| Regreso
Uno
a uno han llegado los hermanos
atendiendo al llamado desnudo de la muerte.
Regresan
de sus altas ciudades invernales
con sus abrigos fúnebres y sus pequeños odios, sus
rencores,
y un miedo antiguo
golpeando sus pechos como una dura aldaba.
Mientras la madre muere lentamente,
reconocen los cuartos, saquean la cocina,
hablan de tiempo,
hablan de patria,
y cuando alza su vuelo el moscardón azul de algún
recuerdo,
en la sala en penumbra,
como un grupo de extraños que en un vagón del tren
mira el
------------------------------------------------------paisaje,
ensimismados, callan.
Ahora está llorando quedamente
la madre sostenida por su cielo de almohadas:
alguien ha de haber muerto razona y se lo ocultan.
Si no, ¿cómo se explica que hayan venido todos,
al mismo tiempo todos,
y se vean tan tristes, sus muchachos?
Paisaje
El sol de
mediodía, su luz sonámbula,
el recio azul del cielo tirante y sordo,
el aire y su ondulante resplandor de hojalata,
las vacas tardas, tontas, en el verde infinito,
y las moscas zumbonas,
tornasoladas,
su círculo de muerte coronando el silencio;
los ojos como espejos, y en los ojos,
el ave circular, la nube pasajera;
y las manos atadas,
y la tierra
donde crecen los yuyos fieramente,
las zarzas, el jaramago, las madreselvas.
Todo esperando el lente de los fotógrafos;
y a lo lejos la risa de las hienas.
Día
de gracia
Yalila, Moraima,
Zulena.
Sus nombres suenan como agua derramada en aldeas ardientes
de extrañas geografías. Van frescas y ruidosas
alumbrando el domingo bogotano
como soles inversos. Son las muchachas negras, en bandada,
que han dejado sus cuartos, sus cocinas,
y van a un baile, al cine,
parloteando alegres mientras fuman Pielroja.
Los viandantes las miran
levemente curiosos,
como a extraños satélites de su blanco planeta,
sin comprender la música sagrada
y montaraz y antigua de sus risas.
Certeza
Siempre
hay paz en la certeza
Truman Capote
Hasta el
fondo del vaso
desde tu oscuro fondo
caían las palabras
difíciles
amargas
caían como gotas espesas y brillantes
que iba sorbiendo el tiempo
como arena
finísima
caían
haciendo un agujero
en mi mano extendida
y cada gesto
era ya para siempre
ideograma
de tintas visibles
de un idioma
que iba olvidando mientras lo aprendía
y el instante
nacía cada vez
para morir
en memoria y en fuga de presente.
Tenerte
era perderte.
No tenerte
es esperar
confiada
que no llegues.
Naturaleza
muerta
El pájaro
ha venido a posarse sobre la roca
y vibra allí, en lo alto,
como una efímera llamita colorada.
Entre uno y otro vuelo, la dura superficie
da apoyo a su fatiga.
El cuello palpitante, los ojos rápidos,
las patas de bambú,
son pura levedad contra el rigor del risco.
El mar, más allá del furioso acantilado,
es un amplio silencio sin orillas.
Ahora se eleva el pájaro, se fuga,
y el cielo abre su espacio a sus frágiles días.
La roca, árida, invulnerable, permanente,
no necesita al pájaro, me digo.
Tanguito
¿A
qué tumba has huido que no oyes
cómo te llama a voces
mi silencio?
El
abrazo
Entrañable
y preciso
como el anillo de un tronco muy antiguo
o un órgano que estalla
eso que yo que tú
ay cuando todo lo que es palabra muere
desatamos
lo que pujando
nace con fuerza de raíz
y ata y anuda
con sus lianas los cuerpos repentinos
paréntesis
de luz y de silencio
donde crece temblando lo callado
Piedad Bonett, "La
dura superficie", Fractal
n° 16, enero-marzo,
2000, año 4, volumen V, pp. 93-100.
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