las
patas delgadísimas.
Y el
rostro,
las vetas en el ojo.
Granos
de moras silvestres
se revientan,
palabras
a punto de ser dichas
palpitan
en la lengua
mentida claridad.
Nos
dejamos devorar por nuestros sueños.
Caminan
como extraños por el malecón.
Bajo
pilotes incrustados de valvas
brillan
marañas de bejucos.
El viento
sacude las barcas
en la escollera.
En
el sueño,
un caballo
aterrado
por sus propias crines
se negaba a avanzar,
perdía el camino de regreso.
La humedad
destiñe grafías
en los
muros.
Se disuelven
ecos de la voz
....
perdía el camino de regreso
Derrumbe,
mancha
atravesada en el paisaje.
El despojo
acecha en las ramas del ciprés
crecido
entre la carretera
y el tajo a pique.
La luz
de los reflectores
alza
en las ruinas sombras,
casi espectros.
Los
pasos
dejan
caer porciones de vida
ya convirtiéndose en recuerdo.
Estela
de espuma tan frágil.
II.
Reflejo en una esfera
Desde
su centro,
la esfera
de una lámpara
invierte las formas,
punto
de fuga:
se comban
los bordes metálicos,
el contorno
de la ventana,
el árbol
de la rosa morada
resbalan hacia el vacío.
Noche
acumulada en las paredes.
Sin
mediar palabras,
hundidos
de golpe en esos cálices
zumos
de hierba
en la abrasión oscura,
clima
intemperado.
Oh largos
besos,
mano
que recorre el muslo
como una playa,
el rizo
en la ingle
(oh cuerpo del verano).
Y detenidos
en esa floración
como insectos,
los
pensamientos.
Al alba
el lugar desconocido,
flores moradas.
La lámpara
quiebra sus reflejos,
como
afuera el sol ya se refracta
sobre las superficies.
Los
objetos pasan como un río:
voces
que piden ser oídas,
irrumpen en la mente.
Intocada
en lo que la desborda,
la conciencia
es un espejo:
filo de escama,
aspa
que roza un ala en movimiento.
Ellos
se dejan
sin
volver la vista atrás,
sin
preguntarse sus nombres.
Y la
zona de nadie,
el entrecielo
recorrido en el delirio
inexistente ahora,
ya poblado
del tráfago innoble
de la calle.
III.
El regreso
Largo
regreso
esperado
a la sombra de un pórtico,
oyendo
entre el sueño
alas
que zumban,
insectos
que chocan en los vidrios.
Y de
la boca de un grifo
el agua
cae
como un oráculo.
Sombra
de un sueño antiguo:
dolor,
temor joven
dispersado
en la gracia
de una sonrisa,
una
mirada que acoge,
una
mano más cálida.
Colores
de una noche de fiesta,
la hora
más dilatada
en la pupila de la embriaguez.
Largo
sueño
de la
mejilla que roza por vez primera
otra mejilla,
siente
su propia suavidad
contra
el nacimiento de una barba
y
la mano viril tomando la cintura.
Sombra
del mismo sueño,
igual
al de la no deseada
hilando
su amargura
en el amanecer.
Sólo
queda un vaivén,
luces erráticas,
lo que
surge y se anula
en los
temores,
en los
fulgores.
Aromas
de rosa
en los
pórticos desgajados.
El agua
revierte sobre su curso
las palabras,
mana
en la roca
abierta
como al golpe de un báculo.
Entremira
al ausente volver
fronteras cada vez más delgadas.
Correría
entre nubes
tan alto,
el borde
blanco en el ala de las águilas.
El polvo
llena la tarde junto a las flores rojas.
La ebriedad
del sol
vence los párpados,
y no
sabe en qué orilla ha quedado
como
a la vista de un naufragio
la carga de sus sueños.
Elsa Cross, "Triptico",
Fractal
n°11, octubre-diciembre,
1998, año 3, volumen III, pp. 61-67.