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FRACTAL: ¿De qué hablamos cuando hablamos de transición democrática en México? El paso del autoritarismo a la democracia en el país se ha estacionado en un régimen apenas semidemocrático; un arreglo precario e inestable que no logra o no se propone disipar la secular distancia que ha separado y sigue separando a la sociedad mexicana de sus formas de representación. El Estado de derecho parece más alejado que nunca; también el principio de división de poderes. A diferencia de las transiciones "clásicas" de España, Portugal y Grecia, el proceso que se inició en 1988 no ha sido precisamente pacífico. El conflicto de Chiapas y el crecimiento de las guerrillas dan cuenta de ello. Además, las perspectivas de la violencia van en aumento. Los usos que se infieren de la noción de transición en México suelen apelar más a una retórica de la ilusión, a un espejismo, que a una realidad en curso. ¿No es acaso una metáfora vacía que nubla lo que está sucediendo en la práctica? ¿Qué tanto deforma el horizonte de percepciones al tratarse de un término "trasterrado" de otras experiencias? Una cosa es emplear nociones comparativas para el análisis; otra muy distinta, postular la realidad a partir de una comparación, más aún en el caso mexicano que se halla tan distante de los otros. ¿No habría que producir o emplear otras categorías más adecuadas para describir lo que está ocurriendo?
CLAUDIO LOMNITZ: El concepto de transición supone saber de antemano de dónde se parte y a dónde se llega. En este sentido, es un concepto normativo. La gente lo usa para convencerse de que se trata de un proceso al que se le puede dar cierta dirección.
Lo hace simplemente para armarse de optimismo frente a una perspectiva
tan sombría como la actual. Ahí donde sucede una transformación
profunda, aparece inevitablemente una disyunción entre la
forma en que se percibe el proceso y lo que pasa en realidad.
JORGE
G. CASTAÑEDA: El término de transición
tiene una connotación comparativa ineludible. No se puede
pensar el proceso político mexicano en términos de
una transición, si no es comparándolo con otros procesos.
Esto trae consigo ventajas y desventajas. La transición es
una referencia que ha cobrado cierto grado de consenso en el análisis
de situaciones como las de México. Permite establecer diferencias
y similitudes con los cambios que ocurrieron en España, Portugal
o Sudáfrica. Más allá de su carácter
normativo, al que aludía Claudio Lomnitz, hace posible pensar
en las formas que podría adoptar el cambio. Es una noción
útil. Además, a través de la analogía
se pueden sortear dilemas teóricos que definitivamente sí
existen en su carácter comparativo.
El problema
principal de la connotación comparativa es que prejuzga en
cierta manera el análisis del proceso en tres aspectos. 1)
Al usar el concepto de transición en términos comparativos,
se da por sentado que el punto de partida es el mismo en todas partes.
Un enorme problema histórico y teórico es que el régimen
priísta en México, por llamarlo de alguna manera,
no cuadra del todo con la mayoría de los regímenes
en otros países que fueron el punto de partida de la transición.
2) Del concepto mismo y de sus usos no se infiere si el proceso
de cambio va a realizarse de manera pacífica (como sucedió
en la mayoría de otros países) o no. 3) El tercer
problema es que el punto de llegada parecería ser el mismo
que los puntos de llegada en otras experiencias de transición
democrática. Pero si bien la connotación comparativa
de la noción de transición encierra un conjunto de
dilemas, me parece simplemente imposible, a estas alturas, pensar
la situación actual de México sin recurrir a ella.
La versión oficial el gobierno se niega categóricamente
a utilizar el término de transición. Hay una razón
obvia. Es otra manera de decir: no estamos pasando de un régimen
autoritario a uno democrático, porque en realidad nunca hubo
un régimen autoritario. Esta abierta negación oficial
desemboca inevitablemente en una vindicación del término
por quienes sostienen que el régimen sí fue autoritario.
