este fenómeno que cualquier símil con un proceso guiado por algún braintrust, un poder localizado o una mega institución-internacional. (Las condenas al FMI se asemejan a las que se hacían en contra de la burguesía hace tan sólo una década. El dilema propagandístico e que las siglas no tienen rostro) La pérdida de centralidad del Estado responde a la emergencia, eminentemente anárquica, de nuevas presencias y nuevos poderes. Su elucidación es una tarea impostergable que corresponde a la sociología y la teórica crítica. Enumerarlos con detalle exigiría varios volúmenes cargados de acero artesanal y capacidad de asombro. A cambio, una "taxonomía" simple aunque realista los clasificaría en dos polos visiblemente contrapuestos , De un lado, el mundo de las corporaciones transnacionales y las finanzas, los medios masivos de comunicación y el enjambre de la tecnocracia que crece día a día; del otro, la nueva "sociedad civil" que reúne a miles de pequeñas y grandes organizaciones no gubernamentales y que disputa al Estado el territorio de la política pública -o incluso, como en México, amplios espacios de legitimidad electoral. Ambos "frentes" representan intereses y proyectos definitivamente encontrados, pero no debemos olvidar que se mueven en sentido paralelo y, en cierta manera, afín: la des-estatización de la sociedad.
Las antípodas son realmente notables. Los capitales transnacionales obligan al Estado a vender y venderles sus empresas; Alianza Cívica logró expropiar al gobierno la jurisdicción sobre la vigilancia de las elecciones. El efecto de ambas acciones coincide en un punto: la des-estatización de la esfera pública. Al mismo tiempo, nadie como Alianza Cívica y las ONGs (en general) han denunciado ( y en cierta medida combatido) al capital transnacional por la arbitrariedad y la miopía con la que se ha movido en México. Lucha y unidad de nuevos contrarios. La rapidez y la extensión con la que se han multiplicado estos nuevos sujetos políticos es deslumbrante: han cegado incluso a sus propios opositores. Una década fue suficiente para desfigurar al Leviathán que los modernos construyeron a lo largo de dos siglos. Pero hay algo más asombroso aún: el misterio de su protagonista central. Es imposible no reconocer que el epicentro ostensible de este proceso se halla en la misma burocracia del Estado, el corazón y las arterias del laberinto estatal. Ella lo ha dotado de la "universalidad" que destaca Luhman y de la contundencia que sólo puede lograr un cuerpo de Estado. ¿Contradicción o paradoja?.
El Estado-nación fue el resultado de la transformación de las monarquías absolutistas en poderes visiblemente menores o, en los casos más radicales, de la desaparición misma del régimen monárquico, como sucedió en Francia a partir de 1789 y en el continente americano después de la guerra de independencia. La destrucción del antiguo régimen convocó y conjugó la participación de grupos y clases sociales que reclamaban opciones notarialmente disímbolas. En Francia, el Tercer Estado se alió con la burocracia pública y con el Paris profundo para derrocar a la monarquía, que era apoyada por una parte sustancial de la servidumbre y la burguesía de las ciudades menores. En la Gran Bretaña sucedió exactamente lo contrario. Los yoemen, una suerte de farmers premodernos, se aliaron con la servidumbre y los pequeños comerciantes rurales par combatir a la nobleza y a la Great Society de las finanzas y la industria que tenía sede en las ciudades. El movimiento antimonárquico francés fue más poderoso y arrollador que el inglés. La Revolución Francesa concluyó en una república, la Inglesa, en una monarquía constitucional. El camino que halló la guerra de independencia en México para fundar una república no parece tener simil alguno, según la opinión de sus hostoriadores más versados. El reino (escencialmente criollo y mestizo) sumó fuerzas con un sector de la Iglesia y de los pueblos indígenas para luchar contra los hacendados rurales, comerciantes y mineros (peninsulares) sostenidos por otro sector de la Iglesia y por la corona. La burocracía pública se dividio según los cargos que pertenecían a uno y otro grupo. Cabe pensar que se trata de un movimiento que se derimió con la lógica inversa a los que fundaron el Estado moderno en la mayor parte de Europs. Aquí comenzó como una empresa nacional y terminó en una lucha entre clases, castas y grupos sociales y étnicos. Allí se inició como un conflicto entre el reino, la corte y la corona y concluyó en las guerras que definieron la fabricación de las naciones a lo largo del siglo XIX .
