| Dirigir la atención de la mirada hacia la realidad más cercana, más familiar, para alejarse poco a poco de ella a fin de impregnarse con la proximidad de las cosas, de probar sus límites, de discernir su fuerza de inmanencia, de tal modo que la palabra pronunciada revela cuando nombra y afirma dicha realidad, le otorga al habla un lugar al que se remite y a partir del cual puede irradiar.1 Esta palabra también puede revelar, en ausencia misma de ese lugar y con el simple ejercicio de la memoria, lo que activa la función representativa del lenguaje. Puede hacer que se oiga de nuevo con el solo escuchar las palabras que servirán para pronunciarlo. Pero desde el momento en que el lugar ha sido proferido, lo dicho se abre en seguida a esa extrañeza del mundo que se relaciona más con su presencia, tal como se muestra y se da, que con lo que disimularía en una profundidad indecible: una realidad que el poema se encarnizaría en perseguir con la esperanza de encontrar en ella, tras las apariencias sensibles, un fundamento de lo que en el mejor de los casos consiste en huellas de una realidad superior, más allá de los límites de los datos sensibles, unificando y animando el conjunto.
Sin embargo, conviene señalar que esta voluntad de mantenerse más acá de las certidumbres y los absolutos no agota de ningún modo el sentido de lo real; por el contrario, permite la emergencia de un sentido que proviene de lo real. Lo que la palabra poética forma es un conjunto de significaciones, no para restarle complejidad a lo real, sino para encontrar una vía que permita concebirlo, una manera de ir hacia y a la vez dejar acudir a uno toda la realidad de un mundo con fronteras indefinibles que dispone de toda su ambigüedad en la misma medida en que se mantiene y nos mantiene al margen de cualquier certidumbre confortable. Así, en sus creaciones más firmes, la palabra poética es lo contrario de una palabra de circunstancia que exhortaría a la vida a través de una retórica de la realización. En este sentido, renuncia a los efectos líricos fijados para siempre en los motivos recurrentes y las confusiones analógicas, los cuales rara vez logran emanciparse de las evidencias más inmediatas y sólo se hunden en las facilidades del género. Si el lenguaje poético a veces logra disipar los signos que se entrometen o que pueden velar la visión de lo existente es porque espera y ofrece la posibilidad más sensible de un lenguaje muy novedoso, a la medida de lo que busca aprehender.
El acto de la palabra, en poesía, sin duda tiene que ver con la paciencia y el ardor para detener la mirada en el lugar donde nos colocamos, para mantenerla en la presencia que presupone reciprocidad y fluidez del sujeto y del mundo, en un mundo que persiste ante nosotros y se resiste como para producir su prueba de verdad.
El
distanciamiento es en definitiva la llegada al interior de las cosas
que en última instancia conduce a una mezcla turbadora entre
el yo y lo que se encuentra delante de él. Es una presencia
recíproca, en el sentido en que el lenguaje poético
y la experiencia que lo funda se despliegan siempre en el horizonte
de las realidades sensibles que animan y que las animan. Cobra forma
un lugar, el de la experiencia de una estancia, pero se mantiene
por obra de esta presencia, por ese ya-ahí, anterior a cualquier
enunciado que está en la base de la sorpresa, al tiempo que
es el espacio donde se proyecta la subjetividad. El interés
de Paul Auster por la obra poética de Georges Oppen es sólo
un indicio, pero cuán revelador, de la importancia que atribuye
en sus poemas,2 como en su prosa por lo demás,
al lugar, al ver y al escuchar. El mundo natural, su presencia viva,
la que se muestra en la extensión y en la multiplicidad de
las formas de su despliegue, se impone tanto ante el segundo como
ante el primero, si bien ambos ampliaban y profundizaban paulatinamente
su campo de visión a medida que sus respectivas obras se
encarnaban y se precisaban. Auster se mostrará particularmente
sensible al procedimiento de Oppen3 ante su
manera muy singular de acercarse al mundo y de adherirse a la presencia.
Sin duda reconoce de algún modo en este último una
actitud que no le es ajena: "Oppen tiene la capacidad de mirar
con todo su corazón y sin dejarse distraer."4
Esta simple presencia del mundo y de todo lo que lo conforma constituyen
para este poeta el reconocimiento de un "puro en-sí
de las cosas", que persigue el encarnizamiento de la mirada
no para sí misma, sino para despejar las bases de un lenguaje
nuevo y así aprehender esta presencia en su desnudez más
radical.
Lo
que él descubre entonces no es tanto un lenguaje común
y menos aún una respuesta a esta pregunta sino, como lo vio
muy bien Auster, "una voz que se dirige a otra desde el fondo
de un abismo de soledad extrema".5 Por
ello nos equivocaríamos por completo si quisiéramos
interpretar esta desnudez en Oppen como una mirada empleada sólo
para expresar burdamente los fenómenos que abarcan el campo
visual, como si se tratara de un testigo fotográfico desprovisto
de cualquier disposición propia del lenguaje y del pensamiento
en sus vibraciones más sensibles. Esto, en definitiva, tendría
muy poco que ver con la "voluntad de mirar de verdad",
para ver "Lo que no se puede/ no ver". El "ver"
de que se trata aquí presupone que la mirada puede abrir
una brecha que no implica sólo una resonancia con la realidad,
sino también lo que ésta tiene de inexpresable o de
inagotable en su presencia, ahí en donde se concentra, no
algo que se disimula sino lo que centellea en aquello que siempre
se resiste a ser entendido.