ROGER
BARTRA: Con frecuencia, los historiadores emplean el término
de transición para explicar el paso de un sistema con una
estructura más o menos establecida a otro sistema con otra
estructura también más o menos definida. Sin embargo,
en la situación actual de México nos enfrentamos a
un problema donde uno de los cabos está suelto; es decir,
tratamos de buscar una explicación a un proceso que no ha
terminado aún. Esto dificulta las cosas. Por otra parte,
la noción de transición tiene la virtud de señalar
que entramos en una época abierta, un época de cambios
de algo que no ha funcionado y que ya no se logra reproducir. Y
ese algo es el régimen autoritario basado en el Estado nacional
revolucionario. Pero inferir de ahí que se trata de un concepto
que nos permite explicar un fenómeno insisto
cuyo fin desconocemos, es una pretensión dudosa.
LOMNITZ:
Creo, como Roger Bartra, que el punto de llegada de una transición
representa uno de los dilemas de la noción misma. Más
aún si pensamos en la estabilidad de ese punto de llegada.
A diferencia del término de revolución, el de transición
se asocia a la visión de un proceso que tiene un sentido
de una u otra manera pacífico. Por lo general, las revoluciones
generan una fase inicial de apertura y experimentación en
la que se multiplican y diversifican los mandos sociales. Esta fase
es seguida por otra en la que dominan la represión y el terror.
Sucede en todas o casi todas las revoluciones. Cuando se habla de
transición nadie imagina algo parecido. Lo que se imagina
es un paso del punto A al punto B; y el punto B se asocia con un
resultado estable. Un paso de un sistema autoritario a un sistema
democrático, digamos, donde hay un final que se visualiza
como una suerte de apertura estable. Esto es problemático
y merece una reflexión particular. No porque el concepto
de transición nos lleve a pensar inevitablemente en un proceso
de cambio gradual, sino porque no nos lleva a pensar en una apertura
que puede ser seguida por un enfriamiento o una reafirmación
violenta del Estado.
Avatares
de la democratización:
el ciclo corto y el ciclo largo
FRACTAL:
Acaso sea preciso elaborar categorías más refinadas
que nos permitan comprender cambios graduales de una sociedad. En
México, las transformaciones políticas ocurridas en
la última década apuntan en un sentido muy peculiar:
una parte sustancial del viejo régimen se conserva intacta.
Se han preservado el presidencialismo, la antigua Constitución,
la falta de separación de poderes, la corruptibilidad de
la sociedad política, el caciquismo clientelar, la volubilidad
institucional y, sobre todo, se ha conservado la mayoría
del PRI, el partido que fue único durante
la larga era del autoritarismo. Más aún, la democratización
ha traído consigo, por lo pronto, un proceso de desinstitucionalización
de la sociedad. Los cambios en el sistema político han afectado,
en esencia, sólo a la clase política y al sistema
electoral y de representación. A veces resulta difícil
entender en qué ha cambiado la relación si es
que ha cambiado entre el Estado y la sociedad en su conjunto.
¿No sería más correcto hablar de una simple
y modesta reforma del antiguo régimen autoritario?
BARTRA:
Existen obvias dificultades para manejar de esa manera conjunta
los términos de transición, revolución y reforma.
La polémica entre reforma o revolución está
inscrita en un concepto más global que es el de transición.
Una transición puede contener momentos de reforma o momentos
revolucionarios. Al hablar sobre la situación actual de México
estamos obligados a reflexionar en una u otra de estas formas de
hacer política. Desde hace mucho tiempo, yo me he declarado
reformista. Eso no significa que todas las transiciones se realicen
por la vía de la reforma, sino que se trata de una opción
política. Frente a la transición mexicana, cuyo punto
de llegada es un cabo suelto, prefiero pensar en el camino reformista.
Imagino que el subcomandante Marcos no piensa de la misma manera.
Seguramente, está convencido que el proceso actual habrá
de pasar por momentos revolucionarios, uno de los cuales se escenificó
el año de 1994. En principio, creo que podemos admitir que
actualmente la política nacional está preñada
de muy diversas opciones reformistas y revolucionarias. Al respecto,
el tema de las alternativas es, por supuesto, una de las claves
de la discusión general.
A la
transición mexicana se le puede pensar en dos ciclos. En
primer lugar, un ciclo largo: aquella transición definida
por la crisis de los mecanismos de mediación y legitimación
del antiguo régimen, que empiezan a entrar en quiebra a partir
de 1968. Lenta pero decididamente ese ciclo largo prosigue y aún
no ha concluido. Además, no sabemos cómo ni cuando
va a terminar. Después se halla el ciclo corto. Hacia finales
de los ochenta, las reglas tradicionales del sistema autoritario
dejan de funcionar. La culminación de esa crisis es el año
de 1994. Desde mi perspectiva, ese ciclo corto de la transición
ya terminó. En rigor, podemos afirmar que las reglas formales
del sistema democrático ya están en operación,
aunque desde la perspectiva del ciclo largo todavía no podamos
hablar de que se haya creado una alternativa cultural y civilizatoria
de fondo que estabilice efectivamente la vida democrática.
