| Pero también se contextualiza en la estética de lo grotesco del arte del siglo XX. Estética que está definida y si no cuando menos orientada, desde la concepción que relaciona lo grotesco con el erotismo y la subversión. Me refiero particularmente a las estéticas de la transgresión que remontándose al Marqués de Sade, nos llegan a través de los poetas malditos y sobre todo de la obra de Georges Bataille. A tendiendo pues a la fenomenología
y la estética descrita, este ensayo aborda la construcción
del valor de lo grotesco a través de las variaciones emotivas
y sensibles del asco y el morbo en el contexto de la cultura contemporánea.
Para
hacerlo echaré mano del fenómeno artístico
del cine. La invención de este lenguaje, no sólo para
la historia del arte, sino para la cultura en su totalidad, significó
un cambio en el paradigma narrativo de la humanidad. El cine introduce
el tiempo objetivo como condición de construcción
del sentido en la textualidad. Tiene un enorme poder de convocatoria
y funciona como un mediador social incuestionable en el mundo actual.
En un sentido más preciso, el cine cambió el modo
de construir la trama en la cultura: introdujo, como lo piensa Deleuze
(Limage-temps; Cinéma Les Editions de Minuit, París,
1985, p.165), el poder del "como si fuera verdad" en el
arte y con ello introdujo un sentido de la vivencia estética
inédito en la historia.
En síntesis, este ensayo es un ejercicio de reducción
fenomenológica del asco y el morbo a través del análisis
de dos películas Saló y los ciento veinte
días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini (1975) y Crash.
Extraños placeres de David Cronenberg (1996) que
intenta mostrar la manera en que estas dos vivencias responden a
dimensiones muy específicas del sentido del cuerpo, del otro
y del tiempo de la cultura contemporánea.
La premisa
En
la tradición del pensamiento estético es prácticamente
inexistente la reflexión sobre el asco y el morbo. Lo que
existe lo contextualiza dentro de la estética de lo feo y
de lo cómico y como una variable de lo grotesco.
Esto
se debe a dos cosas. Primero, la producción artística
que pudiera ponderar estos dos valores los relaciona más
bien con sentidos edificantes del arte y con los usos político-sátiros
de subgéneros de la comedia; segundo, la emancipación,
real o supuesta, de estos valores funciona en el contexto de lo
que se ha dado por llamar posmodernidad y que yo prefiero simplemente
nombrar como cultura contemporánea. En cualquier caso, algo
se pone en evidencia a la hora de reflexionar al respecto: los usos
del asco y el morbo, más allá de los contextos axiológicos
de lo sublime y lo cómico y de los sentidos históricos
en los que funcionan, son un fenómeno que se desarrolla dentro
del arte contemporáneo. Si bien podemos reconocer importantes
antecedentes en el culto a la reliquias en el medioevo o en buena
parte de las manifestaciones de la pintura religiosa del barroco
donde están asignados al infierno, e inclusive en la literatura
del siglo XVII de Quevedo, o siendo aún
más radicales en la literatura francesa del siglo XVIII
con las obras del Marques de Sade; estos "valores" se
asumen como condición "legítima" del arte
hasta el siglo XX.
Es pues el cuerpo el punto de partida fenomenológico. La
carnalidad es el analogado vital y principio trascendental de la
construcción del sentido de las artes visuales y cinéticas.
El cuerpo articula modos fundamentales de intencionalidad motriz
que determinan en buena medida los usos estéticos y simbólicos
del arte. Son básicamente cuatro las articulaciones con las
que el cuerpo intenciona el mundo: lo vertical-horizontal, lo interior-exterior
el arriba-abajo, y un lado y el otro. Intencionalidades motrices
que a la vez se relacionan estructuralmente con el movimiento y
la organicidad corporal. Es evidente que estas estructuras fenomenológico-trascendentales
están en una relación indisoluble, sin embargo hay
ciertas constantes que dominan a la hora de construir valores estéticos
determinados.
Visto así, es fácil adivinar la estructura fenomenológico
trascendental a partir de donde se configura el sentido estético
de lo grotesco en sus determinaciones específicas del asco
y el morbo: la relación interiror/exterior. Las mediaciones
simbólicas presentes en el morbo y el asco, como formas de
lo grotesco, responden a vivencias corporales que ponen en peligro
la interioridad orgánica y la integridad motriz de la corporeidad.