En la obra de Paul Auster esta inocencia primigenia del mundo, que
también está presente en numerosos poetas modernos
y contemporáneos, es más discreta. Es evidente que
está el reconocimiento de su opacidad -se puede decir que
ésta no es ajena a la sorpresa, el arrobo o la desolación
ante la realidad- lo mismo que de la irreductibilidad de todas las
cosas singulares que la componen y se ofrecen a la conciencia. Pero
la pregunta acerca de lo que está ahí se presenta
a menudo de manera más compleja. Auster siempre tiende a
obrar con astucia, con esa simple dualidad de la presencia y su
revés, el silencio o el vacío, que de algún
modo se encontraría al otro lado del muro. Así, los
hecho casuales y las coincidencias, todo lo que toca a la imprevisibilidad
del movimiento íntimo de la vida y lo que al fin y al cabo
se sitúa en las orillas del entendimiento (en esos puntos
más vivos de presencias que, según todas las apariencias,
carecerían de racionalidad), provocan este distanciamiento.
Me parece que en este sentido hay que interpretar lo que dirá
en una conversación con Larry McCaffery y Sinda Gregory:
"Hablo de la presencia de lo imprevisible, de la naturaleza
totalmente pasmosa de la experiencia humana. Todo puede ocurrir
de un momento a otro. Nuestras certezas más arraigadas acerca
del universo pueden derrumbarse en un segundo. En términos
filosóficos, hablo del poder de las contingencias. Nuestras
vidas no nos pertenecen realmente, ve usted, pertenecen al universo,
y a pesar de nuestros esfuerzos por encontrarle un sentido, el universo
es un lugar que rebasa nuestro entendimiento."6
Este poder de las contingencias que evoca aquí el autor de
Desapariciones no indica ningún efecto aleatorio propio
de la naturaleza de las cosas sino que sobreentiende una perturbadora
energía original, empezando por sus manifestaciones imprevisibles,
y que originaría ese caos permanente en el movimiento de
la vida. Lo cual generaría un mundo discontinuo y fragmentado,
con todos sus efectos de ignorancia del impulso de su celebración.
Sin embargo, no se trata tanto de un desorden como de la imposibilidad
de concebir el mundo natural y más aún la vida en
sociedad con sus movimientos y sus manifestaciones, según
un orden preestablecido que fijaría su sentido y los haría
intelegibles. Para Auster, el elemento aleatorio sería entonces
un modo de recordar que "no sabemos nada",7
que el mundo habitado por nosotros está condenado a escapársenos,
aunque jamás tuviéramos que renunciar a sondear el
terreno de lo dado, así como el de lo posible, con la determinación
más firme.8
Dirigir la mirada hacia lo que está muy cerca de nosotros
a fin de ver a través de los gestos o las cosas aparentemente
más insignificantes y más tenues, constituye un modo
de aproximarse al mundo por los caminos más estrechos para
llegar a su límite "como si este límite fuera
el centro de otro comienzo del mundo, más secreto".9
Este límite designa esa relación singular con las
cosas, esa vía en la que penetra el propio Auster cuando
decide captar con el lenguaje poético la presencia insensible
del mundo. Pero su procedimiento se manifiesta al mismo tiempo por
vías paralelas con múltiples resonancias, en particular
la del pensamiento que se detiene en las obras de otros poetas,
así como en la de los pintores contemporáneos, que
constantemente nos llevarán a su poesía.
Esta digresión nos permite abordar una obra que se propuso
ser densa, incluso a la vez hermética, pero cuya maduración
daría paso a una poesía más narrativa.10
Sus reflexiones acerca de la obra del pintor quebequense Jean-Paul
Riopelle coinciden justamente con lo que evoqué más
arriba. Señalan e iluminan varias modalidades y objetivos
latentes en el origen de su propia obra literaria. Una vez más,
tanto la mirada como el espacio en el que se desenvuelve son puestos
en tela de juicio. Pero dicha mirada no es una búsqueda de
puntos de apoyo antes que nada, como si se tratara de una necesidad
primigenia e incontrolable de situarse en un lugar irremediablemente
igual a sí mismo; es una voluntad indeterminada impulsada
por el deseo de hacer que aparezcan las cosas. Se trata de despojar
a la realidad de sus apariencias, -esta reflexividad sensible que
desemboca en el sentido más intelectual, es decir la mirada-
porque la atención apunta a esos instantes frágiles,
pero cuán esclarecedores, en que cobra forma la representación,
como se adivina claramente en el siguiente pasaje de su ensayo sobre
Riopelle:
Un bosque. Y en ese bosque, un árbol. Y encima de ese
árbol, una hoja. Sólo una hoja, que gira en
el viento. Esta hoja y nada más. La cosa para ser vista.
Para ser vista: como si él pudiera esta aquí.
Pero el ojo nunca bastó. El ojo no puede conformarse
con ver, ni decir cómo ver. Pues cuando una hoja gira,
el bosque entero gira a su alrededor. Y él gira alrededor
de sí mismo.
Quiere
ver lo que existe. Pero jamás cosa alguna, aun mínima,
se ha detenido para él, pues una hoja no es sólo
una hoja: es la tierra, es el cielo, es el árbol del
que pende bajo la luz, a cualquier hora. Pero también
es una hoja. Es decir, es lo que se mueve.