Esta
distinción es de particular importancia, porque en la concepción
de fondo de los partidos de oposición el PRD y el PAN,
la democracia aparece como un objetivo alejado y no como un mecanismo
de representación formal que más o menos ya está
instalado en casi todo el país. Hay que distinguir, de alguna
manera, una transición democrática de una transición
a la democracia. Es preciso que los partidos declaren terminada
esta fase de la transición democrática, para que expliquen
qué se proponen hacer frente al ciclo que yo llamo largo
o profundo.
CASTAÑEDA:
Los ciclos corto y largo a los que alude Roger Bartra se podrían
también ver como los que equivalen a la diferencia entre
un cambio de sistema y cambios en el sistema. Los cambios en el
sistema han permitido una competencia más o menos democrática
por el poder, pero todavía no se traducen en una diferencia
de enfoques de qué hacer con el poder y cómo gobernar
realmente. En cierta manera, se trata del debate sobre la alternancia
sin alternativa.
Hay
que preguntarnos si el problema de la contienda por el poder político
ya está resuelto, y no sólo a nivel regional sino
también a nivel presidencial. Mi impresión es que
el aspecto electoral de este dilema ya está esencialmente
resuelto, si bien todavía existen rezagos regionales. Entre
más tiempo se pierda en discutir las reglas que deben regir
a la lucha por el poder político, se pospone día con
día la discusión de fondo, es decir, la discusión
de lo que Bartra llama el ciclo largo. Tiendo a pensar que la proclividad
o la obstinación de los dos partidos de oposición
a insistir en lo electoral y en el tema de la transición
como algo no concluido, a convertirlo en una suerte de campaña
permanente, es una manera de evitar la discusión sobre las
alternativas globales para el país.
LOMNITZ:
La transición es, en primera instancia, un proceso que
se desarrolla en la esfera política. Sus alcances en México
son más bien limitados, pues ni siquiera ha dado paso a un
cambio de Constitución. Hay otra manera de percibir este
proceso, no tanto a través de dos ciclos, sino como un sólo
ciclo en el que primero se establecen las reglas democráticas
y después se pasa, propiamente, a la instauración
de un régimen democrático. Al respecto hay dos visiones
distintas. Una sugiere que si se hacen ingresar dentro del proceso
político otros problemas como la distribución del
ingreso, la justicia social o la educación puede suceder
lo mismo que en muchos países de América Latina, donde
la democracia se atasca en una incapacidad de institucionalizar
reglas políticas del juego. La otra visión propone
una transición ligada a esquemas de cambio social, es decir,
una sobresocialización del cambio democrático. La
retórica de esta última visión ha encontrado
más asiento en el discurso político mexicano. Sin
embargo, como se puede observar en los resultados de los primeros
gobiernos de oposición de 1988 a la fecha, se trata de muchas
palabras y pocos hechos. No quiero usar la palabra demagogia para
describir este déficit discursivo. Sería incorrecta.
Pero es un discurso que propaga una suerte de decepción,
porque en la práctica no sucede ninguno de estos cambios
sociales. Sin duda existen estas dos visiones sobre los alcances
de la transición.
FRACTAL:
El problema de la institucionalidad del régimen que se va
produciendo a lo largo del cambio es crucial. Es un problema irresuelto
tanto en México como en la mayoría de los países
de América Latina. Si la reforma social no es la "base"
de esta institucionalidad, ¿de dónde puede emerger
entonces?
BARTRA:
Cuando hablamos de una transición democrática
pensamos esencialmente en términos políticos. Es decir,
en el cambio de un sistema político autoritario y nacionalista
a otro basado en mecanismos democráticos. Esto no significa
que la dirección del cambio esté definida de antemano.