Las fuerzas que hoy pugnan por el deplazamiento del Estado-nación (leáse: el actual "antiguo regimen") son acaso tan complejas, variadas y disímbolas como las que propiciaron su nacimiento. Basta con asomarse a dos casos virtualmente opuestos para percatarse de ello: España y Mèxico. La transición española trajo consigo a un grupo de políticos socialistas que supieron guiarla a lo largo de tres complejos caminos: el Estado mosaico, un régimen político que se acerca al que Ferenc Féher defiió como "democracia societal" y la economía social del mercado. El milagro español (sin comillas) fue. sobre todo, una fábrica de la invención política. La globalización de España -el ingreso a la Comunidad Europea- supuso severas condiciones para las instituciones y la economía nacional; "achicamiento" sustancial del Estado, apertura de un mercado casi autárqucio, reformas radicales al antiguo corporativismo reorganización del sistema jurídico y despación de los privilegios econó,micos, politicos e institucionales de las élites franquistas. Fernando Claudiín advirtió a Felipe González de los peligros de esta transformación con una frase putualmente generalizable: "En una historia como la española, reducir los espacios del Estado súbitamente equivale a destapar una olla express en plena ebullición: la sociedad estallará en mil àtomos". La profundidad de esta apreciación no impidió que el PSOE, encontrara la manera solamente de impedirlo, sino de fundar una institucionalidad inédita. Para ello emprendió la tranformación del Estado-nación centralista del franquismo en una estructura que cada día se asemeja más y más a un Estado mosaico: un régimen que auspició y promovió las autonomías regionales y culturales sin desmantelar las redes del poder nacional. Dos ejemplos que ilustran la complejidad y lo inflamable de ésta tarea son (para su manifiesto infortunio) célebres: la antigua Unión Soviética y Yugoslavia que fallecieron en el intento. La experiencia española presenta más interrogantes e incógnitas que respuestas. Los paradigmas que cifró son, sin embargo, insospechados y cruciales para el imaginario político de los días que corren.
A diferencia de la Unión Soviética, México todavía no ha sucumbido ante estos dilemas, pero está a punto de lograrlo. El régimen salinista -y ahora el zedillismo- son los testimonios de la inviabilidad del sistema político para hacer frente al reto de la pérdida de centralidad del Estado. La élite tecnocráta emprendió la "globalización" del país no como un proyecto del Estado y la nación, sino como un plan para perpetuar a un grupo político en el poder. La omnipotencia del Estado fue empleada para debilitarlo sin ofrecer opciones de organización política, social y regional que impidieran el estallido d la "olla express". Una rigurosa continuación del antiguo régimen, sin los soportes ideológicos y, sobre todos, económicos que lo sostenían. El año de 1994 trajo consigo los saldos definitivos de esta incongruencia. Entan solo doce meses, el régimen sacrificó los principales puntales que le habían permitido gozar de estabilidad durante más de medio siglo. La reelión de Chiapas, gracias a su eficacia en los mdios de comunicación, hundio al espejismo de la estabilidad social. El asesinato de Luis Donaldo Colosio hizo lo mismo en la estabilidad política. La devaluación del 20 de diciembre llavó al país a una crisis económica más grave aún que la de los años treinta. La ilusión de la estabilidad económica se ha pospuesto indefinidamente. Los tres "ases" que hicieron posible el imperio del PRI ya fueron 'quemados". El régimen no cuenta con la legitimidad ni con la voluntad para acometer una tarea como la que emprendió España en 1982. Las dos formaciones básicas de oposición, el PAN y el PRD, viven un dilema de la lentitud de transición. La habilidad del régimen para impedir el cambio los ha obligado a adecuarse paulatinamente a las viejas prácticas. Ganan votos, pero pierden perspectivas como agentes efectivos de transformación.
La sociedad mexiacana ya se ha convertido en una reaidad mosaico, mientras que el Estado mantiene la mayoría de las características y, sobre todo, la mentalidad de los mega-Estados que se orifinaron en la crisis de 1929. Y màs dramático aún: la sociedad política, que contó con el gran relato de la Revolución, no ha logrado producir uno nuevo. Sin gran relato en la política, los peligros que acechan al tejido que une a la vida pública con el orden cotidiano son innumerables.
ilansemo@hotmail.com
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