Así que para él no basta abrir los ojos. Si
quiere ver, tiene que dirigirse primero hacia la cosa que
se mueve, pues la visión es un proceso que solicita
a todo el cuerpo. Y si bien primero es testigo de la cosa
que él no es, una vez dado el primer paso, se vuelve
parte integrante de un movimiento que desconoce fronteras
entre el yo y el objeto.11
Este texto designa la movilidad de la conciencia que se proyecta
y del mundo que se encarna. No sólo la mirada percibe al
mundo, sino también el mundo, en la diversidad de sus formas,
atrapa a la mirada. En uno de sus poemas, Auster escribe: "Todo
el espacio/ y los ojos, perseguidos/ por frágiles objetos",
lo cual no deja de evocar esa idea de la captura de la mirada por
lo que la rodea. Sorprende ver, a través del texto anterior
y de estos pocos versos, lo cerca que estamos de un aspecto esencial
de la fenomenología tal como la pensó Merleau-Ponty,
en particular cuando escribe, en Lo visible y lo invisible: "Esto
quiere decir que mi cuerpo está hecho de la misma carne que
el mundo (es algo percibido), y además, que esta carne de
mi cuerpo es comunicada por el mundo, que la refleja, la invade
y ella lo invade (lo sentido es a la vez un colmo de subjetividad
y un colmo de materialidad); tienen una relación de transgresión
y encabalgamiento."12 La experiencia
poética -poco importa el modo en que logrará expresarse-
muestra aquello que el pensamiento intentará llevar al nivel
de la esfera reflexiva.13 La mirada de Auster
ante la obra de Riopelle es testigo de este movimiento doble y multiplicado.
En cierto sentido, ocurre que la conciencia, a causa de la atención
que presta a la cosa por medio de la mirada, se extravía
en esa cosa, pero actúa así para encontrarse a sí
misma, para encontrar su lugar, el que para el sujeto equivaldría
a estar todo el tiempo como exilado en medio de las cosas: "Por
lo tanto, ver como una manera de estar en el mundo. Y conocimiento,
como una fuerza surgida desde adentro. Porque después de
no estar en ninguna parte, acabará por encontrarse tan cerca
de las cosas que él no es, que casi se hallará en
ellas."14 Por lo tanto, este modo de
concebir el ver no consiste sólo en una mera voluntad de
representación, que evidenciaría una dependencia mutua
entre el sujeto y el mundo, entre el adentro y el afuera, en su
generalidad. También apunta a dar cuenta de la dificultad
de hallar una vía de paso susceptible de llegar a lo real,
e incluso de alcanzar el fondo, un fondo inapelable pues habla sólo
de un vacío, de un silencio a partir del cual puede comenzar
la palabra, y también esbozar formas el gesto. Pero tanto
la mirada como la escucha habrán alcanzado el muro, límite
infranqueable y siempre más acá del silencio. Nutridos
de una experiencia siempre personal, a medio camino entre la conciencia
y lo que se halla en este límite del mundo, podemos vislumbrar
esta especificidad de las cosas que participan -en la medida en
que son indispensables para algo- de la conquista y de la subjetividad
desde ahora consciente de sí misma y de esta presencia que
ya se puede pronunciar: "tu tinta aprendió la violencia
del muro", ese muro que "es tu único testigo",
como la tierra es "el único lugar de exilio".15
La profundidad del mundo se descubre entonces con esta presencia
que manifiesta la cercanía de las cosas en la misma medida
en que se manifiesta en su proximidad. Pero no es el único
abismo en cuyo seno tropieza la mirada, hasta llegar a límite
que Auster llama el muro y que, en otro plano, lo mismo puede ser
la conciencia de la muerte. A este abismo se añade un opuesto,
desde el momento en que la conciencia se plantea con relación
a sí misma. Podría citar varios pasajes de los últimos
poemas de Auster publicados con el título En la tormenta
que, en cierto modo, se integra a este horizonte.16
Sin embargo, uno de ellos me parece más sugerente que los
demás acerca de esta experiencia, que se asemeja a la primera
y mediante un movimiento casi simultáneo, actúa como
una especie de reverso de un infinito delante de sí mismo,
traspuesto en el sí mismo. El poema se titula "En memoria
de mí".17 El título, sobra
decirlo, no es inocente. Subraya esa distancia de uno hacia sí
mismo mediante la mera evocación de la palabra memoria, porque
ésta tiene el poder de fijar en el fondo de sí no
unas certidumbres, sino, con toda seguridad, la posibilidad de disponer
los elementos acumulados de la experiencia en una trama cronológica
que les confiere una permanencia, afirmando esta confianza ontológica,
por decirlo así, en la presencia. En otras palabras, si solo
el instante tuviera que encarnar a la conciencia en su capacidad
de acción sobre sí, ésta se cancelaría
por sí sola en cada uno de los instantes siguientes; sin
memoria, esta conciencia de aparecer ante uno mismo sería
incapaz de concebirse, al ser indispensable la duración para
su propia captura. En su novela La invención de la soledad,
sobre todo en la segunda parte titulada "El libro de la memoria",
Auster define esta última así: "Espacio en el
cual un acontecimiento se produce por segunda ocasión."