Como lo decía antes, el punto de llegada es un cabo suelto
que no podemos amarrar. Sí podemos, en cambio, ser responsables
políticamente y tomar posición frente a lo que está
sucediendo día con día. Las reformas que se propongan
deben tener sentido hoy, mañana, y no ser entelequias del
futuro que sólo sirven para lavarse las manos.
Si
nos atenemos a esa dimensión política, es preciso
subrayar que esa transición pequeña pero fundamental,
que se inició un poco antes de 1988, es un proceso que terminó
entre 1994 y 1997. El ciclo largo de la transición al
que de ninguna manera debe entendérsele como una transición
de un régimen capitalista a otro de nuevo tipo podría
ser concebido en términos similares a los que piensa Jürgen
Habermas cuando se refiere a la cultura posdemocrática y
posnacionalista: un espacio regido por formas políticas que
no están condicionadas por identidades nacionales. Es un
espacio que reclama la dinámica actual y que puede ser pensado
a partir de hoy. No es que los mecanismos formales de la democracia
que existen en la actualidad no sean suficientes, el problema es
cómo enmarcarlos en un cambio de orden cultural y que arraigue
en la sociedad.
¿Una
transición a la deriva?
FRACTAL:
La historia moderna del país registra varios intentos
de promover instituciones para acelerar, por un lado, el proceso
de modernización y salvaguardar, por el otro, poderes de
orden oligárquico. La República Restaurada en el siglo
XIX y la Constitución de 1917 son dos
ejemplos de ello. ¿Nos enfrentamos a un proceso de transformación
institucional que reedita esta paradoja antigua y, a la vez, actual?
¿No ha desembocado acaso la transición democrática
en una forma de ampliar el "club" de quienes tradicionalmente
han conformado los estrechos círculos de poder en la sociedad
política?
LOMNITZ:
En México, el discurso de la transición está
lleno de fantasmas. En particular, hay dos muy visibles. Primero
están los fantasmas que aparecen de los "modelos"
comparados del fenómeno democrático. ¿Acabará
México asemejándose a alguna de las versiones constituidas
de la democracia en los países occidentales o no? Más
que un fantasma, éste es un espantajo, pues hace aparecer
al régimen democrático como un fin y no como un modo
de vida.
Los
otros fantasmas son de orden histórico. Hay una proclividad
a pensar la situación de hoy a partir de analogías
con otros momentos de la historia mexicana. Es una manera demasiado
simple de entender el presente. La historia de la experiencia democrática
en México tiene un aspecto peculiar. Es una historia donde
el reclamo democrático se transforma rápidamente en
otro tipo de reclamos. El proceso de la guerra de Reforma en 1857
fue precedido por un discurso democrático y de ciudadanización;
un discurso que se mantuvo a largo de la lucha contra la intervención
europea y que se extendió hasta la República Restaurada.
Pero fue un proceso que desembocó en otra forma de modernización
y unificación del país: la que fue encabezada por
Porfirio Díaz. Es decir, una modernización fraguada
a marchas forzadas por un Estado fuerte y autoritario. Una vez instaurado
el régimen, el reclamo democrático cedió notoriamente,
porque Díaz logró estabilizar un sistema de complejos
equilibrios con el apoyo, en parte, de la inversión extranjera.
Algo parecido sucedió durante la Revolución. En 1910,
la ruptura se inició como un reclamo democrático,
y cuando aparecieron otros reclamos como la reforma agraria, el
derecho a huelga, la sindicalización, etcétera, el
tema de la democracia cedió notablemente.
La
actual transición democrática es distinta. Cuenta
con una base de consenso mucho más amplia que la que contó
el momento democrático de la Revolución, o la que
pretendió impulsar un régimen pluralista en la época
previa a la construcción del ferrocarril en México.
Además, un sector considerable de la clase política
participa actualmente de este consenso. Sin embargo, Jorge Castañeda
tiene razón al afirmar que si bien la democracia puede llegar
a ser un valor en sí mismo, la gente busca en ella la realización
de otros reclamos. Aquí cabría reflexionar en el problema
planteado por Roger Bartra: ¿hacia dónde va el segundo
ciclo de la transición por el lado de las demandas sociales?