En otras palabras, el asco y el morbo abren la dimensión
vital de lo inmediato en la ambivalencia del sentimiento de horror-fascinación
como la posibilidad del acontecimiento metafísico de la muerte
en "carne propia". Además en esta ambivalencia
se pone en juego la disolución y fragmentación del
sentido motriz y orgánico del cuerpo y el miedo originario
de ser dañado por el otro o por lo otro.
Esto explica también las tipologías básicas
sobre las que se levantan las mediaciones simbólicas del
miedo y la atracción como reacciones propias del asco y el
morbo. Hablo de las simbolizaciones que nacen de la interioridad
orgánica y que se vinculan corrupción/destrucción/fragmentación
y, de las simbolizaciones de la alteridad del otro como lo monstruoso
y lo contagioso.
La
desintegración corporal, como vivencia fenomenológica
del tiempo mortal, se relaciona con las formas de mutación,
exhibición y transgresión de los límites. Como
lo anota José Miguel Cortés:
El
foco de todo simbolismo de la contaminación es el cuerpo,
asimismo el último problema al que induce la perspectiva
de la contaminación es la desintegración corporal.
El simbolismo corporal adquiere unas connotaciones altamente emotivas,
todo lo que sea un desperdicio corporal es sinónimo de
peligro. Todo aquello que hace referencia a los límites
del cuerpo, que atraviesa sus fronteras (cualesquiera de sus orificios),
que signifique restos corporales (de piel, uñas, pelo...),
que brote de él (esputos, sangre, leche, semen, excrementos...),
tiene el calificativo de altamente peligroso, de impuro. Siendo
la contaminación más peligrosa la que se produce
cuando algo que ha emergido del cuerpo vuelve a entrar en él.
(Orden y Caos. Un estudio sobre lo monstruoso en el arte, Anagrama,
Barcelona, 1970, p. 37)
En este contexto la alteridad se percibe como aquello que pone en
crisis el orden de la sociedad y la vida, la otredad como lo feo,
lo monstruoso lo siniestro: "... la sociedad continúa
Cortés tiene miedo de todo aquello que parece extraño
y raro, de lo que se escapa de la norma. Existe una profunda tendencia
a parangonar lo feo y/o lo distinto con lo anormal y lo monstruoso.
El sujeto ante lo informe, desordenado y caótico percibe
un peligro que se cierne sobre su integridad, que pone en duda su
seguridad y no puede soportarlo. Por ello necesita separar de su
lado todo aquello que es diferente". Aunque esto que separa
provoque al mismo tiempo el sentimiento de atracción como
sentimiento de destrucción de eso que nos horroriza.
Mirar
y sentir
A diferencia de los otros sistemas artísticos, el cine no
construye su sentido a través de la ficción, sino
por medio de la falsedad. Falsedad que como piensa Deleuze es "...la
respuesta de Borges a Leibniz: la línea recta como fuerza
del tiempo, como laberinto del tiempo, es también la línea
que bifurca y no deja de bifurcar, pasando por los presentes
incomposibles [sic], regresando sobre los pasados no necesariamente
verdaderos". En este lenguaje los acontecimientos
y los hechos se viven como si fueran verdad, en tanto el tiempo
es una bifurcación del cualquier presente posible, lo que
supondría un sentido del pasado que también se bifurca
en cualquier pasado posible. La imagen movimiento, introduce en
el lenguaje del arte la posibilidad de integrar la totalidad de
lo real a través de la simultaneidad de presentes/presencias
del presente, de presentes/presencias del pasado y presencias/presentes
del futuro en el movimiento mismo de la cámara, donde finalmente
la presencia de los personajes y de la narración de una historia
son parte de esta bifurcación como texto y representación.
En este contexto, el sustrato óntico del cine tiene que ver
con la objetividad de la toma como temporalidad. Donde objetividad
significa, sobre todo, la relación entre tiempo-movimiento
y referencia. La toma es entonces la unidad de sentido mínima
de la cinematografía. Dependerá del tipo de toma el
modo en que se genera la estructura básica de la intencionalidad
en el cine.