Y también: "la memoria como lugar, una construcción,
una sucesión de columnas, cornisas y pórticos. El
cuerpo en el interior del espíritu, como si ahí adentro
deambuláramos de un lugar a otro, y el ruido de nuestros
pasos mientras deambulamos de un lugar a otro".18
He aquí el poema:
Simplemente, haberme detenido.
Como si pudiera empezar
Ahí donde mi voz se detuvo, yo mismo
El sonido de una palabra
que no puedo pronunciar
Tanto silencio
Hacer que nazca
En esta carne pensativa, redoble
De tambor de las palabras
Adentro, tantas palabras
Perdidas en el ancho mundo
Adentro de mí, y así haber entendido
Que a pesar de mí
Estoy aquí.
Como si fuera el mundo.
En varios textos de Auster, sean poemas o prosa, existen esos momentos
en que el gesto se detiene, en que el movimiento del cuerpo se suspende,
esos instantes en que todo se interrumpe para dar paso a lo que
va a empezar. Como si dichas interrupciones fueran indispensables
para capturar el lugar y todo lo que lo constituye. Son instantes
de inseguridad, instantes irreversibles, que ofrecen la posibilidad
de ver y nombrar lo presente, así como de verse y designarse
en ese lugar. Dichos momentos desembocan en el abismo de lo que
viene, en lo que está por suceder, en la proyección
de lo que está por empezar. En consecuencia, no sólo
implican el hecho de la interrupción y la captura; también
constituyen la oportunidad de inaugurar, o también de ver
que se inaugura, algo destinado a prolongarse y a dilatar el instante
decisivo. Lo que está por empezar será una profundización
-a través de la palabra que ya no se puede pronunciar en
ese instante, que queda suspendida y abre paso al silencio que nacerá
en esa carne-, de ese abismo en que la presencia de uno en sí
va a surgir, hasta perdernos en nuestra propia soledad; esto se
manifiesta en el poema "con tantas palabras/ perdido en el
ancho mundo/ adentro de mí
" El silencio se encarna
en esas suspensiones, pero pronto las palabras lo sustituirán
para nombrar, sin que por ello se confundan con lo que es o lo que
se produce. El silencio y la palabra pronunciada abren a la existencia
-"y por este hecho haber entendido/ que a pesar de mí/
estoy ahí/ Como si fuera el mundo"-, crean estas líneas
de fuga, una sobre el reverso de la otra, como para introducirnos
cada vez, como si siempre fuera la primera, en esos lugares que
son el sí mismo, la interioridad y la presencia.19
El poema es entonces un deseo, y un esfuerzo de percepción
que exige la mayor concentración en lo que se busca en esa
voluntad de percepción. Pero quizá intente menos expresar
el mundo o el sí mismo que posibilitar la existencia, es
decir alcanzar una imagen autónoma de sí.
Habría, entonces, una cuasi-reversibilidad que trasladaría
la conciencia de la captura de sí a la captura del mundo,
como si esos movimientos paralelos se nutrieran con su simultaneidad.
La poesía de Auster muestra el hecho de que algo, que casi
no es nada, -un gesto furtivo, un movimiento apenas esbozado, una
cosa sin importancia aparente vista al azar- alojado en la inmanencia,
puede despertarnos ante la presencia. Pero la experiencia realizada
es tanto más reveladora cuanto que sostiene la atención
de esta fragilidad sensible de la mirada que nos lleva "al
centro de las cosas". El objeto capturado puede ser el objeto
natural, como la hoja sobre el árbol que evoca en su texto
sobre la obra pictórica de Riopelle, de tal modo que logra
reconstituir todo un universo. También puede ser lo que se
vislumbra en un cuadro sobre la pared de un museo, como en el poema
"Búsqueda de una definición".20
Lo que acabo de plantear se condensa en ese poema, en que no se
trata tanto de la contemplación de lo susceptible de ser
visto, como de una voluntad de alcanzar lo que el ojo ofrece, esa
efervescencia del mundo y de las cosas, por mínimas que sean,
que no transgreden la inmanencia.