Al respecto, ha surgido una problemática central en el terreno
de las identidades. Observamos, como lo ha sugerido en efecto Habermas,
la emergencia de formas de socialización e identidad que
no están fincadas en la lógica del Estado-nación;
o al menos, no en la lógica que conocíamos hasta la
fecha. Tal vez, a largo plazo, ni siquiera estén reñidas
con ella, pero el centro de lo que se está recomponiendo
en México ha girado tradicionalmente en torno a reclamos
que se le hacían al Estado. Y hoy el Estado no puede o
no sabe hacerles frente. De ahí la necesidad de reflexionar
en el destino que ha adoptado el reclamo democrático hoy
en día.
CASTAÑEDA:
Para definir algunos de los rasgos principales del proceso de
cambio en México, el aspecto comparativo de las transiciones
puede ser útil. Hay una serie de tendencias que surgen en
la mayoría de ellas y que, así sea de manera tan sólo
taxonómica, podemos preguntarnos si están o no presentes
en el caso de México. Una de estas tendencias está
obviamente presente: la consolidación de las condiciones
que definen la contienda por el poder. Hoy, al igual que en los
países del Mediterráneo o en la mayoría de
los regímenes de América Latina, se llega al poder
ganando elecciones.
Otro
problema muy distinto es, por ejemplo, el ajuste de cuentas con
el pasado. Es una característica que distingue a la mayoría
de las transiciones. Varía de país en país
por su intensidad, por las consecuencias, por los mecanismos que
emplea, pero de una u otra manera todas las transiciones han emprendido
un ajuste de cuentas con el pasado autoritario. En México,
por el contrario, no ha pasado nada al respecto, absolutamente nada.
En muchos procesos de transición se observa cierto desmantelamiento
de las estructuras políticosociales que sostuvieron
a los antiguos regímenes. Trátese de los partidos
comunistas de Europa Oriental o de las estructuras corporativas
en las que se fincaban las dictaduras de Franco y Salazar en España
y Portugal. Pero si observamos los grandes bloques corporativos
en México sobre todo los organismos corporativos del
movimiento obrero, los principales siguen todavía intactos.
Ahí tampoco ha pasado nada. Los cambios democráticos
han sido generalmente acompañados por alguna forma de ajuste
o de refundación del pacto social. No es un misterio que
en los países de Europa del Este los miembros de la vieja
nomenclatura se quedaron con las empresas privatizadas. Ahí
se puede hablar de una refundación del pacto social. La situación
social en España durante la última época del
franquismo no era tan terrible como la pintan; tampoco fue tan fantástica
la que siguió a la transición. Pero si ya existían
los principios de un Estado social, después de la caída
de Franco se requirieron ajustes en el pacto social para seguir
desarrollándolo. En México no ha ocurrido nada similar.
La
lentitud
BARTRA:
A la transición mexicana la distingue su desesperante lentitud.
Incluso si pensamos en el ciclo corto, diez años son muchos
años. Las bases del antiguo Estado nacional revolucionario
han sido minadas; el nacionalismo ha entrado en crisis, al igual
que las prácticas autoritarias. ¿Qué pasa entonces?
La escisión provocada por el cardenismo implica parte de
esa crisis. El PRD recicla y recupera algunas
de esas prácticas tradicionales y contribuye a prolongar
su vida; al mismo tiempo, es una señal de su muerte. La izquierda
que se une al PRD atraviesa por su propia
crisis, provocada en parte por la caída del Muro de Berlín.
Si bien la izquierda fortalece la escisión del partido oficial,
también alienta sus viejas tradiciones ideológicas.
En cambio, se consolida el espacio que no se halla en crisis: el
panismo y el neoliberalismo. Al aliarse con Salinas de Gortari,
el PAN convierte a la transición en
un proceso penoso y lento. Pero si los panistas no se hubieran aliado
al salinismo, probablemente el PRD no se hubiera
convertido en la tercera fuerza que hoy representa. La lentitud
del proceso ha propiciado el sistema tripartidista. En parte, es
una suerte que se haya evitado el sistema bipartidista.
LOMNITZ:
Jorge Castañeda planteó un tema crucial: el ajuste
de cuentas con el pasado. Precisamente, lo que hace posible reconocer
un proceso de transición es la relación con el pasado.