Pier
Paolo Pasolini, Saló o los ciento veinte días de
Sodoma
El
cine de Pasolini se explica por medio de la estética que
él mismo llama "cine de poesía". Contextualizado
en la tradición de la semiótica italiana, a este director
le interesó crear un lenguaje donde la imagen fuera en sí
misma la máxima concentración de sentido. En el im-signo,
como él define la imagen cinematográfica; "los
arquetipos lingüísticos [...] son las imágenes
de la memoria y del sueño o sea imágenes de comunicación
con nosotros mismos" (Pier Paolo Pasolini, Cine de Poesía,
Cuadernos Anagrama, Barcelona, 1970, p. 19). Éste no se concibe
como mimetismo y naturalismo. La toma sobrepasa la referencia objetiva,
en ella siempre está en juego el punto de vista del artista,
la toma es ante todo la posición del que mira. Se trata,
en palabras del mismo Pasolini, de la "subjetividad libre indirecta"
donde la imagen análoga el sentido en términos de
cuerpo y no de lenguaje. En Pasolini el cine no es lingüístico
sino estilístico. La intención se construye por el
modo en que la imagen cinematográfica articula un punto de
vista no narrativo, sino evocativo. La imagen cinematográfica
es movimiento hacia la interioridad del sujeto. Nacida de lo mirado,
la condición prejudicativa de la imagen cinematográfica,
abre una dimensión donde el límite entre el exterior
de lo mirado y el interior del que mira, se disuelve en la el tiempo
mismo de la evocación. Es sorprendente el modo en que Pasolini
construye el sentido de sus imágenes a través de la
toma fija y a media distancia. Este recurso permite, según
Pasolini, introducir al espectador en el sentido del sueño,
pero además impide que el tiempo cinematográfico se
identifique con la acción o la trama.
El
cine es pues, una construcción perceptual donde importa más
la densidad y concentración del sentido que el deslizamiento
de un posible significado a través del discurso lingüístico.
El cine como lo piensa Ingarden, facilita a través de la
ampliación, la alteración, la sucesión y la
fusión, la aparición de "...eventos en su
desarrollo total concreto temporalmente extendidos" (Roman
Ingarden, La ontología de la obra literaria, Taurus/UIA,
México, 1998, p. 378). En el caso de Pasolini los eventos
cinematográficos son análogos al sueño y la
imagen cinematográfica: La imagen cinematográfica,
afirma el director, "...es, de momento, un lenguaje artístico
no filosófico. Puede ser parábola, nunca expresión
conceptual directa. He aquí por consiguiente, un tercer modo
de afirmar la prevalente artisticidad del cine, su violencia expresiva,
su corporeidad onírica: o sea, su fundamental metaforicidad".
El lenguaje cinematográfico es poético, se construye
por la toma a distancia, el encuadre y la suma de instantes; lo
que en otras palabras significa que no es discursivo. En el cine
de este director, las imágenes son juegos hipnóticos,
donde la acción o el suceso acontecen por la distensión
interna de la toma. Recordemos por un momento la secuencia del círculo
de la mierda en Saló o los 120 días de Sodoma
que sirve de preámbulo o prólogo a todo este circulo:
en ella, la cámara siempre está a distancia. Esto
permite dos cosas: hace soportable la secuencia y al mismo tiempo
la acción se da en tiempo real. Esta escena es paradigmática
de la poética de Pasolini. Así pues, la construcción
de las tomas a partir de la estética del distanciamiento,
estructuran una intencionalidad donde el tiempo tiene que ver con
la distensión de la acción a través de una
cámara casi fija y donde la acción acontece a cierta
distancia del espectador, lo que supone un aletargamiento del espectador,
y hace evidente la noción de lo onírico con la que
Pasolini explica el recurso visual de su poética cinematográfica.
En ella todos los elementos irracionales y oníricos están
filmados en primer cuadro, lo que significa traerlos a la conciencia
del espectador. El poder hipnótico de la toma permite que
se liberen los niveles inconscientes y generalmente reprimidos por
el espectador. De ahí que en el im-signo "...los arquetipos
son las imágenes de la memoria y el sueño [...] imágenes
de comunicación con nosotros mismos". La construcción
del sentido descansa en el poder que tiene la imagen cinematográfica
de sumergirnos en un estado intermedio de percepción entre
la conciencia y el sueño, entro el yo y la alteración.
Esto facilita la creación o irrupción de un espacio
libre de las pulsiones primarias de la violencia, el erotismo y
la perversión. En otras palabras, el recurso mismo de la
imagen como subjetividad libre indirecta significa abrir un espacio
incontrolable, donde se ponen en juego las formas primarias de la
subjetividad y donde, de alguna manera, se entra en el juego de
la fascinación-repulsión propia de estos impulsos
fundamentales.