Siempre la acción más pequeña
posible
en estos tiempos de acciones
más grandes que la vida, un gesto
hacia el objeto que pasa
casi inadvertido. Una pequeña brisa
agita una fogata, por ejemplo,
que descubrí el otro día
casualmente
sobre la pared de un museo. Casi nada
aparece: unas pinceladas
de blanco
arrojadas despreocupadamente sobre el negro puro
del fondo, nada más
un pequeño gesto
que intenta ser nada
más que sí mismo. Y sin embargo
no está aquí
y a mi modo de ver la cuestión
nunca será
tratar de simplificar
el mundo, sino una manera de buscar un lugar
para penetrar el mundo, una manera de estar
presente
en medio de las cosas
que nos ignoran [
]
El punto de partida siempre es móvil, pues la mirada nunca
se deja encerrar en un ángulo privilegiado, que de cualquier
modo no existe, o más bien sólo existe a priori,
pues el ojo, en un principio, no se propone discriminar. Es atento
-uno no puede dejar de estar atento a lo que capta-, hasta el momento
en que hace el esfuerzo de buscar, sobre esa pared de las cosas,
enfrentado a ese muro sólido, a esa pantalla infranqueable,
la oscura posibilidad de una falla, un punto de inserción,
una brecha apta para dejar que se perfile la línea de la
mirada: "buscar un lugar/ para penetrar el mundo, un modo de
estar/ presente/ en medio de las cosas [
]" Esta presencia
sería a la vez un obstáculo y una posibilidad. Ahora
bien, el texto insiste sobre todo en el segundo término,
ya que ver no indica una mera pasividad ante lo visto. En el análisis
que propone Auster de los poemas de Charles Reznikoff, él
escribirá incluso que "ver, es el esfuerzo de crear
la presencia".21 Esta posibilidad, cuando
se cumple, constituye cierta revelación del ser, al otorgarle
a la cosa una presencia en la expresión, en las palabras,
en el lenguaje poético. Desde este punto de vista, su poesía
se revela a sí misma como un esfuerzo, una atención
extrema que tiende hacia un obstáculo, el más abrupto
y por lo tanto el más presente. Así, ya había
marcado el camino que tomó, lo cual se adivina en este fragmento
del poema titulado "Incendiario":
[
]
No queda nada. El ojo frío
se abre sobre el frío,
mientras que una imagen de fuego
devora
a través de la palabra
que lucha en la boca. El mundo
es
lo que le cedes, es sólo
tú
en el mundo en que mi cuerpo
se adentra: ese lugar
en que todo es carencia.22
Parece muy posible concebir que este "todo es carencia",
indica ese límite infranqueable, una incapacidad fundamental
de percibir, de algún modo, un muro recorrido por la mirada,
pero indeterminable para siempre, al grado de que vislumbra su propia
dificultad para constituir un mundo a su medida.23
En definitiva, esta dificultad es una imposibilidad, pues "No
hay tierra prometida", nos dice también Auster.24
Cabría establecer aquí varias correspondencias entre
los textos poéticos y la prosa del autor. Del mismo modo,
podríamos descubrir entre los primeros y la segunda, unas
resonancias tan contundentes como esclarecedoras en cuanto a lo
que transita de los unos hacia la otra, aun cuando lo que se refiere
a todos ellos no pertenece necesariamente al mismo registro, por
lo menos desde el punto de vista de la forma. Pero lo que se refiere
a ellos se remite a una sola pregunta, fundamental: ¿cómo
romper ese confinamiento?, ¿cómo descomponer esa presencia
de las cosas?; una pregunta que sin duda tiene algo que ver con
esa Conciencia solitaria. "O como dice Georges Oppen,
el naufragio de lo singular", anota Auster en La
invención de la soledad.25 Los
textos en prosa demostrarán de manera más directa
la experiencia de esta soledad: "Esos cuatro muros sólo
ocultan los signos de su propia inquietud, y para encontrar en este
entorno algo de paz, tiene que adentrarse en sí mismo de
modo cada vez más profundo, si bien en la medida en que se
adentra, menos queda por penetrar."26
El lugar al que se dirige la atención provoca un verdadero
vértigo que "nos lleva al centro de la acción.
Ahora bien, si de pronto nos detuviéramos para preguntarnos
¿a dónde vamos?, ¿en dónde
estamos?, estaríamos perdidos, pues ocurre sin cesar
que ya no estamos en donde estábamos; dejamos atrás
lo que fuimos, irremisiblemente, en un pasado sin memoria, un pasado
borrado por el flujo incesante o que nos trae al presente".27
La palabra que expresa este presente sigue siendo fragmentaria,
desgarrada. Está antes y después de un silencio imposible
de penetrar, pero que ella jamás igualará. Por ello,
el lenguaje poético en particular, a no ser la obra literaria
verdadera y en el sentido amplio de la palabra, sólo puede,
en última instancia, intentar decir lo más simple:
"Nunca rebasar lo que se encuentra delante de mí. Empezando
por ese paisaje, por ejemplo. O también notar lo que está
cerca. Como si en el mundo restringido que tengo ante los ojos pudiera
hallar una imagen de la vida más allá de mí.
Como para convencerme de que cada cosa de mi vida se vincula con
el conjunto de las cosas, ligándome a mi vez al ancho mundo,
al mundo sin límites que se levanta en el espíritu,
tan amenazador e imposible de conocer como el mismo deseo."28
Pero decir lo más simple nunca está exento de dificultades.
Como he señalado varias veces, no se trata de cruzar ese
muro imaginario reforzado con el muro de las palabras, pacientemente
construido por la palabra, y más acá del cual se inscribiría
la presencia de las cosas, como para encontrarse del otro lado de
esa presencia, del otro lado de un espejo en que cualquier enigma
se solucionaría. Se trata de ajustar las cosas en presencia
suya, fuera de cualquier convención; se trata de captar sus
movimientos, hasta percatarse de que éstos no se dan según
códigos preestablecidos que fijarían de un modo definitivo
sus vibraciones y sus trayectorias.
En el acuerdo supuesto de antemano de las facultades sensibles y
de las facultades intelectuales, se trata de sentir los lugares
y las cosas en que nace un mundo por y en la presencia de dichos
lugares, al igual que en la relación entre las cosas de las
que se pueden extraer el volumen y la densidad de lo presente, una
vez que este presente se ha liberado del orden de las causas. Pero
el acuerdo de nuestras facultades nunca está asegurado. Turbarlo
parece entonces la condición indispensable para probar los
límites de este mundo que aparece a cada instante, para sentirlo
y mostrarlo bajo ángulos inéditos y en cierto modo
fuera de cualquier imposición del sentido común. Eterno
recomienzo de la captura, pues precisamente se da en el distanciamiento
y habría que añadir: en el instante del distanciamiento,
para ser más precisos.