Es un momento que pasa inevitablemente por las percepciones sobre
la justicia. El historiador africano Chilimembe estableció
una comparación entre Sudáfrica y Ruanda. En Sudáfrica,
el ajuste con el pasado se inició en la esfera pública
otorgando inmunidad a la gente. El propósito era ventilar
en público los temas y los traumas del pasado. Por el contrario,
en Ruanda se iniciaron auténticos juicios políticos
contra criminales que perpetraron genocidios. En México,
el ajuste de cuentas ha sido muy heterogéneo. El ingreso
de Cárdenas al gobierno del Distrito Federal trajo consigo
el intento de ajustar cuentas con el pasado inmediato, es decir,
con la administración anterior. Pero no fue más allá
de lo que se hacía sexenio tras sexenio de buscar algún
culpable del robo y de la corrupción para mandarlo a prisión.
Era la manera tradicional de alentar esperanzas de cambio y transformación
cuando se iniciaba una administración sexenal. El problema
podría acaso plantearse de esta manera: ¿cuál
sería la diferencia entre esta práctica casi estructural
del antiguo sistema político y los juicios por abuso de poder
y corrupción que demarcarían un "ajuste de cuentas"
con el pasado autoritario?
Otra
manera de redefinir el pasado es la revisión del tipo de
sociedad que distinguió al viejo sistema político.
Éste ha sido el renglón fuerte de la rebelión
de Chiapas. Y sin embargo, al enarbolar la bandera del indigenismo,
se ha enfrentado a ese reflejo casi pavloviano de la sociedad urbana
que enmarca a los indios invariablemente en el cuadro de una visión
paternalista.
FRACTAL:
La transición mexicana parece haberse detenido en la
reforma del sistema electoral, es decir, en la definición
de las nuevas reglas del juego de la contienda por el poder. Pero
un Estado democrático requiere de otros principios, además
del pluralismo electoral, para su funcionamiento: división
de poderes, régimen de derecho, autonomía del poder
judicial, respeto a las garantías individuales, etcétera.
No hay indicios de que la reforma se extienda a estos espacios cruciales.
De ahí también que el principio democrático
no se disemine al conjunto de las prácticas del Estado y
de la sociedad, y que ésta no pueda capitalizar los hipotéticos
beneficios de la democratización. Además, es el campo
fértil para las opciones populistas de derecha como Fujimori
en Perú o de centro-izquierda como Chávez en Venezuela.
CASTAÑEDA:
En primer lugar, hay un problema de tiempos. El proceso de cambio
del conjunto del Estado puede prolongarse durante más de
medio siglo. Los países de América Latina salieron
del autoritarismo apenas en los años ochenta. Es un plazo
demasiado corto para evaluar el funcionamiento de la democratización.
En el caso mexicano, la lentitud del cambio debilita las reglas
del Estado de derecho. Preocupados más por la estabilidad,
todos los partidos han contribuido de una u otra manera a este debilitamiento.
En segundo lugar, no es seguro que en todos los casos la transición
multiplique otros efectos (digamos) benéficos. En sociedades
tan desiguales como la peruana, es difícil que los sistemas
de contienda electoral se transformen en democracias en el sentido
más amplio de la palabra. En cambio, en algunos países
de Europa del Este, donde las sociedades eran más igualitarias
que las latinoamericanas, están ocurriendo al parecer transformaciones
más generales. Es cierto que se trata de transformaciones
muy lentas, pero no se le puede pedir todo a un proceso que se inicia
con el cambio de los sistemas electorales. Creo que para la consolidación
de una democracia en el sentido pleno del término, cincuenta
años no son nada.
BARTRA:
Me parece que estamos empleando la noción de democracia
como una metáfora de algo que desearíamos que ocurriese:
justicia social, distribución de oportunidades, seguridad,
etcétera. Pero la democracia es un mecanismo político
que garantiza la posibilidad, de acuerdo a la correlación
política y electoral, de que una corriente o un partido puedan
llevar a la práctica sus políticas singulares. La
democracia en sí misma no contiene la solución. Si
la contuviese dejaría de ser democracia, porque estaría
contaminada por una de las alternativas políticas. El sólo
hecho de que permita la existencia de diferentes percpeciones en
la arena política, implica un indudable potencial de redistribución
de opciones.