Las mediaciones simbólicas de Pasolini se explican por una
constante: el uso político de la sexualidad y sus perversiones.
Uso que en el caso de Saló o los ciento veinte días
de Sodoma está definido por tres niveles de referencialidad:
el nivel de lo inmediato construido sobre las expresiones del erotismo,
la escatología y la muerte, el nivel de lo mediato literario
edificado por el cruce sintagmático/paradigmático
con las obras de Dante y el Marqués de Sade en lo narrativo
del filme y en la obra de Georges Bataille en lo conceptual y estético,
y en el nivel mediato también sintagmático/paradigmático
de la iconografía en las tipologías de los personajes
y las topologías de los ambientes y espacios. La resignificación
visual de retratos de personajes históricos del renacimiento
y la resignificación topológica del ambiente a través
de las referencias visuales al arte de la vanguardia son muestra
clara de esto último.
Las distensión de la temporalidad a través del recurso
cinematográfico de la toma a distancia y semifija, unido
a las mediaciones simbólicas y vitales que el director construye,
hacen que la concretización temporal/vital del sentido, se
resuelva en términos de estética de la crueldad. En
ella el director apuesta por la distensión emotiva del tiempo
del dolor y el placer a través de las formas vitales de la
perversión. En Pasolini, la perversión tiene que ver
con la posibilidad metafísica de la aniquilación del
otro como gozo de sí mismo. Acaso por ello, todas sus mediaciones
producen un umbral de la conciencia en el receptor que lo ancla
en las fantasías. En este sentido, la crueldad tiene una
ambivalencia vital: pone al descubierto el grado de atracción
que esto ejerce en el espectador y al mismo tiempo rompe y transgrede
el orden moral y político del propio receptor. El asco entonces
aquí presenta una ambivalencia. El carácter temporal
que abre, muestra al mismo tiempo el rechazo moral del espectador
hacia la crueldad y la atracción por la pulsión de
destrucción. En este sentido se da una ambivalencia vital
del sentimiento del asco y el morbo: atrae a condición de
objetivar al otro en lo inmediato del placer del yo. El sentido
ideológico y político que esto pueda tener en la obra
de Pasolini desborda el límite de este trabajo.
Las
secuencias en las que se basan estos análisis, dejan ver
la complejidad en la construcción de los elementos a los
que se hizo referencia. La distancia de las tomas, unida a la mediación
expresiva que hace de la coprofagia o de la tortura y de la mediación
semántica de paradigmas culturales y artísticos, tal
como se observa en la ambientación renacentista de la sala
donde se reúnen los personajes para oír las narraciones
o en la significación que adquieren las pinturas de la vanguardia
europea de la primera mitad del siglo XX en
el salón desde donde se observa la tortura final del círculo
de la sangre, o finalmente, el cruce sintagmático que hace
con el retrato de Federico de Montefeltro pintado por Piero
della Francesca hacia 1465, muestran el modo en que el director
introduce el acoso y la tortura como un dato visual-fenomenológico
y los sentidos ideológicos y discursivos que adquieren estos
valores en su cinematografía.
David Cronenberg, Crash.
Extraños placeres
A diferencia de Pasolini, la cinematografía de David Cronenberg
se construye a través del montaje. Éste se caracteriza
por la esquematización del tiempo por medio de tomas fragmentarias
y preestablecidas de la acción. Se trata de la construcción
de la trama a través de instantes privilegiados y previamente
determinados por el guión y la dirección. Desde luego
esto en el cine de Cronenberg se explica por la relación
que él mismo entabla con la tradición de los serial
killers norteamericanos, con el cine negro y con cierta estética
de la ironía y la fragmentación que se relaciona con
William Burroughs. En su lenguaje cinematográfico existe
una estrecha relación entre el manejo de las tomas de acción
y la construcción de la trama. Lo que en otras palabras significa
que hay un esquema preestablecido de la acción, a partir
del cual se introducen el resto de los elementos: los personajes,
las situaciones, los ambientes, etcétera. A este recurso
habría que añadir el manejo que hace Cronenberg de
la cámara. De movimientos más rápidos y en
desplazamientos interiores y exteriores, la toma se introduce en
la acción a tal grado de superponer los puntos de vista del
director, los personajes y del espectador mismo. Esto desde luego
redunda en una construcción de la acción más
dinámica, cuando menos en lo que se refiere al sentido de
la imagen-movimiento como elemento estructural del tiempo como representación.