Así, entre cada soplo, entre cada respiración, se
experimenta la profundidad de la soledad. Al interrumpir el transcurso
del tiempo, esos instantes fugitivos son instantes de captura, un
tiempo no localizable en el tiempo, pero que deja caer el cuerpo
en la inmovilidad de la inmanencia de las cosas, produciendo un
verdadero vértigo en que responde la conciencia que vibra
en esa presencia, y se adentra cada vez más en sí
misma. Ahora bien, si la soledad desempeña aquí un
papel decisivo, en particular por la aptitud de permanecer entre
esos intervalos fulgurantes, es por medio del acto de escritura
que se mantiene, como para exorcizar un descenso a los límites
de lo que murmura en las cosas, a los límites del silencio
que la acompaña y que no deja de aterrar. Un pasaje de La
invención de la soledad, que evoca el regreso del narrador
a su estudio, en el que lucha contra la página en blanco
-que también es un espacio en blanco-, ilumina precisamente
lo que trasluce en los poemas de Auster bajo distintas formas, y
sobre todo de modo recurrente: "En el intervalo, en ese vacío
que separa el instante en que abre la puerta de aquel en que comienza
su reconquista del vacío, su mente forcejea en un pánico
sin nombre. Como si, al franquear el umbral de ese cuarto, penetrara
en otra dimensión, como si se instalara en el interior de
un hoyo negro."29 Esta soledad parece
en cierto modo buscada por el autor, ya que sería la condición
para encontrarse, para empezar todo de nuevo a fin de hacer a un
lado lo que el sentido común daba por un hecho, pero que
inevitablemente producía esa irreversible pérdida
de sí: "...Encontré en mi soledad una especie
de exaltación", declara, esta vez, el protagonista de
Moon Palace. Esta soledad resulta indispensable para capturar
el mundo y se experimenta tanto en al cercanía como en la
distancia que exige para hacer posible esta accesibilidad a las
cosas, mediante "lo táctil, lo visual, el camino de
percepción que circunda cualquier vida". Es el momento
de la experiencia que le permite a la palabra poética anudarse
con la textura del mundo y al yo encontrar su sitio en el centro
de las cosas. Es el momento en que se vuelve posible engendrar más
allá de lo singular, aquello que le da vida y fuerza a lo
que está a punto de comenzar; y es todo lo que hará
que ya nada sea igual en ese "reino del ojo desnudo",
para retomar la expresión que acompasa en varias ocasiones
esa poesía-punto de unión en la obra de Auster, que
ya cité: Espacios blancos. Uno de los poemas del ciclo
titulado Desapariciones nos lleva al reverso de esta soledad
con la descripción de la experiencia que se hace de lo real
y de la presencia de las cosas, en que por decirlo así, ya
no es posible distinguir entre la imagen en el sentido reflexivo
del término y la imagen percibida. Lo que se percibe sólo
se puede ver a través de las impresiones y de las emociones
que intensifican su presencia. En definitiva, la soledad predispone
a esta intensificación.
A fuerza de soledad, empieza-
como si fuera la última vez
que respirara
y entonces ahora
respira por vez primera
fuera del alcance
de lo singular
Vive, y entonces no es
sino lo que se ahoga en un hoyo sin fondo
de su ojo,
y lo que ve
es todo lo que él no es: una ciudad
del acontecimiento no descifrado,
y entonces una lengua de piedras,
porque sabe que para toda vida
una piedra
dará paso a otra piedra
para hacer un muro
y que todas esas piedras
formarán la suma monstruosa
de los detalles.30
Podemos leer, como en un eco, este otro pasaje de la novela de Auster,
Moon Palace, en que se despliega, esta vez en forma narrativa, la
experiencia que atestigua este poema y que al mismo tiempo lo ilumina,
si acaso es necesario hacerlo más explícito: "Había
bajado a una soledad tan profunda, que ya no necesitaba distraerse.
Aunque le pareciera casi inimaginable, el mundo, poco a poco, se
había vuelto suficiente para él."31
Este mundo, suficiente, podría de algún modo ser la
suma monstruosa de los detalles, todo lo exterior, que ha entrado
en él, en su intimidad, absorbido por el ojo convertido en
hoyo sin fondo, espacio infinito dado en una visión cercana
de todas esas cosas, exteriores a las intenciones de la conciencia.
Traducción del francés de Aurelia Alvarez Urbajtel
Notas.
________________
(1)
Este texto es el desarrollo de una conferencia acerca del tema "la
soledad en la obra poética de Paul Auster", dictada
en el marco de los "Mediodías de la poesía"
en Bruselas, en marzo de 1998. Agradezco aquí a los que me
invitaron.