Sin
embargo, el problema en México es el difícil equilibrio
entre, por un lado, la enorme dificultad que muestran los partidos
políticos para definir sus propios espacios y, por el otro,
la creación de un territorio común, convergente, en
el que se produzca la nueva cultura política. Tengo la impresión
de que en 1988 perdimos una visible oportunidad de crear estos espacios
de convergencia y acelerar así la transición. En aquel
año, no hubo manera de producir una convergencia política
entre las oposiciones. Cada una de las fuerzas de oposición
tendría que haber renunciado a ciertos aspectos de sus muy
diferenciadas identidades, y el resultado habría sido la
aceleración del proceso de cambio democrático.
Hoy
el problema es en cierta manera el inverso. No es posible admitir
que los partidos políticos sigan posponiendo la defi-nición
de sus perfiles particulares en aras supuestamente de impulsar la
transición. La democracia ya llegó. ¿No les
gusta? Entonces, cuando ganen las elecciones y tomen el poder, que
propongan específicamente qué es lo que van a hacer.
Hoy tiene mucho más relevancia la constitución del
perfil político de cada partido que el problema de la convergencia.
CASTAÑEDA:
Comparto plenamente la preocupación de Roger Bartra.
Me pregunto si una de las razones específicamente mexicanas
que explican la ausencia de definición de ese perfil es la
tremenda falta de unidad y homogeneidad de los partidos. Es obvio
que una de sus causas es que los partidos políticos postransicionales
son los mismos que configuraron al régimen autoritario.
BARTRA:
Tal vez, salvo el PRD. Es una suma de
mil cosas, aunque no necesariamente nuevas.
CASTAÑEDA:
En efecto, pero es un partido que tiene diez años de vida
y sigue siendo terriblemente heterogéneo. Los grupos que
lo conforman están tan divididos que les resulta casi imposible
adoptar definiciones programáticas. Por razones distintas,
el PAN y el PRI tampoco
pueden asumir perfiles claros. Todo intento de establecer posiciones
más definidas acabaría en la escisión. Basta
con ver cómo han reaccionado frente a los temas centrales
de la agenda política: Chiapas, Fobaproa o cualquiera de
lo temas principales de la coyuntura. Los tres partidos evaden las
definiciones claras.
BARTRA:
El problema que plantea Jorge Castañeda es fundamental. Si
los partidos se definieran en torno a los hechos centrales de la
política nacional, acabarían por dividirse. Tarde
o temprano habrá de suceder. Más aún, ya se
están dividiendo. No sabemos cómo ni en qué
proporciones sucederá esta división. Pero la evasión
de las definiciones fuertes en los partidos, dada su enorme fragmentación,
ha sido una de las causas que ha prolongado la transición.
Esto coloca al país frente al peligro de la venezolanización,
sobre todo si las escisiones en los partidos van a cobrar un carácter
radical.
LOMNITZ:
Uno de los problemas centrales de la heterogeneidad de los partidos
es que se puede traducir en una fragmentación del Estado.
Para que una democracia funcione, los partidos deben fincar su propia
identidad y, a la vez, crear un consenso en torno al "piloto
automático" que conduce las acciones principales del
Estado. No hay ningún indicio de que eso esté sucediendo.
La autonomía del Banco de México, que controla la
política monetaria, es irrisoria. El poder judicial tiene
cada vez menos autonomía, etcétera. La división
en los partidos está paralizando a la estructura estatal.
CASTAÑEDA:
Llevamos cinco años observando el desmoronamiento de todo,
porque justamente ya no hay pilotos, ni automático ni manual.
No hay consenso posible sin identidad de los partidos. Pero en la
situación actual, todo consenso aparece como una traición
al sector que no está de acuerdo en los partidos, precisamente
porque no se definen de manera clara. Toda negociación en
torno a temas fundamentales se vuelve una amenaza para la unidad
de cada partido, por ello se posponen las definiciones programáticas.
Es un círculo vicioso terrible.
LOMNITZ:
Todo indica que lo mejor para la transición mexicana sería
la definición del perfil de los partidos. Pero la práctica
parece marchar en dirección contraria. Los hombres y los
nombres están por encima de los programas y las ideas. Esto
trae consigo no sólo una desideologización de los
propios partidos, sino una definición cada vez más
vaga de su identidad y de sus perspectivas.
Discusión,
"La transición, esa metáfora calva",
Fractal
n°12, enero-abril,
1999, año 3, volumen IV, pp. 151-167.
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