En este sentido, el cine de este director no aporta mayores elementos
a la estética propiamente cinematográfica, sin embargo
la importancia de estos recursos se explica en relación con
el modo en que logran involucrar al espectador en la violencia propia
de su obra. Los acercamientos, los cambios de punto de vista y la
rapidez de la acción permiten, a diferencia del cine de Pasolini,
que el espectador quede atrapado en cierto estado de embriaguez
visual. Además, la estética de Cronenberg se orienta
hacia el lado subjetivo y psicológico del asco, el morbo
y la violencia.
En este sentido las mediaciones simbólicas de las que echa
mano este director entran en relación con un contexto más
regional. Regionalismo psicológico, cultural e histórico.
En Cronenberg la mediación simbólica descansa en dos
elementos: la relación que establece con los imaginarios
construidos por la sociedad posindustrial norteamericana y la mediación
simbólica de la disolución posmoderna de la identidad
del sujeto a cambio de una estructura paranoide del individuo perseguido
y acosado por la máquina.
La
mediación simbólica de los imaginarios posindustriales,
se leen a través del paradigma de los espacios marginales
de las ciudades. En Cronenberg los espacios fronterizos de la ciudad
funcionan como bordes simbólicos de lo horroroso y lo fascinante
y como lugares del deseo y el erotismo. Las acciones en sus películas,
escribe Miguel Cortés, "...tienen lugar en un barrio,
en la parte industrial, en parte portuario, desierto y lleno de
charcos donde la noche es interminable. Un alucinante descenso a
los infierno plagado de referencias siniestras y cercano a la locura,
una atmósfera opresiva y sórdida donde los diálogos
poco abundantes y un ambiente sonoro ininterrumpido crean una situación
de absurda irrealidad".
Esto
además se vuelve más interesante cuando el director
de Crash introduce el uso del automóvil como condición
indispensable de la perversión erótica de la vida
urbana. El maquinismo automovilístico funciona como mediación
del movimiento y el peligro y es el detonador del erotismo y la
seducción. Su lenguaje cinematográfico integra el
sentido del movimiento y la velocidad como una variable determinante
de la configuración de lo urbano en la cultura contemporánea.
A esto habrá que añadir los usos semióticos
propios de los materiales industriales: sonidos metálicos,
chatarra, desperdicio no degradable que crean las atmósferas
de esta película.
La
fascinación que siente Cronenberg por lo industrial y los
espacios vitales que el desarrollo tecnológico produce en
la sociedad contemporánea, lo llevan a configurar un sentido
del deseo del cuerpo femenino maquínico y con ello a construir
una mediación simbólica donde el asco y el morbo son
producto de esta ambivalencia corporal.
Los avances de la ingeniería y la informática médica
han abierto un nuevo imaginario corporal en nuestra sociedad, el
que tiene que ver con el sentido interior del cuerpo y con la reconstrucción
de la organicidad y la vitalidad a través de la máquina.
Esto Cronenberg lo lleva al extremo de hacer de las máquinas
las formas mismas del deseo y la perversión: ya sea el espacio
erótico y erotizable del coche donde se realizan buena parte
de los actos sexuales en esta película, hasta la maquinización
del cuerpo en uno de los personajes femeninos, cuyos miembros son
una gran prótesis mecánica. El maquinismo en este
director significa la exhibición del estado interno de destrucción/corrupción/infección
del deseo y la sexualidad.
Así, el maquinismo es el recurso simbólico a través
del cual introduce la forma del deseo como peligro y fascinación
ante la muerte. La máquina no es una recuperación
de la vida, sino una exhibición del estado interno de corrupción
del cuerpo. En este sentido, existe una diferencia fundamental con
Pasolini. En el italiano la ambivalencia del asco y el morbo funciona
como una subversión ideológica donde el espectador
queda atrapado en la equivocidad de la estética del torturador/torturado,
lo cual tiene que ver con un uso ético del asco a través
de la exhibición de la propia perversión de la que
el espectador es víctima. En cambio en Cronenberg, la construcción
del asco y el morbo funcionan como apertura de la obscenidad y la
promiscuidad del deseo que se objetiva en las formas de lo maquínico.