(2)
El conjunto de la obra poética de Paul Auster fue publicado
en las ediciones The Overlook Press con el título Disappearances
en 1987. Sus textos fueron reeditados en 1990 por las ediciones
Faber and Faber con el título Ground Work. Esta edición,
presentada como una selección de sus poemas, si bien no es
exhaustiva, incluye lo esencial de su obra lírica. Cabe observar
que esta misma edición retoma una selección de sus
ensayos sobre literatura y poesía. Para sus poemas, me remito
a esta edición, así como a la traducción francesa
presentada como la obra en su totalidad, y que debemos primero a
Éditions Une, mientras que sus textos se habían publicado
en volúmenes separados, y después conjuntamente en
Éditions Une y Actes Sud, esta vez en un solo volumen, con
el título Disparitions, publicado en 1994. Esta edición
se presenta en la traducción de Danièle Robert, e
incluye un prefacio del poeta Jacques Dupin. En cuanto a los ensayos
en francés, me remití a la edición de bolsillo
titulada Le carnet rouge, L´art de la faim, publicado
en Actes Sud en la colección Babel (traducción de
Christine Le Boeuf) en 1995. Para el texto Nonterre, también
me remitiré a la edición bilingüe publicada por
Maeght Éditeur, con el título Unearth, en 1980,
en una traducción excelente que le debemos al poeta Philippe
Denis. Finalmente, me remito al texto titulado Espaces blancs,
publicado en edición bilingüe con portadas encontradas
en Unes, también en 1985 y reeditado en 1994. Este texto
también aparece en la edición inglesa de Faber and
Faber.
(3)
El ensayo de Paul Auster dedicado a Georges Oppen se publicó
en Le carnet rouge, L´Art de la faim, con el título
"Le multiple et le singulier", pp. 207-212. Siempre es
un poco desafortunado hablar de influencia, decisiva, con mayor
razón, de un autor sobre otro, pues el lenguaje poético
que merece atención es precisamente el que se ha emancipado
de sus referencias iniciales, que ha encontrado su propio destino
y ha trazado su propio camino en tierras inexploradas. Quedan los
testimonios, que debemos tomar como lo que son, como una manera
de situarse en una genealogía y de reconocer lo que en un
momento u otro constituyó polos de atracción con resonancias
lejanas. En una conversación con Joseph Mallia, Auster declaraba
que se había interesado en varios contemporáneos suyos:
"Entre los poetas, me sentía muy atraído por
la poesía francesa contemporánea y por los objetivistas
estadunidenses, sobre todo Georges Oppen, que se volvió mi
amigo íntimo. Y el poeta alemán Paul Celan
"
Su apego por la obra de Oppen parece importante, y no tiene nada
que ver con un procedimiento comparable con el modo, digamos oportunista,
a falta de otros términos, con que dicha obra fue recibida,
muy particularmente en Francia. Idem, pp. 366-367.
(4) Ibidem, p. 208.
(5)
Ibidem, p. 211. Auster añade algo que de algún
modo explica la actitud fundamental de Oppen: "No hay ruptura
entre el fundamento epistemológico de la obra de Oppen y
el desafío metafísico más general que presenta
ahí. En efecto, en su poesía, ver no es sólo
un acto físico, sino que también implica un compromiso
íntimo. Y desde el momento en que se plantea, en principio,
la necesidad de ver el universo, -es decir de penetrar en él-
hay que estar dispuesto a elegir una postura entre los hombres.
En consecuencia, la palabra pertenece al terreno de la ética."
pp. 211-212.
(6)
Ibidem, p. 383.
(7)
Le carnet rouge, op. cit, p. 35.
(8)
En el texto que le da su título a la recopilación
de sus ensayos, L´art de la faim, y dedicado al libro
de Knut Hamsun, La faim, Auster, interpretando la experiencia
del personaje central de la novela, escribe: "El hambre que
abre el vacío no tiene el poder de cerrarlo." Un poco
después, afirma: "En la novela de Hamsun, sin embargo,
una vez que se han sondeado las profundidades, el espejo de la meditación
queda vacío. El joven se queda en el fondo, y ningún
Dios llegará para rescatarlo. A fin de resistir, ni siquiera
cuenta con las convenciones sociales. No tiene raíces, ni
amigos, está privado de todo. Para él, el orden ha
desaparecido." En la novela de Hamsun, lo que vislumbra Auster,
entre otras cosas, es esa soledad absoluta del individuo, que de
algún modo encarna el protagonista de la novela, y de modo
correlativo, la ausencia de lenguaje para alcanzar el mundo y el
otro, al grado de "que la realidad se ha vuelto para él
un desorden de nombres sin objetos y de objetos sin nombres, de
tal modo que el vínculo entre el individuo y el mundo está
roto. De ese modo, unas voces, ninguna de las cuales es la suya,
empiezan a imponerse ante él, a confundirlo, y él
se hunde aún más en el caos. Luego de una violenta
crisis, durante la cual imagina que está muriendo, todo se
vuelve silencioso; sólo oye su propia voz que rebota contra
el muro". Convendría citar más extensamente este
texto de Auster, que fue escrito en el mismo periodo en que publicó
sus primeros poemas, e ilumina en varios puntos esta actitud fundamental
que acabo de señalar más arriba. Sin embargo, parece
necesario añadir a las conclusiones anteriores otras conclusiones,
si se puede decir, a las que llega: "Aquí ocurre algo
nuevo, una reflexión novedosa sobre la naturaleza del arte
que propone La faim. Se trata antes que nada de un arte que
no se puede separar de la vida en el artista creador. Esto no significa
un arte con excesos autobiográficos, sino más bien
un arte que es la expresión directa del intento de expresarse.
Es, en otras palabras, un arte del hambre: un arte de la necesidad,
de la exigencia, del deseo. La certidumbre cede ante la duda, la
forma se ve sustituida por el procedimiento. No se puede imponer
ningún orden arbitrario, y sin embargo, más que nunca,
existe la obligación de alcanzar la claridad. Se trata de
un arte que comienza con la certidumbre de que no existe una respuesta
correcta. Por este motivo, es esencial formular preguntas correctas."