Es decir, en este director el asco es un desdoblamiento de la propia
estructura de perversión del sujeto moderno. Cronenberg disuelve
la identidad del sujeto a través de la estética del
cuerpo mutilado y expuesto. Esto no es más que la otra cara
de la conciencia moralista de las clases medias norteamericanas
y el desenmascaramiento del discurso sexual de poder de la cultura
occidental, donde el deseo y el erotismo son el lugar de lo monstruoso.
Se trata de una mediación simbólica del horror que
pone en evidencia el doble discurso de la cultura de la higiene
tan querida de la sociedad contemporánea.
En Cronenberg el asco que producen sus películas, se contextualiza
en el acoso de las fantasías y las perversiones de una sociedad
temerosa de todo lo que trasciende los límites simbólicos
de su pertenencia e identidad sexual, racial y nacional. En este
sentido, la exhibición del erotismo a través de la
sangre y las cicatrices pone en evidencia las formas de perversión
que una sociedad no asume como propias. Así pues en Cronenberg
hay una doble construcción corporal del sentido del asco:
la que tiene que ver con la perversión y el delirio de un
sujeto en estado de fragmentación y el modo en que este estado
signa y se asigna al otro como el extraño, lo monstruoso
y lo perverso. La fenomenología de la temporalidad del asco
y el morbo.
El
cuerpo, el tiempo y el otro
En la primera parte de este ensayo hablé de las estructuras
trascendental-fenomenológicas del cuerpo. También
afirmé que de éstas la que le correspondía
a la estética de lo grotesco era la relación interior-exterior
del cuerpo. La interioridad orgánica introduce las funciones
y los órganos como un elan vital sobre los que se
construye, en su nivel trascendental fenoménico, las vivencias
estéticas del asco y el morbo.
Ahora bien, el orden estético fenomenológico del asco
y el morbo habrá que ubicarlo, en principio y por cierto
derecho de tradición dentro de la axiología de lo
grotesco y en principio dentro del género de lo cómico.
Ubicación que de alguna manera he venido sugiriendo a lo
largo de este trabajo.
A propósito de lo cómico, Aristóteles afirma
en su Poética: "La comedia es como hemos dicho,
imitación de hombre inferiores, pero no en toda la extensión
del vicio, sino que lo risible es parte de lo feo. Pues lo risible
es un defecto y una fealdad que no causa dolor ni ruina; así,
sin ir más lejos, la máscara cómica es algo
feo y contrahecho sin dolor".
Desde la perspectiva fenomenológico-hermenéutica supuesta
a lo largo de estas páginas, la idea aristotélica
de lo risible como lo "defectuoso sin dolor" se convierte
en una orientación importante para llevar a cabo el análisis
de esta última parte del trabajo. De la negación del
dolor y su relación con la risa cómica (reírse
con y la alegría de la vida) puede desprenderse una primera
consideración en torno a la definición de lo grotesco,
el asco y el morbo. Lo feo y lo monstruoso en la estética
de lo cómico se relaciona con cierto sentido de solidaridad
vital implícito en la risa, en lo grotesco, en cambio se
relaciona con la ambivalencia del placer y el dolor ante la reducción
a la animalidad del cuerpo y el peligro de fragmentación
del sujeto. Un primer dato vital se pone en juego en lo grotesco:
la posibilidad de ser dañado, de ahí que la risa grotesca
tenga que ver con la crueldad como forma vital de supervivencia
del sujeto. Inclusive cuando Aristóteles se refiere a la
relación que la comedia tiene con los cantos fálicos
como génesis de este género (&5, 1449b) supone
cierta vinculación de lo cómico y lo grotesco con
formas de la conducta animal. En este contexto, el asco y el morbo
son dos manifestaciones vitales de estas conductas primarias, son
un dato fenomenológico emocional que nos permite explorar
su funcionamiento y sentido temporal. Éstas tienen que ver
con la liberación de las pulsiones sexuales y escatológicas
en su estado animal, de ahí se desprenden la construcciones
semánticas e iconográficas y se explica la liberación
de gestos "irracionales" y de estados orgánicos
de corrupción y descomposición de la materia. La ambivalencia
del asco y el morbo es un modo de identificación "catártica"
donde el sujeto receptor reconoce sus estados de perversión
o abyección en la objetivación del otro y la excitación
de sí mismo. "Lo auténticamente monstruoso nos
dice Cortés es descubrir la bestia en el seno del ser
humano y, con ello, destruir toda la seguridad en la identidad del
hombre."