Cita a Samuel Beckett: "Lo que digo no significa que ya no
habrá forma en arte. Significa simplemente que habrá
una nueva forma, y que esta forma aceptará el caos sin intentar
pretender que en realidad el caos es otra cosa
Hallar una
forma que aproveche el desorden, ésta es ahora la tarea del
artista." Op. cit., pp. 66, 67, 68 y 71.
(9)
Op. cit, p. 223.
(10)
Explicará este punto en su conversación con Joseph
Mallia: "Al concentrarme en la forma breve, me pareció
que lograba avanzar mejor. Pasaron los años, y escribir poesía
me empezó a obsesionar tanto, que dejé de pensar en
cualquier otra cosa. Escribía poemas líricos muy cortos,
muy compactos, cuyo perfeccionamiento requería por lo general
varios meses. Eran muy densos, sobre todo al principio, concentrados
en sí mismos, pero con el tiempo empezaron a abrirse poco
a poco, hasta que me pareció que se orientaban hacia una
forma narrativa." En L´art de la faim, op. cit.,
p. 366.
(11)
"Lumières nordiques: La peinture de Jean-Paul Riopelle",
en L´art de la faim, op. cit., p. 224. Cabe recordar
aquí que los textos poéticos titulados Unearth
(Nonterre), publicados por Maeght Éditeur se presentan
en forma de diálogo entre una obra poética y una obra
pictórica.
(12) Maurice Merleau-Ponty, Le visible
et l invisible, París, Gallimard, 1971, p. 302.
(13)
Acerca de este tema, véase en particular el conjunto de los
ensayos de Michel Collot, sobre todo La matière-émotion
(París, PUF, col. Écriture, 1997), así como
el libro de Nicolas Castin, Sens et sensible en poésie
moderne et contemporaine, París, PUF, col. Écriture,
1998.
(14)
Lart et la faim, op. cit, p. 227.
(15)
Unearth, op. cit., pp. 11, 13, 23.
(16)
"Dans la tourmente", en Disparitions, Editions
Une/Actes Sud, pp. 145-160. Se trata de los poemas fechados en los
años 1978 y 1979; los últimos, según su propio
autor.
(17)
Ibidem, p. 156.
(18)
Linvention de la solitude, Actes Sud, col. Thesaurus,
pp. 96 y 98.
(19)
El texto dedicado a la obra de André du Bouchet y publicado
en LArt de la faim, da testimonio de esta idea de modo
muy explícito. Auster concluye: "Porque se pueden sentir
realmente los poemas mismos, mientras no se haya penetrado la fuerza
del silencio que se halla en su origen. Un silencio tan fuerte como
la fuerza de cualquier palabra." Op. cit., p. 86.
(20)
Este poema también está tomado de la serie titulada
"Dans la tourmente" en Disparitions, op. cit.,
pp. 152-153.
(21)
Véase el ensayo que Auster le dedicó a Charles Reznikoff
titulado: "L instant décisif" en Lart
de la faim, op. cit., p. 108.
(22)
Disparitions, op. cit., p. 87.
(23)
Aquí podríamos relacionar -y creo que sería
necesario hacerlo, pues Auster conocía muy bien la poesía
de Reverdy cuando escribía sus textos-, esta recurrencia
del "tema" del muro como símbolo de obstáculo
ante la conciencia imaginante en su obra, con lo que hay en la obra
de Reverdy, bajo ese mismo "tema", y que resume de modo
admirable Jean-Pierre Richard en el estudio que le dedica: "[...]
el muro reverdiano conserva la misma función, que es la de
bloquear una salida: en efecto, no se conforma con interrumpir nuestro
impulso, e indica, pero obturándola para siempre, la presencia
de aquello mismo que a través de él nos proponemos
alcanzar. Lo terrible quizá sea menos, desde entonces, el
acto limitante que la sugerencia que se nos hace al mismo tiempo
de algo que existe detrás de lo limitado. Una prodigiosa
fantasmagoría de la clausura exaltará entonces aquí
la magia prohibida de lo oculto; en torno a la conciencia deseante,
se abrirá un juego casi infinito de superficies negativas,
encargadas a la vez de sugerir o defender un reverso". Lo cual
no constituye el ángulo bajo el que Auster toca el tema,
ya que su búsqueda de una salida se sitúa más
acá de lo que es y de algún modo se niega a especular
sobre algún más allá trascendente. Véase
Jean-Pierre Richard, Onze études sur la poésie
moderne, París, Seuil, col. Pierres Vives, 1964, p. 15.
(24)
Disparitions, op. cit., p. 93.
(25)
Linvention de la solitude, op. cit., p. 94.
(26) Ibidem, p. 93.
(27) Espaces blancs, Unes, 1994, p.
11.
(28) Ibidem, p. 17.
(29)
Linvention de la solitide, op. cit., p. 91.
(30)
Disparitions, op. cit., pp. 103-104.
(31)
Moon Palace, Actes Sud, col. Thesaurus, p. 566.
Pierre-Yves Soucy,
"Paul
Auster:el ojo y el muro", Fractal
n° 16, enero-marzo,
2000, año 4, volumen V, pp. 69-92.
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