El asco y el morbo, si bien no necesariamente se relacionan con
la risa, están muy cerca del sentido de lo ridículo
de ésta. Como lo afirma Jauss: "La propiedad estético-afectiva
de lo cómico sería, pues, algo así como un
filtro capaz de convertir la simple negatividad y la suficiencia
ética de la risa en algo positivo." (Experiencia
estética y hermenéutica literaria, Taurus, Madrid,
1986, p. 202) Mientras que lo ridículo se vincula con lo
cotidiano y la exhibición de la torpeza ante situaciones
sociales de estandarización de los individuos, la risa cómica
tiene que ver con la distancia que el espectador guarda con el personaje
o la situación. Lo ridículo involucra la crueldad
donde el espectador es juez o víctima de la situación.
En este sentido, lo grotesco está más cerca de lo
ridículo que de lo cómico, con la variable que en
lo grotesco se involucran no sólo transgresiones de la vida
social, sino transgresiones de las estructuras vitales y orgánicas
básicas. Entre la broma y la crueldad, el elemento que está
en juego es o la alegría de vivir o la exhibición
del daño al otro o a uno mismo. La burla establece una relación
directa con lo grotesco y tendría una forma específica
en la crueldad y por ello sus salidas a través del asco,
la tortura y el morbo.
Si bien lo grotesco tradicionalmente se relaciona con lo risible,
sin embargo puede devenir en formas trágicas. En este sentido,
lo grotesco es un valor intermedio entre la compasión trágica
y la simpatía cómica. Mientras que para Jauss, lo
ridículo conserva su fuerza negativa en tanto forma de conservación
del orden social establecido, desde la perspectiva de este trabajo,
una de las derivaciones de lo grotesco y su diferencia fundamental
con lo ridículo, se define por la ambivalencia de sentimiento.
Es decir, la identificación no funciona como restitución
del orden a través de la risa de exclusión, sino con
la identificación de las perversiones del receptor lo que
está muy lejos de un sentido de restitución del orden
social o político.
Así por ejemplo, la organización social de seres monstruosos
o marginales en la comedia funcionan como un sympathos, donde
los personajes y las situaciones provocan la "alegría
de la vida", hacen del sentido de la expectativa de la acción
el deseo. En cambio, en la construcción grotesca estos seres
monstruosos exhiben la tendencia destructiva y corruptora de la
organicidad vital y social, de ahí que se lleva a cabo la
subversión de las normas y el fenómeno de atracción-rechazo
en la recepción de este valor.
Estas aproximaciones a lo grotesco, y su especificidad en el asco
y el morbo, dibujan las condiciones fundamentales de su estructura
temporal. Si como lo afirma Ricoeur en Tiempo y narración,
en última instancia lo que está en juego en la recepción
de una trama es una vivencia temporal, la de lo grotesco es una
refiguración del tiempo como vivencia emotiva de la degradación
de la vida o de la vulnerabilidad ante lo otro.
Lo
grotesco, en su ambivalencia de asqueroso y morboso, no temporaliza
la voluntad de poder sino la voluntad de destrucción y de
muerte. De ahí que los modos en que se simboliza lo grotesco
se relacionan con estructuras subversivas del orden personal, social
y biológico, por ello las mediaciones simbólicas de
lo grotesco son configuraciones que expresan los aspectos corruptibles
y transgresores de las sensaciones y emociones corporales y psicológicas
primarias del ser humano. Esto explica también por qué
las mediaciones simbólicas ponen en crisis los órdenes
normativos de la sociedad y la cultura. Espacios marginales, lenguaje
prosaico, gestos animales, transgresiones sexuales y escatológicas,
son los modos en que se semantiza la temporalidad en los signos
culturales que utiliza esta estética de lo grotesco de lo
morboso y lo asqueroso.
En cualquier caso lo que interesa mostrar, en última instancia,
es el carácter temporal que se revela en el cine de Pasolini
y Cronenberg a través del asco y el morbo. Ya sea por la
exhibición maquínica del cuerpo o tan sólo
por las funciones orgánicas que muestran los desechos y los
excesos del cuerpo, la organicidad vital tiene una primera relación
con el asco en cuanto que evidencia el tránsito de la vida
a la muerte a través de la descomposición. En ella
se pone en juego el sentido del tiempo como corrupción, fragmentación
y destrucción. La interioridad orgánico-vital significa
la apertura del sentido metafísico de la espera como temor
y disolución. De ahí que Bataille considere que el
asco en el fondo es el temor mismo.
Esas materias movientes, fétidas y tibias, cuyo aspecto
es horroroso, en las que la vida fermenta, esas materias en las
que bullen los huevos, los gérmenes y los gusanos están
en el origen de esas reacciones que llamamos náusea,
repugnancia, asco. Más allá del aniquilamiento
por venir, que dejará sentir todo su peso sobre el ser
que soy, que espera ser aún, cuyo sentido propio, más
que ser es esperar ser (como si no fuera la presencia que
soy, sino el porvenir que espero, que sin embargo no soy), la
muerte anunciará mi retorno a la purulencia de la vida.
Así puedo presentir y vivir en la espera de
esa purulencia multiplicada que por anticipado celebra en mí
el triunfo de la náusea. (El erotismo, Tusquets,
México, 1997, p. 80).
Temor
que significa la irrupción del tiempo como finitud echa de
carne y hueso. En este sentido la reducción fenomenológica
de la temporalidad del asco y el morbo, se refiere a la posibilidad
de la muerte como angustia ante la vivencia humana de la temporalidad.
Ya Emmanuel Levinas lo veía en el sufrimiento de Job:
La
angustia es al aguijón del mal. Enfermedad, mal de carne
viva, senescente, corruptible, perecimiento y podredura: estas
serían las modalidades de la angustia misma; por ellas
y en ellas, el morir es en alguna manera vivido, y la verdad de
esta muerte resulta inolvidable, irrecusable, irremisible; en
la imposibilidad de disimularse uno mismo su propio morirse estriba
la indisimulación misma y quizá el desvelamiento
y la verdad por excelencia, lo de por sí abierto, el insomnio
originario del ser: roedura de la identidad humana que no es un
espíritu inviolable abrumado por un cuerpo perecedero,
sino la encarnación, con toda la gravedad de una identidad
que en sí misma se altera ("Trascendencia y mal"
en Phillipe Némo, Job y el exceso del mal, Caparrós,
1995, pág. 155)
La estructura temporal del asco y el morbo son un colapso en tiempo.
El instante del asco y el morbo demuestran el límite de una
espera: el de la vida que se anuda entre el deseo y el temor.
¿Qué se pone pues en juego a través de la cinematografía
de estos dos directores? Sin duda una construcción del sentido
del asco a través del juego analógico del "cuerpo".
Éste contempla y al mismo tiempo se introduce en la acción
a través de la toma. El cine es un lenguaje que acorta, de
manera casi absoluta, la distancia entre la narración y el
tiempo. La estructura óntica que define el lenguaje cinematográfico,
en última instancia tiene que ver con una fenomenología
del cuerpo en movimiento. El como si fuera verdad, es entonces la
construcción del sentido a través de la intencionalidad
corporal que el cine asume como condición perceptual trascendental
de su lenguaje. En el cine las fronteras entre el interior y le
exterior de la experiencia estética quedan prácticamente
disueltas. La motricidad corporal hipostasiada en el "ojo"
del director, permite hacer del movimiento el elemento mínimo
de sentido en el cine. Pienso que sólo así se puede
explicar por qué el espectador se involucra a tal grado en
la vivencia estética de este arte. Acaso también por
ello, se explica por qué el asco y el morbo tienen que ver
con la coincidencia de la mirada con la acción, de la acción
con la emoción del espectador y de la emoción del
espectador con el tiempo como vivencia cuasi-verdadera de un evento
en su desarrollo concreto. Visto así, la primera condición
de construcción del asco y el morbo se define por la manera
en que los usos cinematográficos permiten la construcción
del sentido a través de un soporte pre-judicativo y expresivo
del tiempo en términos, no de ficción, sino de falsedad.
En el cine la diferencia entre verdad y falsedad, entre ficción
y realidad es tan endeble que permite pensar que este arte ha abierto
un campo aún por explorar: el del arte como tiempo puro.
jlbarrios@prodigy.net.mx
José Luis
Barrios, "El
asco y el morbo:una fenomenología del tiempo",
Fractal
n° 16, enero-marzo,
2000, año 4, volumen V, pp. 41-60.
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